SAN JUAN DE MATA

  - I -

SAN JUAN DE MATA,

HOMBRE DE RECIA RELIGIOSIDAD

 

"Era varón temeroso de Dios, a quien servía de día y de noche. Había sentido siempre inclinación por entrar en alguna religión, pero no veía con claridad a cuál. Por su celo en el servicio de Dios tuvo que sufrir frecuentemente muchas afrentas. Buscando la paz con sus compañeros y al servicio de Dios, decidió ordenarse de sacerdote para dedicarse así al rezo del Oficio Divino y a la oración".

            Sólo los hombres de carácter, de temperamento, saben luchar contra corriente. Los mediocres sucumben ante la dificultad y se dejan arrastrar por el ambiente, por lo más fácil. También entre religiosos.

            Juan de Mata fue un hombre singular, dotado de gran fortaleza cristiana. No lo tuvo que tener nada fácil. La sociedad en la que le tocó vivir, sometida a profundas transformaciones en todos los ámbitos de la vida, sufrió un proceso de desintegración religiosa y moral que afectó también al clero, tanto secular como regular, situación que combatiría Inocencio III con su programa de reforma de la Iglesia.

            Las universidades eran también un reflejo de este ambiente de relajación e inmoralidad. También la de París, como se deduce del texto del encabezamiento. Son muchos los testimonios que conocemos de escritores contemporáneos. Prevostino, el maestro de Juan de Mata, clamaba desde el púlpito: "¿Qué diré de los alumnos que de noche callejean armados, y allanan las moradas de pobres mujeres, las agreden... y golpean... y les infligen otros muchos desmanes que sólo el mencionarlos da vergüenza?.

            Y aunque, como escribe el P. Angelo Romano, estos abusos eran cometidos, sobre todo, por los estudiantes de la facultad de artes, es decir, ciencias y filosofía, los de teología tampoco eran dechados de virtud. El mismo Prevostino arremete contra ellos: "¿Y qué diré de los estudiantes de teología, cuando muchos de ellos sólo piensan en saber, lo cual es curiosidad; en sobresalir sobre los demás, lo cual es vanidad; o en vender su ciencia, lo cual es pecado de simonía; o acaso, y lo que es aún peor, estudian para conquistar honores?.

Mirando a nuestros tiempos

            Con frecuencia se hace mención de los paralelismos entre la época de Juan de Mata y la nuestra. Uno de ellos -esta vez en lo negativo; que también los hay en lo positivo-, mutatis mutandis, puede verse en el ámbito de la vida moral, tan relajada por el influjo de materialismo y hedonismo reinante que tanto ha contribuido, por otra parte, al receso de la vida religiosa y cristiana en general.

            La vida Consagrada no queda al margen de esta realidad ambiental, y hemos de confesar con humildad que, con alguna frecuencia, ha sucumbido y sucumbe ante ella. En muchos aspectos -¿los más importantes?- nos hemos adaptado a los tiempos actuales. Hemos avanzado en el trabajo activo - somos religiosos de vida activa-: reuniones sin fin, numerosas clases o actividades pastorales, nos hemos encarnado en el mundo..., pero ¿cómo?... ¿Nos hemos pertrechado para ello con los valores evangélicos que Juan de Mata encarnó y quiso que encarnásemos los trinitarios? ¿Practicamos alguna ascesis cristiana en relación a la sencillez de vida, austeridad, pobre­za...? ¿Somos hombres de oración? ¿Vivimos una vida de unión con Dios en profundidad? Nuestra mayor entrega a los her­manos, ¿es una consecuencia de nuestra vida teologal? ¿Les ganamos para Cristo o, por el contrario, nos ganan ellos para el mundo?.

            Son interrogantes que nos debemos hacer ante el hermoso testimonio de nuestro Fundador. ¡Con qué facilidad justificamos a veces nuestra mediocridad y nos escudamos en los fallos de la Institución o en los de los demás! ¡Qué poca garra tiene nuestra fe personal! ¡Qué poca autonomía y cuánta heteronomía! ¿Dónde está nuestra madurez? ¿Dónde, nuestras convicciones personales?.

            Pidamos al Señor por intercesión de nuestro Padre San Juan de Mata el don de la fortaleza cristiana para salir ilesos del influjo negativo del am­biente, para que hundidos en el corazón de Dios, sirviéndole de día y de noche, desde él, nos entreguemos a la salvación de nuestros hermanos.

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- II -  

SAN JUAN DE MATA,

BUSCADOR DE LA VOLUNTAD DE DIOS

            Quien vive centrado en Dios, busca constantemente su voluntad, para después llevarla a la práctica. Jesús, el Siervo fiel, vivió siempre a la escucha de la voluntad de su Padre: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra" (Jo 4, 34). Lo mismo, cualquiera que se precie de ser su seguidor, porque: "El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre" (Mt 12, 50).

            Esta fue también la actitud fundamental de María. Su respuesta al anuncio del ángel expresa esta actitud fundamental de abandono y entrega a la voluntad de Dios que es el fundamento de la fe.

            La búsqueda de la voluntad de Dios y la prontitud en su cumplimien­to fueron actitudes constantes en la vida de Juan de Mata. El relato anónimo en prosa nos dice a este respecto que: "había sentido siempre inclinación a entrar en alguna religión, pero no viendo con claridad a cuál... oraba fervorosamente y constantemente a fin de que el Señor le mostrase la familia religiosa a la que debía pertenecer".

            El Señor escuchó la oración de su siervo. Sucedió -como sabemos- en su primera misa. En la plegaria eucarística tiene lugar un evento extraordinario: Juan de Mata "ve" a Cristo Redentor que tiene en sus manos a dos cautivos encadenados, uno negro y otro blanco.

            Siendo imposible calibrar la naturaleza de dicho evento, sí nos interesa subrayar que no es algo que haya que atribuirse al género de la leyenda. Ciertamente, algo especial tuvo que suceder, siquiera en el interior de Juan, pues la imagen descrita va a ser recogida en el sello de la Orden empleado por el mismo Fundador, así como en el medallón en mosaico que él mismo hará colocar en Sto. Tomás in Formis de Roma.

            De cualquier forma, el Señor le manifiesta su vocación personal: fundar una orden religiosa cuya dedicación fundamental ha de ser la redención de cautivos cristianos.

            Juan de Mata pone enseguida manos a la obra -"quam citius potuit"- y se entrega en cuerpo y alma a lo que va a ser voluntad de Dios.

Dejándonos interpelar por nuestro Padre

            ¡Qué lección más hermosa y más actual la de San Juan de Mata para nosotros, sus hijos!.

            ¿Es también esa nuestra actitud? ¿Buscamos nosotros insistentemente la voluntad de Dios? ¿La descubrimos en la Palabra, en la Iglesia, en la Comunidad? ¿Nos abrimos a ella en la oración? ¿Es nuestra obediencia experiencia del amor y de la vida del Espíritu? ¿Cómo es nuestra disponibilidad ante las necesidades y deseos de la Comunidad, de la Provincia, de la Orden? ¿Vivimos desinstalados, en actitud de éxodo, o por el contrario, nos buscamos a nosotros mismos, defendemos a capa y espada nuestros intereses, nuestros puestos, nuestros lugares, nuestras actividades? ¿Colaboramos con los Superiores en su labor de animación de la Comunidad?.

            La respuesta que demos a estos interrogantes será la medida de nuestra actitud de búsqueda y cumplimiento de la voluntad de Dios.

            Pidamos al Señor por intercesión de nuestro P. San Juan de Mata que nos dé el espíritu de obediencia filial; obediencia autónoma, no heterónoma; espiritual y no legalista

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 - III -

SAN JUAN DE MATA,

HERALDO DE LA TRINIDAD

            Juan de Mata vivió desde su más tierna infancia la espiritua­lidad trinitaria, tan profundamente arraigada en su patria: la Provenza.

            Más tarde, sus estudios teológicos y su misma actividad docente, así como su estrecha relación con los Victorinos de París, grandes cultivadores de la teología trinitaria, le darán ocasión para profundizar en ella, alertado, tal vez, por las nuevas corrientes heterodoxas antitrinitarias.

            Si la espiritualidad trinitaria provenzal estaba orientada al misterio, a la Trinidad inmanente, la teología trinitaria que fue asimilando en París ponía de relieve, sin duda, la Trinidad de la Historia de la salvación, el Dios revelado por Jesucristo. Fue ésta una de las consecuencias positivas del profundo evangelismo que se fue abriendo paso a través del siglo XII. Por eso san Juan de Mata basó su espiritualidad y toda su obra en estos dos pilares básicos de la fe cristiana: Trinidad y Redención.

            La Regla y los primeros testimonios históricos que poseemos reflejan esta espiritualidad trinitaria del Fundador. Siendo fundamental la dimensión redentora y misericordiosa, la Regla de la Orden prescribe que todas las iglesias se dediquen a la Santa Trinidad y lleven ese título. Inocencio III en la bula fundacional del 17 de diciembre de 1198 da a la Orden el mismo título: "Dilectis filiis Johanni ministro et fratribus Sanctae Trinitatis...".

            Pero "no sólo su denominación, sino que toda su Regla y su actividad están intensamente impregnadas de espiritualidad trinitaria".

            Así se explica que a pesar de la oposición que tuvo la fiesta litúrgica de la Santísima Trinidad en algunos ambientes e instancias cualificadas, los trinitarios la celebraran desde un principio con toda solemnidad. El año 1262, el Papa Urbano IV concedía a los trinitarios el privilegio de recitar semanalmente el oficio votivo de la Santísima Trinidad. Nada extraño que en el siglo XIII los trinitarios fuesen considerados, además de redentores de cautivos, como "speciales cultores Trinitatis".

Apóstoles del Dios Trinitario

            Toda la vida y la obra de Juan de Mata emanan como de su fuente de la vivencia del Dios vivo de Jesucristo: el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. "Con la vida y las instituciones de la Orden por él fundada, promovió la gloria de la eterna Trinidad" (Prefacio).

            Este es el punto neurálgico de nuestra vocación cristiano-trinitaria. Una vivencia auténtica del Dios revelado por Jesucristo desembocará necesariamente en la entrega redentora. Y esta vivencia de Dios Trinidad la hemos de suscitar en nosotros y en nuestros hermanos.

            Hace unas décadas estuvo de moda la así llamada teología de la "muerte de Dios". Subrayaba la necesidad de acabar con las imágenes falsas de Dios y de promover la verdadera imagen de Dios revelada por Jesucristo.

            Y el famoso teólogo Karl Rahner se lamenta de que los cristianos, a pesar de su confesión ortodoxa de la Trinidad, en su vida religiosa, prácticamente vienen a ser "monoteístas", es decir, viven un Dios unipersonal y no tripersonal; el Dios que se vive no corresponde al Dios que se confiesa. "Se puede tener la sospecha -dice el mismo teólogo- de que en el catecismo de la cabeza y del corazón -en contraposición al catecismo impreso- de nuestros cristianos, su idea de la encarnación nada tendría que cambiar si no existiera la Trinidad".

            Es más, para muchos de los que pasan por creyentes Dios no es más que un simple "algo". "Algo tiene que haber" dicen. Pero, ¿qué supone ese creer en "algo"? Nada o muy poca cosa. Ese "algo" es algo que queda muy lejano de la vida de los hombres. No influye en ella. Es como una nebulosa que se disipa las pocas veces que se piensa o se habla de ello.

            Otras veces, incluso entre los practicantes, la imagen que, desde otra perspectiva, se tiene de Dios tampoco tiene nada que ver con el Dios revelado por Jesucristo:

            Para muchos se trata de un Dios policía y justiciero que va anotando escrupulosamente nuestros fallos para castigarnos después con severidad. (Dicen que en la catequesis y en la predicación hemos presentado a Dios como aquel que castiga a los malos y también a los buenos si no se andan con cuidado).

            O un Dios talismán, milagrero (tapaagujeros), capaz de solucionar nuestros problemas, a quien nos dirigimos cuando nos aprieta el zapato, y, precisamente, para que resuelva esos nuestros problemas.

            Y casi siempre un Dios lejano, frío, etéreo, uni o impersonal.

            He aquí un campo fascinante para nuestra vocación de trinitarios. Juan de Mata nos está inter­pelando a vivir el Dios trinitario revelado por Jesucristo y a testificar que "creer en el Dios trinitario no es algo superfluo. Es vivir creciendo como hombres desde el amor gratuito del Padre. Seguir a Jesús, el Hijo, en su obediencia filial al Padre y su amor incondicional a los hermanos. Dejarnos guiar siempre por el Espíritu, dando frutos de `amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza` (Gál. 5, 22)". Nos está interpelando a suscitar en nuestros hermanos creyentes la vivencia de ese Dios que es Buena Noticia, que busca al hombre, es amigo de la vida, nos libera, es humilde, es amor, es Padre, es el Dios de los pobres, el Dios crucificado que sufre con nosotros, el Dios resucitado y resucitador, un Dios misterio de amor trinitario y que nos incorpora a su vida trinitaria, un Dios esperanza

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- IV -

SAN JUAN DE MATA,

TESTIGO DEL AMOR DE DIOS

            "Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros" (1 Jn. 4, 11). El amor a Dios, en una perspectiva cristiana, no es un amor platónico, abstracto, sino muy concreto, y se hace plausible en el amor al hermano, sobre todo, al hermano sufriente: "Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn. 4, 20).

            Y Santiago nos dice: "¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?. ¿es que esa fe lo podrá salvar?. Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: Dios os ampare; ¿de qué sirve?. Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta" (St. 2, 14-17).

            Juan de Mata supo encarnar en su vida esta doble vertiente del amor cristiano. Imbuído de una ardiente amor a Dios Trinidad, proyectó ese amor y lo vivió en los hermanos que sufrían horrendo cautive­rio, así como en los enfermos, pobres y peregrinos.

            Nuestro Santo Fundador fue especialmente sensible al problema de la esclavitud, hasta el punto de que ello fue lo que le movió, secundando la inspiración divina, a fundar una nueva Orden en la Iglesia para la redención de cautivos. En una época de cristian­dad, preocupado enormemente por el peligro que corrían los esclavos de perder su fe, acudió solícito a su liberación.

            Pero no podemos reducir la preocupación de Juan de Mata por los cristianos cautivos al motivo de la fe. Debido, en gran parte, al evangelismo que tanto influyó en los teólogos del siglo XII, la teología y espiritualidad trinitarias van a ser concebidas y elaboradas por muchos de estos teólogos en una dimensión histórico-salvífica. Esto hace que se sienta como fundamental la proyección horizontal de la vida cristiana, la cual se vive en la entrega al necesitado en quien se ve al mismo Cristo. Y ello no desde una acción meramente benefactora, sino desde la voluntad de luchar eficazmente contra la miseria y, sobre todo, de entrar en contacto directo con los pobres, "nuestros señores", "vicarios de Cristo", imágenes de Cristo sufriente, partícipes de alguna forma de su función salvadora.

            En un ambiente de tan marcada espiritualidad evangélica, la virtud teologal de la caridad, en su expresión de misericordia, tuvo un peso específico en la obra de la liberación de nuestro Padre Fundador, como se desprende del trato que daban los trinitarios a los cristianos redimidos, a los enfermos, pobres y peregrinos, para los que se construía junto a los conventos un hospital.

            Juan de Mata dispuso en su Regla que la tercera parte de todos los bienes de las comunidades se dedicase a la reden­ción de cautivos, y con las dos partes restantes, atendidas las necesidades  de un moderado sustento, se llevaran a cabo obras de misericordia (Regla, 2).

Tras las huellas del Fundador

            Mucho se está hablando en nuestra Orden en estos últimos tiempos sobre la necesidad de reestruc­turar nuestras actividades en línea del carisma fun­dacional. Sería injusto desconocer u olvidar que se han dado pasos importantes en este sentido y que se sigue trabajan­do en ello. Pero, ¿no haría falta más audacia? ¿No nos contentamos a veces con signos de mera asistencia social? ¿ No deberíamos de pasar a compromisos de claro signo liberador? ¿No deberíamos de convertirnos todos los trinitarios según el espíritu liberador de Juan de Mata? ¿Qué acciones redentoras tenemos organizadas a nivel de comunidad local, provincial o general? ¿Cuál es el testimonio que damos los trinitarios en los países del tercer mundo? ¿Qué instancia crítica somos en los del primero?.

            Sin caer en protagonismos estúpidos o en celos estériles, antes bien, alegrándonos de que la gloria de Dios se manifiesta por doquier, sí nos debe hacer pensar que religiosos, sacerdotes y seglares, que no alimentan su amor cristiano en un carisma tan rico como el nuestro, nos den lecciones a la hora de vivir la caridad redentora desde su coherencia cristiana. Esto puede ser para nosotros como una denuncia profética que debemos aceptar con humildad. Puede estar indicándonos que nuestra vida cristiano-religiosa no es suficientemente evangélica. Que no vivimos fundados en Dios y, por consiguiente, carecemos del amor que nos impulse a entregarnos a nuestros hermanos más desheredados.

            Pidamos por intercesión de nuestro Padre San Juan de Mata el don de una fe y una caridad profundas, para que hundiéndonos en el corazón de Dios, nos entreguemos a la salvación de nuestros hermanos, sobre todo, de los más débiles, más marginados, más cautivos..., tratando por todos los medios de romper sus cadenas de marginación y cautividad, luchando por la construcción del Reino de Dios, cuyos valores fundamentales son: la fraternidad, la verdad, la justicia y la libertad.

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- V -

SAN JUAN DE MATA

A LA LUZ DE LOS TEXTOS LITURGICOS DE LA MISA

            Como es sabido, la Iglesia escoge los textos litúrgicos para las fiestas de los santos teniendo en cuenta las virtudes y actitudes cristianas en las que sobresalieron. ¿Cómo ve la Iglesia a nuestro Padre San Juan de Mata desde los textos que ha elegido para la eucaristía de su fiesta?

Hombre de experiencia de Dios

            El prefacio de la misa canta la caridad de nuestro Padre como derivada y fundada en el amor de Dios: "Tú inflamaste de caridad evangélica a nuestro Padre San Juan". En efecto, como lo hemos visto en los breves apuntes biográficos, Juan de Mata vivió totalmente centrado en Dios, siendo constante en su servicio. En palabras de Inocencio III: "hombre enardecido de Dios". Por eso, también la Iglesia en la primera lectura del Profeta Isaías, saltando del versículo tercero al décimo del capítulo 61, para reflejar, sin duda, la experiencia de Dios de nuestro Padre, recoge esta hermosa exclamación: "Altamente me gozaré en el Señor, mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salvación y me envolvió en manto de justicia".

Glorificador de la Trinidad

            El Dios que vive Juan de Mata no es un Dio cualquiera, sino el Dios vivo revelado por Jesucristo: Padre, hijo y Espíritu Santo. Un Dios familia, en la que se comparte la vida, en la que todo es entrega y donación mutua y se vive en comunión gozosa. Un Dios amor: amor en su vida íntima y amor abierto y comunicado a los hombres por el Hijo y por el Espíritu  que se derrama en nuestros corazones (Rm 5, 5). Juan de Mata, desde su vida y sus obras, es glorificador de este Dios Trinidad. Así lo canta el prefacio: "con la vida y las instituciones de la Orden por él fundada, promovió la gloria de la eterna Trinidad"

Liberador de cautivos

            En la primera lectura, el profeta Isaías, en el pasaje que después Jesús lo explicará realizado en su persona, presenta al Siervo de Yahvé ungido con el Espíritu del Señor para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad.

            En el Evangelio de San Mateo Jesucristo se identifica con el hambriento, el forastero, el pobre, el encarcelado.

            Y San Juan, en el texto de la segunda lectura nos exhorta a amar a Dios amando a los hermanos, porque "si uno... viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?.

            Juan de Mata encarnó en su vida este amor redentor de Dios: "colmado de la misericordia de Jesucristo y del amor del Espíritu Santo" (oración colecta), se entregó a los cautivos, a los pobres, a los enfermos". "Inflamado de caridad evangélica y movido por el Espíritu Santo, imitando a Jesucristo, fue enviado por Dios, también como Jesucristo, a redimir a los fieles cristianos de la cruel esclavitud, a socorrer a los enfermos y necesitados" (prefacio).

            ORACION

            Oh Dios Padre,

            que colmaste a San Juan de Mata

            de la misericordia de tu Hijo

            y del amor del espíritu Santo

            haz que, siguiendo sus pasos,

            nos dediquemos al culto de la Santa Trinidad

            y a las obras de caridad y redención.

  (Oración colecta)