Irlandeses, Confesores y Martires

(De la Enciclopedia Católica)

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   Este artículo cubre el período comprendido entre los años 1540 y (aproximadamente) 1713. La persecución religiosa en Irlanda empezó bajo el reinado de Enrique VIII, cuando el Parlamento local adoptó actas que establecían la supremacía eclesiástica en la figura del rey, abolían la jurisdicción papal y suprimían las instituciones religiosas. El Acta contra el Papa entró en funcionamiento el 1 de noviembre de 1537. Las penas ya de por sí terribles, empeoraron en gran medida por la licencia otorgada a quienes debían implementarlas. Pasado poco más de un año de la puesta en marcha de tales medidas, el Obispo de Derry escribe al Papa Pablo III que el diputado del Rey de Inglaterra y sus secuaces, que rechazan la autoridad papal, proceden a la quema de conventos, destrucción de iglesias, violación de doncellas, robos y asesinatos de personas que no han cometido ningún agravio. El Obispo continúa diciendo que se está matando a todos los sacerdotes que rezan por el papa o que se niegan a borrar su nombre del canon de la Misa y que torturan a los predicadores que no repudian la autoridad papal. Se podría llenar un libro con el relato de sus crueldades. Estas intolerables fechorías se agravaron inconmensurablemente tres años más tarde, con la supresión general de todos los conventos. Se desencadenó una persecución que los Anales de los Cuatro Maestros igualan a la de la Iglesia Primitiva bajo los emperadores paganos y declaran que no fue superada por ninguna otra, y que podría ser descrita sólo a través de testimonios directos.

    La extirpación fue tan completa que incluso se borró el recuerdo de las víctimas. El catálogo de mártires irlandeses publicado cuando se sometió la Congregación de Ritos ya en el siglo XX sólo había dos casos correspondientes al reinado de Enrique VIII. La ausencia de registros de este periodo tiene fácil explicación. La destrucción de todo tipo de propiedad eclesiástica, y de documentos especialmente, es uno de los mayores motivos ya que el registro prácticamente sólo podía haber sido realizado por parte de clérigos. Pero la explicación más probable es que apenas se realizó ningún registro ya que no era ni prudente ni operativo guardar o transmitir documentos que implicaran al gobierno bajo el despotismo Tudor. Fueron pocos los memoriales que se pudieron plasmar por escrito antes de que se hubieran asegurado refugios seguros en países extranjeros. Se transcribieron a partir de relatos de refugiados ancianos y por lo tanto presentan toda la vaguedad y confusión de fechas e incidentes que se puede acechar a los recuerdos personales de periodos tan largos y convulsos.
Existe una narrativa parcial del tiempo de la supresión, transmitida oralmente por un fraile trinitario, ya anciano, y redactada por el Padre Richard Goldie o Goold (Goldaeus), de origen irlandés, catedrático de la Universidad de Alcalá.

    Según este relato tras la primera noticia del designio real Teobaldo (¿Burke?) , Provincial de la orden marchó a Dublín acompañado de otros ocho doctores para defender la supremacía papal. Fueron encarcelados; a Teobaldo le fue arrancado el corazón en vivo; Felipe, escriba, fue castrado, lo colocaron en un barreño lleno de aceite y sal y lo abrasaron hasta que la carne se desprendió del hueso y finalmente fue decapitado; el resto fue o colgado o decapitado. El Obispo de Limerick, Cornelio fue decapitado en su propia sede. Cormac fue lapidado en Galway; los hermanos Mauricio y Tomás, colgados en el camino a Dublín. Esteban, apuñalado cerca de Wexford; Pedro de Limerick y Geofrey, decapitados; el hermano lego, Juan Macabrigus, ahogado, el ex superior Raimundo atado a la cola de un caballo en Dublín. Tadhg O'Brien de Thormond, cortado a trocitos ante la presencia del Virrey en el puente de Bombriste entre Limerick y Kilmallock; la comunidad dublinesa de unas cincuentas personas sufrió de varios tipos de muerte; los frailes de Adere fueron cortados a trozos, apuñalados o colgados, los veinte frailes de Galway quemados dentro del convento o, según otro relato, a seis los echaron al horno y al resto les ataron a piedras y los tiraron al mar; los cuarenta frailes de Drogheda fueron asesinados, colgados o arrojados a un foso; en Limerick más de cincuenta frailes fueron descuartizados en el coro o arrojados al río Shannon atados a pesos; en Cork y Kimlallok más de noventa religiosos pasados por la espada o desmembrados, entre ellos estaban Guillermo Burke, Juan O'Hogan, Miguel, Ricardo y Giollabrigde . Esta es la narrativa más temprana del periodo. Se refiere únicamente a los frailes trinitarios y tuvo la mala fortuna de haber sido tratada por López, escritor satírico español y en consecuencia adquirió mayor descrédito del que merecería. Los promotores de la causa de los mártires irlandeses no han extraído ningún nombre de este relato. Sin embargo, la versión dada por O'Sullevan Bear en su " Patriciana Decas", a pesar de muchas inexactitudes y exageraciones, contiene en su exposición principal una descripción nada improbable de las experiencias de esta orden concreta cuando los agentes de la rapiña y la malignidad asaltaron a sus miembros. Se trata de un grito desde la cámara de tortura que expresa la agonía de una víctima que ha perdido la capacidad de relatar con exactitud el grado de su sufrimiento o el modo de aplicación de la tortura.