NO ESCAMOTEAR

Germán Llona

 

Llegaron a Cerfroid desde Roma el hermano Juan con sus dos acompañantes a finales del mes de julio del año 1998. La comunidad estaba expectante. Querían saber si había logrado de la Sede Apostólica la aprobación de la Orden. El hermano Juan saca de la cartuchera un documento, la primera Bula dirigida a los trinitarios y fechada el 16 de mayo, pues los que llegaban a la curia romana a solicitar algo del Papa, tomaban muy apecho llevarse un documento firmado por el Pontífice. En este escrito el Papa tomaba bajo su protección y la de san Pedro las tres casas erigidas, aprobaba el propósito de las mismas y reconocía como forma de vida, por el momento las observancias regulares que habían abrazado. Pero el punto principal quedaba postergado. Era necesario redactar la regla y presentarla a la aprobación del Papa.

 

El hermano Juan les advirtió que el asunto urgía. Era preciso, conveniente, que en ese mismo año lograra la aprobación Pontificia. Mientras volvía sobre sus pasos, desde Roma reflexionó sobre el contenido de la Regla. Como se trataba de una cosa que concernía a todos los hermanos y que debía perdurar a través de los siglos, debían tomar parte en su contenido y redacción los hermanos. Incluso había planteado introducir artículos que prescribiesen esta participación. Por ejemplo, "tengan el ministro con sus hermanos el capítulo en cada casa y dense mutuamente cuenta el Ministro y los hermanos de los asuntos.". En este momento todos estaban envueltos en la solución de una cuestión  grave: la redacción de la Regla. En otro articulo prescribirá: "propóngasele antes a los hermanos en capítulo y actúese con su consejo y consentimiento". En segundo lugar, siguiendo una tradición secular, todos los domingos eran convocados los monjes en capitulo y ahora la pequeña comunidad hará lo mismo.

 

Desde un comienzo había que establecer el fundamento de la vida religiosa trinitaria. Hasta entonces la vida consagrada se levantaba sobre la base del voto de obediencia: "Los hermanos elegirán un monje que sea el abad o el prior y al que todos, monjes y conversos, rendirán obediencia, y respeto como a un padre espiritual". A este principio se habían agregado otros dos artículos: El de la estabilidad: "de permanecer en el monasterio o no salir del mismo.". Y el del compromiso de una vida más estricta y santa que los demás seculares.

 

Los hermanos se dieron cuenta inmediatamente que estas bases no se podía profesar en la nueva Orden. Alguien, podía ser el mismo hermano Juan, presentó otra opción que ya alguna regla había asumido y era esta: "Mando que todos los hermanos prometan a Dios castidad y obediencia. y vivir sin cosa propia". Les pareció acertada esta nueva forma de definir la vida religiosa.

 

Una vez que culminaron con el trabajo, seguro que las sesiones se volvieron diarias, también de acuerdo a la observancia de algunos monasterios: "Tendréis capítulo diariamente para leer.", pues el tiempo urgía y tenían que darse prisa. Nuevamente por el mes de octubre, cuando aun el tiempo apacible otoñal permitía largos desplazamientos, emprendieron el hermano Juan y sus dos acompañantes con la regla escrita la peregrinación a Roma. Siempre por los caminos seculares y trillados que unían Paris con Roma.

 

Llegaron a la Sede Apostólica a primeros de diciembre en el año 1198. Allí les recibió el secretario, y este después de conocer su identidad y el motivo de su visita, los condujo hasta Inocencio III. El hermano Juan le extendió el rollo que contenía la regla trinitaria. Poco a poco, entre los dos, el Papa y Juan, se iban consolidando un mutuo aprecio y estima que se extendería por toda la vida del Fundador. Tomó en sus manos el rollo. Dos motivos llevaban a Inocencio III a examinar cuidadosamente las reglas. El era un consumado canonista y quería conocer el contenido de las mismas. Y, en segundo lugar, había que tener sumo cuidado con las nuevas instituciones que iban apareciendo más y más en este tiempo. Algunas se habían organizado al margen de la Iglesia o enfrentadas con ella.  

 

Leyó el primer artículo e interrumpió la lectura. Y le dijo al hermano Juan: "Esto es nuevo". El prefería que todas las instituciones asumieran algunas de las reglas aprobadas. El hermano Juan intervino para aclararle que el voto de obediencia seguía siendo la base de la vida religiosa: "Los hermanos de la Santa Trinidad. Vivirán bajo la obediencia del prelado de su casa, llamado Ministro". No podía asumir la estabilidad como norma y valor monástico con los hermanos; ellos debían caminar por distintos lugares para cumplir con su propósito y también para levantar fondos. En su lugar habían introducido otros dos votos que completaban el primero: los hermanos no debían poseer nada como propio y debían guardar castidad. 

 

El Papa quedó pensativo. Habían nacido nuevos tiempos. Bastaba levantar la mirada y extenderla por toda la cristiandad para percatarse. Los movimientos pauperísticos, con el deseo de volver a las fuentes del cristianismo, habían introducido dentro de la Iglesia nuevas experiencias. Trataban de seguir a Cristo obediente, pobre y sin ataduras afectivas. Incluso en las mismas instituciones monásticas se iba introduciendo la promesa de vivir sin nada propio. Inocencio, además de tener un espíritu legalista, era también un verdadero místico, muy atento a los signos de los tiempos y entre estos la aprobación de instituciones de nuevo puño. Y no solo aprobó el artículo, fundamento y base de la vida religiosa trinitaria, sino que en adelante incluyó en las nuevas instituciones por él aprobadas como la regla de los Hospitalarios del Espíritu Santo y de los hermanos menores de san Francisco, cuando el Poverello vino a Roma para la aprobación de su genero de vida. 

 

Lo que hemos escrito hasta este momento no tiene ninguna dificultad, pero éstas surgen cuando los historiadores franciscanos plantean y estudian este punto que aparece en sus dos reglas, la bulada y la no bulada. Para algunos sencillamente fue el hermano Francisco quien introdujo estos tres votos como constitutivos de la vida religiosa. Así apareció en la nota de un documento emanado de la Congregación de Religiosos: "a san Francisco de Asís se debe el haber introducido estos tres votos en la vida religiosa". Como no lleva firma, por el contenido se advierte que fue un franciscano quien suscribió la nota. Para otro fue ciertamente "el hermano Juan quien fue el primero en distinguir de una manera vaga los tres votos religiosos, que más tarde las clarificó el hermano Francisco. Y yo me pregunto: ¿cómo puede afirmar esto, si los dos textos son prácticamente iguales? ¿Por qué escamotear una verdad histórica y un hecho tan claro? Otro historiador franciscano prefiere afirmar que en el siglo XII los tres votos eran de dominio común. En algo tiene razón. En la historia, los sucesos se dan gradualmente y se van madurando hasta llegar hasta su plenitud. El valor histórico esta en que el hermano Juan, por propia iniciativa, sometió a la autoridad del Papa y éste las asumió y las incorporó a la nueva forma de vida, dándoles un sello universal y canónico. Fue el hermano Juan quien llevo a Roma este hecho.

 

También hay autores franciscanos, uno es de los más reconocidos hoy día, que afirman taxativamente: "en forma semejante,  a la franciscana se formula la vida conforme a los tres votos evangélicos en la regla de los Trinitarios. Esta Regla fue confirmada por Inocencio III, quien testimonia haber introducido esto él mismo en la regla de los trinitarios". Comenzó bien el autor para terminar desbarrando, pues en ningún documento afirma el Papa lo dicho.

 

Uno se siente especialmente complacido cuando lee los textos del ultimo concilio ecuménico sobre la vida religiosa, que de alguna manera, aunque ellos desconozcan, son referidas al hermano Juan como su principal introductor: "Aspiran a la caridad perfecta por medio de los consejos evangélicos que traen su origen de la doctrina y ejemplos del Divino Maestro", "y profesan castidad, pobreza y obediencia". Nosotros podemos afirmar que históricamente estos tres consejos evangélicos constituyen el meollo de la vida religiosa, traen su origen canónico en la Regla de san Juan de Mata y de la subsiguiente aprobación de Inocencio III que extendió a la Iglesia.

 

Nosotros, trinitarios, cuando emitimos estos tres votos hemos de sentirnos especialmente identificados con nuestro fundador y considerarlos como un patrimonio al principio, como propio y específico de la Orden como el culto a la Trinidad y redención de cautivos.