Dos perlas preciosas en San Carlino

 

Beata Isabel Canori Mora y Beata Ana María Giannetti Taigi

El 24 de mayo de 1814, el Papa Pío VII vuelve a Roma del destierro. Isabel y Ana María viven aquella jornada histórica en oración dando gracias a la Santísima Trinidad: “Siete horas seguidas pasé en oraciones” – escribe Isabel.

 

En una Roma conmocionada por la violencia de las armas y por la tiranía de los soldados napoleónicos que deponen obispos y cardenales, confiscan sus bienes y constriñen al Sumo Pontífice Pío VII a emitir una bula de excomunión contra los invasores que han plantado sus artillerías delante del portalón del Quirinal, sede entonces del Papado, dos mujeres heroicas, distintas por extracción social pero amantes ambas de un Dios misericordioso y ricas de una fe inmensa, persiguen el camino de la perfección a través de la oración y el sufrimiento, como medio de redención y purificación de los pecados, y ofrecen la oración, el sufrimiento y la vida por la liberación de la ciudad eterna, por el regreso del Papa que, con engaño, es apresado y exiliado a Francia, por la Iglesia, por el Clero, por el prójimo cercano y lejano, por la salvación de la humanidad.

 

Isabel Canori Mora nace en una familia acomodada, se desposa con un abogado y es madre de cuatro hijas. Bajo la dirección espiritual del Padre Fernando, trinitario en San Carlino, se adscribe entre las terciarias de la Orden de la Santísima Trinidad y observa su regla con regularidad, en su estado de esposa y madre y hace de su vida un don que ha dado. Vive en profunda comunión con Dios; en permanente diálogo amoroso le pregunta directamente qué debe hacer, cuando se encuentra en dificultad, y de Él recibe revelaciones, sugerencias y consejos.

 

Su grado de confidencialidad con la Santísima Trinidad llega a ser tan íntimo e intenso que la Trinidad le comunica tres mayores grados de las virtudes, por lo que es ensalzada a conocer de forma especial el fin de la creación y el misterio de la Tríada bajo el símbolo de inmensa luz, distinguida en tres globos de hermosura incomparable, con su corazón experimentando el encendido efecto de amor, gratitud, veneración y anonadamiento en sí misma, y más todavía las obras de la potencia, sabiduría y bondad de Dios.

 

Siempre con perseverancia anima, a las personas que a ella se dirigen, a mantenerse firmes en la esperanza en Dios tan misericordioso, y a desconfiar únicamente de la debilidad y miseria personal; con esta esperanza llama y convierte a los extraviados, y a muchas almas, del camino de perdición y de la pusilanimidad y las conduce de nuevo al justo y recto sendero.

 

Isabel, por obediencia, presenta un informe escrito al  Padre Fernando de lo que sucede en su espíritu y los escritos, recogidos en un Diario, los publica en 1996 la Librería Editorial Vaticana, que este año ha publicado la Biografía escrita por la hija menor María Lucina, depositaria, junto con el Padre Fernando, de las extraordinarias experiencias místicas de su madre.

 

Las dos obras de alto espesor espiritual, se pueden adquirir en la Librería Editorial Vaticana y en San Carlino, Via del Quirinale, 23, tel. 064883261; la ganancia se entregará a beneficencia.

 

Ana María Giannetti Taigi pertenece a una familia de buenas tradiciones religiosas que   queda reducida a la miseria por las pésimas inversiones del padre, que se ve obligado a dejar su ciudad y trasladarse con su mujer y su única hija a Roma, donde Ana María, jovencísima, se casa con un criado y es madre de siete hijos.

 

Inmediatamente después de la boda, se ofrece por entero a Dios respondiendo pronta y gozosamente a su llamada y, con permiso de su marido, se despoja de todas las vanidades, se reviste con un vestido grosero y lleva una vida austera, entretejida de rigideces y penitencias.

 

Por la devoción que cultiva al misterio de la Santísima Trinidad, fundamento de nuestra fe, se adscribe entre las terciarias de dicha Orden, bajo la guía del Padre Fernando, que por una particular providencia divina fue también su director espiritual.

 

La vida de Ana María es rica en hechos extraordinarios que se enlazan de nuevo, todos, con el sol misterioso que durante unos cuarenta  siete años es para ella manantial perenne de conocimientos sobre la vida presente y futura.

 

Atestigua Don Rafael Natali, confidente de Ana María y testigo ocular de numerosos hechos extraordinarios que vive como huésped en la casa de la Beata durante unos veinte años: “El sol se le apareció en la habitación la primera vez mientras se daba la disciplina, era de una luz fosca y empañada; y a medida que ella progresaba en las virtudes, se volvía más claro y luminoso, y en poco tiempo se hizo más lúcido que siete soles juntos. Era, a su vista, de la grandeza de nuestro sol. Sorprendida Ana María por un sacro terror y por novedad tal, le preguntó al Señor su significado, y oyó que le respondían que era un espejo en el que vería el  bien y el mal”.

 

Ana María, modesta mujer del pueblo, debido a sus virtudes no comunes, tiene contactos con personas importantes, como cardenales, obispos, reinas, princesas, embajadores y generales, a quienes da consejos y máximas saludables. Su humildad y reserva le hacen rehusar la casa que le ofrece la reina de Etruria María Luisa, al quedar curada por la intercesión de sus oraciones.

 

En el archivo de San Carlino se encuentran algunos volúmenes que Don Rafael Natali escribió, en parte durante su permanencia en casa de la Beata y en parte después de su muerte; se trata de documentos muy interesantes, que los Padres Trinitarios le están haciendo transcribir a Juana Cossu Merendino (del laicado trinitario) con el fin de que la figura y obra de esta mujer extraordinaria se conozca y divulgue mayormente y pueda servir de guía y ejemplo para las madres de buena voluntad.

 

Las Beatas Ana María e Isabel son dos perlas preciosas que pertenecen a aquella categoría de santos privilegiados que gustaron sufrir, porque en el sufrimiento vieron los destellos de la luz que abriría las puertas de un Amor más grande, para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad.