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PREGON ROMERIA VIRGEN DE LA CABEZA Paulino Alonso |
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MADRID, 17 de abril de 2009
Dios te salve, Madre, María de la Cabeza llena eres de gracia, y tu nombre siempre destila dulzura, porque eres como un libro nuevo con aromas nuevos.
Salve, Virgen de la Cabeza, morenita y pequeñita, fuente de agua fresca que reparas la sed de los que a ti acuden. Dios te Salve, Madre buena, arca inagotable de gracias siempre nuevas.
No vengo ahora a rezarte, ni vengo a ofrecerte o pedirte nada, yo solo vengo a mirarte, Madre, a postrarme con humildad a tus plantas, a ofrecerte mi palabra y mis silencios, a llorar de dicha al pensar que soy tu hijo y me acompañas.
Quiero estar contigo donde tú estás, Madre, como tantas y tantas veces, a tu lado, contemplando tu rostro, sin pronunciar palabra, dejado al corazón que cante, porque eres Madre y me amas.
No decir nada, solo cantar, porque tengo lleno el corazón, porque eres la toda hermosa, la Inmaculada, la Mujer habitada por la Vida, la mujer en gracia restaurada.
María de la Cabeza, eres la Virgen de la sierra y de los pobres, del saber y de lo oculto, la seguidora de lo nuevo, de la placidez y del silencio.
Porque siempre estás ahí, junto al que te invoca y te llama, para dar y comunicar vida, para pronunciar un nuevo “si”, te doy las gracias, Señora de la Cabeza.
Dignísimas autoridades, Junta de Gobierno, Hermano Mayor de la Cofradía de la Virgen de la Cabeza. Y ante todo: amigos.
Ser pregonero en la Ciudad de Madrid, donde la devoción de la Virgen siempre ha sido grande y profunda, donde el amor a la Madre ha brotado y brota de corazones sencillos y agradecidos, donde las distintas advocaciones, Almudena, Paloma, Atocha, Cabeza…, ha calado en la vida de tantos y tantos hombres y mujeres, me obliga a hacer un esfuerzo para llegar a cada uno de vosotros y expresar con palabras lo que vuestro corazón y el mío hoy sienten.
Hoy como siempre, la devoción a María se hace llama encendida y cada uno de vosotros sois portadores de hermosos ramos y ungidas palabras, que anuncian las verdades del corazón.
Soy consciente de la dificultad que entraña la vieja tarea de oficiar de pregonero, pero mentiría si no dijera que me siento feliz y complacido de poder decir algo sobre esta gran Mujer que tanto ha tenido que ver en mi vida. Ella ha sido la artífice de ser lo que en este momento soy: religioso trinitario. Ella, bajo las advocaciones de Bien Aparecida, en Cantabria, Fuensanta, en Villanueva del Arzobispo y Cabeza, en Andujar ha ido modelando mi vida para poder responder con generosidad, como Ella, a la llamada de Dios. Gracias a Ella, la Madre buena que no abandona nunca a sus hijos, gracias a su intercesión amorosa, a su compañía materna, mi vida es una vida entregada a los demás; una vida que intenta transmitir cariño y amor, ganas de vivir a pesar de las dificultades que nos pueda presentar el caminar de cada día.
Pero ni que decir tiene que estas palabras nunca pueden suplir a la vivencia, solo la anuncian. No es posible crear experiencia: hay que pasar por ella. Y esta sería la afirmación en la que se podría resumir todo el pregón. Hay que ser capaces de experimentar en nosotros la vida de la Madre, la vida de esa Mujer que siempre ha sido y será portadora de vida, de alegría y de esperanza, como sucedió en el encuentro con su prima Isabel: “en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre…”.
Pues nada ni nadie puede sustituir al dialogo sublime e íntimo del hombre, transparencia de río sagrado y cielo limpio con el que la Señora nos llena en el alma, cuando la hacemos ideal y meta de nuestros anhelos y de nuestra vida.
Considerad hoy este pregón, amigos, como un glorioso canto, un grito emocionado, una vivificadora llamada para que tomemos unidos el camino glorioso hacia las virtudes humanas y así poder llegar, con la presencia cercana y amorosa de María, a la vida que nos ofrece en plenitud, si somos capaces de vivir desde el amor y la entrega.
Poder cantar los loores de una Morena Serrana que reinando desde su altivo cerro se alza sobre todos para acoger amorosa a todo Aquel que le aclama. ¡Cuantos momentos vividos!. ¡Cuantos instantes de gloria!. Contigo, Madre, no me falta nada.
¡Cuantas vivencias, Señora!. ¡Cuantos secretos se encierran en el Cabezo!. Todos mirándote y contemplándote, dirigiéndote piropos de amor.
Son tus hijos, oh Madre, peregrinos que te rezan y te cantan, conscientes de que tú les amas, de que nunca les abandonas, y caminas siempre a su lado.
Aquí me tienes, Madre de la Cabeza, intentando responder a la confianza que en mi has depositado, afrontando con temblor y miedo esta tarea, como creemos que la ocasión se merece. No pretendo hacer de este pregón un tratado de profundas teologías, solo quiero expresar lo que siento y vivo al contemplar a la Virgen de la Cabeza. Al contemplar a esa Mujer que un día me emoción al participar por vez primera en su romería el año 1.984; a esa Mujer que el último día de la novena de ese mismo año me hizo temblar al bajarla del Camarín al altar para que todos los presentes pudieran besarla y tocarla; a esa Mujer que un once de agosto del año 1.986 me hizo vibrar de alegría y felicidad al participar en la misa que debajo del arco celebramos para conmemorar el día de su aparición.
Yo vengo ante ti, Señora, yo os traigo la emoción de sentirme peregrino, un romero enamorado por senderos y caminos.
Yo quiero ser, mi Señora, un trovador mañanero, y rezarte a todas horas entre pinos y senderos.
Yo quiero ser peregrino, antorcha que ilumine, y recorrer los caminos que llevan hasta tu encuentro.
Yo quiero ser una flor siempre en tu ermita plantada, un repique de campanas, manto de perlas bordadas, escabel para tus pies y estrella de tus mañanas. Yo quiero ser, Virgen mía, caminante de tu gracia, y llenar de avemarías y preciosas letanías tu camarín esplendoroso.
Déjame ser Madre mía, por siempre tu pregonero, y postrarme ante tus plantas con el corazón dispuesto para gritar con el alma: ¡Que tu eres a quien más quiero!.
El Concilio Vaticano II nos dice en la Constitución Lumen Gentium: “Que los fieles unidos a Cristo, en comunión con todos los Santos, veneren la memoria ante todo de la gloriosa Virgen María, Madre de Dios”.
Y el pueblo sencillo, el pueblo humilde capta inmediatamente la importancia y la grandeza de esta verdad, que pone de manifiesto el origen divino de Jesús, y la incluye entre las afirmaciones de su humilde y sencilla fe.
Por eso, la Maternidad de María no se puede considerar como un hecho que tuvo lugar en el pasado, sino como una realidad que se renueva en todos los tiempos y en todas las épocas de la historia de la salvación que se va realizando en la Iglesia, sin pausa, constantemente.
La teología mariana nos desvela que reconocer a María como Madre de Dios, significa profesar que Jesús, el hijo del carpintero de Nazaret, el hijo de María, es Hijo de Dios y Dios mismo.
Contemplar el dogma de la Maternidad de María no es buscar la verdad, sino gozar ya de la verdad hallada, saboreando toda su riqueza y profundidad.
Se ha escrito que los dogmas de la Iglesia son como “damas etéreas y gallardos caballeros que duermen en su castillo encantado; pero solo hay que reavivarlos para que se pongan en pie con toda su gloria”.
Y éste es uno de esos dogmas que a nosotros nos toca reavivar en estos momentos con el soplo del Espíritu, qué es el que da vida a los huesos blanqueados.
De la misma manera que el sol sale cada mañana con todo su esplendor como si fuese esta la primera de la creación, llenando de luz los ojos de todos y cada uno de los hombres, así debería ocurrir con las verdades de la fe, cada vez que las afirmamos deberían ser para cada uno de nosotros algo nuevo, como si fuera la primera vez que las creyésemos.
Gracias, Señor, la Virgen Nazarena es tu madre y la mía, juntamente; a ti te dio tu carne confiadamente, a mi me da su sabia de pura azucena.
Tú la llenaste con la gracia plena, y Ella te dio su ser enteramente. Yo poca cosa puedo darle; solamente llamarle Madre buena.
Gracias, Señor, por darme la alegría de saber que tu Madre, es Madre mía. Que piensa en mí y, a mi Dios le reza.
Gracias, Señor, porque tu dimensión materna se llama Virgen de mirada tierna a la que yo quiero y, llamo de la Cabeza.
Esta tarde ha resonado en medio de nosotros la hora de María, la Virgen de la Cabeza. Ella es don peregrino, Rosa de los jardines, Madre buena que a todos escucha y mira con amor materno.
Ilumina, Madre de la Cabeza, toda esta tarde…, toda nuestra vida, toda.
Ilumínala con luz nueva, porque ha llegado para la Cofradía de Madrid la hora de la Madre, de la mujer bella y buena, la hora de la Morenita de los cielos; porque ella, es para cada uno de nosotros la Virgen y Madre, la brisa de gloria, torrente gigante de gracia que calma el ansia de la vida y llena de luz inmensa esta tarde.
Ha estallado para la Cofradía, en esta tarde iluminada y clara, la hora de la fe encendida en la plegaria ferviente y confiada; la hora de la esperanza sostenida entre latidos y anhelos; la hora de la caridad hecha testimonio vivo en los brazos amorosos de esa Madre que derrama, en cada uno, amor y gozo.
Y porque es la hora de la esperanza y de la caridad testimoniada, podemos preguntarnos:
¿Qué tendrá la luz de este final de abril que hunde sus raíces de flores y campanas en la belleza singular y secreta de las vísperas romeras?.
Andujar tiene esa luz y es un fanal estático y dinámico, engalanada de cal, azahar y geranio; con su cara linda, reluciente, siempre recién lavada con el jabón oracional de aquellas tierras.
Luz que despierta las hierbas y las frondas. Sabia que invoca al sol. Luz que estrena la primavera, el amor y la alegría.
Y en Andujar, quién cada año no estrena esta trilogía, –primavera, amor, alegría-, ni es de Andujar, ni es romero…. Porque Andujar es un regazo de sierra y luz que se resiste a dejar de ser íntima, a dejar de oler a reliquia y ensueño… Andujar es un lugar mágico que invita, al finalizar el mes de abril, a la vida y a la búsqueda de las cumbres serranas.
Para conocer Andujar hay que dejarse llevar por las olas acariciadoras de la pasión meridional, por el azul torrente de estirpe excelsa que brota de sus calles.
Conocer Andujar, es saber qué, allí la verdad esencial no es la verdad que descubren los ojos, sino aquella otra verdad que va descubriendo el Espíritu junto a una cadena rítmica de emoción, qué, es la exaltación litúrgica del sentimiento que se reafirma en el rito abierto de su memoria.
Y aquí en Madrid, igual que allí, el alma reverdece cuando el tiempo habla, cuando el viento nos susurra historias, cuando las flores de la primavera engalanan la ciudad y sus campos aledaños.
Este es el momento de María de la Cabeza, traducido a nuestro lenguaje y a nuestras actitudes, como una fe ardiente y generosa que mira a las alturas desde nuestra realidad concreta, tantas veces cargada de los problemas y las dificultades cotidianos.
Por eso hoy, todos y cada uno de nosotros, dejando ya de lado el frío del invierno, intuimos el gran momento de calor y de vida que se producirá en el encuentro con la Madre, allí en lo alto del monte donde Ella se encuentra como antorcha encendida y faro luminoso de nuestra vida.
Este es el gran momento donde se proclama el anuncio solemne de un nuevo acontecer, que manifiesta plenamente el sentir mariano y romero, traducido en notas andariegas hasta llegar a la cima del Cabezo y abrazar a la Señora.
Es el momento de dar gloria y alabanza a María, con la sonrisa en los labios por haber llegado un año más hasta aquí, hasta este lugar donde uno se encuentra también, por medio de María, con Aquel que es la vida verdadera, Jesús, su Hijo amado.
María es grande, es la “llena de gracia”, “la mujer vestida de sol”, pero no porque escape a su condición de criatura humana para refugiarse en una especie de “tierra limbica” entre la criatura y el creador.
María es grande porque es una criatura elevada por Dios en el más absoluto respeto de su condición de mujer y porque es capaz de dar una respuesta a lo que El pide ofreciéndose libre y en plenitud a Él.
Y porque es Mujer y Madre, porque se abandona en las manos del Padre desde un “si” profundo y total puede ahora acompañar a sus hijos, llevarnos de la mano. Con nosotros peregrina por los caminos de nuestra vida personal.
María es nuestra compañera de viaje, pero no como una compañera invisible e inútil, o como un testigo pasivo en las peripecias de nuestro caminar. No. Ella se preocupa de cada uno de sus hijos e implora con sus ruegos los dones del Espíritu.
Y porque es Madre, compañera y amiga; porque camina, se preocupa e implora, nosotros nos ponemos en camino para honrarla, alabarla y agradecerle todo cuanto por nosotros hace.
En los tiempos en los que nos movemos, sumergidos como estamos en una civilización mediática de alcance universal, donde los medios de comunicación han invadido nuestro hogar imponiéndonos el culto a la imagen, nosotros, los que tenemos fe y creemos en el Absoluto, los que nos llamamos y somos hijos de Dios y de María, damos testimonio de lo divino a la manera humana, para poder llegar mejor al Dios transcendente y absoluto.
Pero además, para poder llenar nuestras ansias de felicidad y de vida, tratamos de dar cuerpo al Espíritu, encarnar sentimientos, plasmar lo que hay en lo profundo de nuestro corazón en imágenes, dándoles culto y ofreciéndoles nuestro amor y devoción.
Y todo esto es cierto, amigos, en la historia de nuestras ciudades, pueblos y villas de cualquier parte de España, se han ido sembrando claveles, rosas y santuarios de amor a nuestra querida Virgen de la Cabeza.
Podemos afirmar sin el más mínimo resquicio a equivocarnos que solo haría falta saber donde vive un iliturgitano para localizar una devoción a la Morenita.
Allí donde un corazón jienense latió por Ella y por su Hijo, en un único amor, allí se construyó un templo o un altar a la Gran Señora de la Cabeza.
Y todo esto es así porque nacimos a sus pies, bajo su advocación.
En ese alto y alejado monte del Cabezo, amaneció un día la luz y en torno a esa luz, recobramos la conciencia de pueblo y hoy ya gira todo en torno a la Morenita, a su luz clara y resplandeciente.
En ese paraje casi infranqueable, esplendido y maravilloso, María mostro su rostro a Juan Alonso de Rivas para ser, ya por siempre, la Reina de Sierra Morena, con su cuerpo diminuto y su cara de aceituna, pero con un corazón límpido y grande, más grande que Ella misma.
Con su carita de mujer tierna y dulce, ha querido ser una más de nuestro pueblo, una Madre buena capaz de cerrar heridas y abrir esperanzas, y al contemplar su rostro nos sentimos todos hermanos, y cómo el amor debe reinar por encima de odio o cualquier rencor.
Mirar la cara de la Morenita me tiene que llevar siempre a mirar la cara del hermano y comprender, que el amor que profeso por María, lo tengo que hacer vida en el amor diario y constante al hermano. María de la Cabeza me invita contantemente a dar y comunicar amor, cómo lo hace constantemente Ella.
El teólogo Kal Rahner nos pone a María tan cerca del pueblo que dice de ella: “María debe aparecer como la mujer del pueblo, la mujer pobre, la mujer que aprende, que vive inmersa en la situación histórica, social y religiosa de su tiempo y de su gente”.
782 años lleva la Virgen de la Cabeza presidiendo ese monte del Cabezo, un monte cuyas faldas riega el viejo Jándula, donde su santuario y su espadaña, como faro luminoso, unen la fe de ayer y de mañana.
Allí peregrinamos, año tras año, en busca de esa luz que ilumine nuestro oscuro camino, en busca de paz y sosiego, para poder seguir viviendo y afrontando la vida con ilusión, en busca de su sombra, para volver cantando al mundo, el amor que se contagia entre los que la tenemos como Madre.
En definitiva, podemos decir que cada pueblo ha trazado en su historia un camino que le distingue del resto y al mismo tiempo le sirve como seña de identidad particular, “apropiándose de la intercesión maternal de María, en razón de la cual, su patrocinio le ha protegido en circunstancias favorables y desfavorables”.
También allí, en Andujar y Sierra Morena, su devoción multisecular tiene como en cualquier otro lugar, como sucede aquí mismo, en el centro de Madrid, su punto de partida:
En principio, María se manifiesta al pastor Juan de Rivas, con el único deseo de recibir culto en ese lugar concreto, consagrándolo con su presencia.
Y se manifiesta en el Cabezo, donde aparecen como elementos naturales: la montaña, la campana y los destellos. Y como respuesta a esta manifestación: el reto emocionado y decidido de todo un pueblo de construir una ermita cuyo templo sea consagrado a la Madre de Dios.
Y se manifiesta ahí, en lo alto del monte, en un lugar alejado, porque Ella igual que Dios se manifiesta donde quiere, como quiere y a quien quiere.
¿Acaso olvidáis que Dios, hace más de dos mil años, se manifestó por boca del ángel a una joven virginal en el lugar más humilde que nadie podía esperar?.
Esa joven era María, joven humilde y sencilla, que no entiende ni comprende lo que pasa, pero que se fía y abandona en las manos del gran Dios para él “que nada hay imposible”.
Dijiste sí, María. (Pausa) Y se detuvo el tiempo; y tu seno de Virgen se estremeció gozoso con la presencia ardiente del Verbo de la Vida.
Dijiste sí, María. (Pausa) Y tu vientre sellado fue cuna y alimento, fue canción, fue ternura, fue sagrario y fue templo, fue patena y fue altar.
Dijiste sí, María. (Pausa) Y Dios te hizo mujer, te hizo Madre y Esposa, compañera y amiga, redentora del hombre, flor suprema del mundo.
Dijiste sí, María. (Pausa) Y en ese momento llegó la primavera a Andujar convirtiéndola en una gran caja de resonancias de esa alegría mariana que constantemente invade todo su ambiente y sus calles, palpitando en los corazones apiñados.
Su sí, es la cima de la perfección primaveral, el paraíso del alma buscando suspiros de espíritu que se irán renovando entre la juncias verdes y la fronda renacida.
Y este sí de María, en oblación constante a Dios y a los hombres, se trueca en un aferrarse de todo un pueblo y proclamarla con toda la Iglesia: Madre de la Cabeza.
Así lo hace igualmente Madrid al implorar e invocar las distintas advocaciones de María. Así lo hace Madrid cuando en noviembre aclama y procesiona a su patrona la Virgen de la Almudena; cuando en agosto, a pleno sol, acompaña por el Madrid castizo a su Virgen de la Paloma; cuando en plena primavera grita por los alrededores de la Puerta del Sol: ¡Viva la Virgen de la Cabeza!
María invocada, aclamada y proclamada con distintos nombres que ponen de manifiesto el querer y el sentir de tantos y tantos hombres y mujeres que desde su sencillez se acercan a esas flores coronadas con nombre de mujer, tan distintas y tan iguales en su hermosura y admiración.
Y entre las muchas advocaciones marianas que hay en este nuestro Madrid, tenemos una que destaca por sus perfiles serreños. Devoción que, cuando la ciudad abre sus brazos, buscando los pétalos de gracia que la primavera trae, busca en Sierra Morena la mirada siempre atenta y siempre pendiente de sus hijos de la Virgen de la Cabeza.
Los madrileños enamorados de tan gran Señora, se hacen romeros y peregrinan con el corazón rebosante de alegría, al encuentro de la Madre, en lo alto del Cabezo.
Devoción a la Virgen de la Cabeza que se conserva y trasmite en Madrid desde hace setenta años. Desde entonces y hasta hoy, se peregrina hasta el cerro.
Desde entonces Abril es un mes especial para la Cofradía, porque durante estos días como buenos hijos de María la honran en esta hermosa Iglesia de San Gines, y la pasean por las calles del centro de Madrid, para terminar convirtiéndose en romeros, que peregrinan al encuentro de la Señora que les espera allá en su Camarín de Sierra Morena.
¡Qué bien sabe esta Cofradía de Madrid vivir su fe!. Ella es testimonio de amor, de vida y fraternidad, y sobre todo expresión de una fe sencilla y humilde, que sabe, que la Madre siempre escucha.
Y porque la Madre siempre escucha y espera, la Cofradía acude el último domingo de abril a la gran Romería, a esa explosión de emotiva alegría con la presencia de la Señora por las calzadas del Santuario, que entre gritos y vivas, entre emociones y ruegos, entre sonrisas y lágrimas, hace posible que ese domingo de romería, sea el punto de partida para seguir honrando a la Madre durante todo el año.
Juan Pablo II exhortaba el año 1.989 a los peregrinos con estas palabras:
“Que la devoción a la Virgen de la Cabeza, que reúne a tantos peregrinos en su Santuario de Sierra Morena, sea siempre un testimonio fiel y vivo de vuestra fe, que se traduzca en un verdadero ejemplo de vida cristiana en medio de la sociedad española”.
Esta, debe ser la actitud de aquellos qué, como romeros y peregrinos, suben año tras año al Cerro: ser testimonio de fe y ejemplo de vida para todos los que caminan junto a ellos, cristianos comprometidos, creyentes de fe sencilla….
Unos cuartetos populares andaluces dicen así:
Me gustan las romerías, las ermitas de mi pueblo, las vírgenes bajo palio y los cristianos nazarenos.
Yo soy así, y tienes que comprender, que mis costumbres son esas, y no las puedo cambiar.
Y porque soy así, y no puedo cambiar mis costumbres, hoy me encuentro aquí, junto a María de la Cabeza, para iniciar su fiesta.
Somos así; como hombres y mujeres sencillos, como pueblo peregrino que nos gusta creer, creer en algo y en alguien, agarrarnos a todo aquello que en medio de nuestro mundo, sea luz, frente a tanta tiniebla.
Y nos ponemos en camino y nos vamos de Romería.
Pero no pensemos que la fiesta, el folclore y la alegría hay que desterrarlos porque no estén en demasiado acuerdo con las convicciones religiosas que tenemos, porque creamos que Dios solo quiere la seriedad y la interiorización. No es así, también en medio de la alegría y la fiesta podemos encontrarnos con el Dios de la vida.
Ya sé que hay muchos que poniendo la fe como pantalla, desertan de nuestra Romería, tildándola de frívola y profana, porque no se ajusta a los moldes o costumbres tradicionales.
Cuantas veces minimizamos e incluso ridiculizamos hechos qué, para las personas sencillas son identificación de la fe de su pobreza y desde ella, amar, porque el amor no tiene estructuras.
Bien define la fe popular, la intuición que tiene acerca de la persona de María como modelo y ejemplo en la peregrinación de la fe. María, es vista y considerada como presencia viva en medio de nosotros. Alguien que está ahí y a la que podemos sentir. Alguien con quien podemos hablar y compartir nuestra vida.
Ella es presencia materna. Ella es compañera de camino en nuestra peregrinación de la fe y en los avatares de la vida. Ella es proclamada como vínculo de comunión eclesial y de fraternidad cristiana, por ser la Madre común.
Por eso la Romería de la Virgen de la Cabeza, es un Pentecostés donde cada uno expresa y manifiesta lo que el mismo Espíritu, le dicta.
Es un puñado de fuego abrasando el corazón de cada uno; es la pasión, el gozo y la seguridad que nos da el saber que María camina con nosotros. Es el canto de peregrinación hecho gratitud al presentir su sombra protectora, que nos guía y nos sostiene; es dejarnos fascinar por Ella, para que nuestra vida, poco a poco, vaya cambiando de signo y así lograr una convivencia digna y humanitaria.
La Romería es la explosión de alegría y fiesta que produce en los romeros el sentirse cerca del hermano. Es el regocijo de María reflejado en el afecto de los que se acercan. Es un canto agradecido, porque la Madre, no nos abandona.
Es contemplar la pobreza; y saborear la dulzura del camino, junto al estandarte; y mirar a esa Mujer qué, con amor maternal, nos mira y nos acompaña.
¿Qué camino serrano puede paladear tan cerca el sabor de la trascendencia?. Éste, es el camino, el que se hace en la consagración del estandarte, y se afirma subiendo al Cerro con la medalla al cuello y en oración silenciosa y conmovedora.
Un silencio que se desprende de los suspiros amados de la procesión peregrina. El camino ha terminado y el alma se abandona al imán del Santuario. La Virgen está ya cerca. Los rostros cansados se levantan, entre lágrimas y sonrisas, entre suspiro y canción. Los romeros presienten entrar en la gloria por la puerta del cielo, ahora ya sin cancela.
¡Qué momento tan grandioso!. En el Camarín el encuentro con la Madre es sublime y sincero. Al besar el manto de la Madre, el alma se llena de esperanza y el rostro resplandece, mientras los ojos son dos mares de lágrimas saladas.
Por un momento, -que uno quisiera que fuera eterno-, todo es silencio y diálogo callado, entre el hijo y la Madre que sigue pronunciando: “Bienaventurada me llamarán todas las generaciones”.
Y ante este encuentro tan intenso y profundo, el peregrino solo se atreve a decir con el alma emocionada:
Yo te siento junto a mí, siempre muy cerca; compartiendo mi vida y caminando a mi lado.
Eres sombra protectora, eres ángel de la guarda, mi espejo y mi inspiración, agua limpia que sana.
Yo te miro y te hablo sin palabras, tu me escuchas y me sonríes, y me dices: ¡nada temas!, soy tu Madre y te amo.
Mi mirada suplicante no te agobia, no te aburre mi silencio y mi palabra, tu me entiendes, me perdonas, sabes bien que yo soy nada.
Yo quisiera agradecerte la vida que tú me das, el camino y la acogida, pero no sé ni darte gracias.
Tu eres la Madre buena que me proteges con amor y nunca fallas, eres mi Madre y mi esperanza.
La noche en el Cabezo es sosiego para el alma. La luz de las candelas lo embellece y la noche hermana a todos los allí presentes.
Las campanas del Santuario llaman a vísperas a cada una de las Cofradías. En la casa de la hermandad todo es fiesta y alegría, a la espera de responder a la llamada de la Madre, para presentaros ante Ella.
Y antes de que el sábado escape hacia la apoteosis del domingo, no faltará entre trago de vino y “moño” de
pan, una copla a la Morenita y unos vivas tan fuertes y tan hondos que harán temblar hasta a los mismos luceros.
Al amanecer, con los primeros rayos de sol, cada romero empieza a sentir la revelación de la Imagen de la Virgen sobre nuestros caminos de esperanza. Y al sumarnos al resto de las Cofradías para la solemne Eucaristía y la multitudinaria procesión, entramos, atravesando el arco, en la gloria, por la puerta del cielo sin cancela.
Cofrades, romeros y amigos, vamos a ver el encuentro con la Madre en la oración vespertina. Vamos a ver la eterna noche del cielo, salpicada de rocío, de canción y de luna nueva. Noche eterna de oración donde una Virgen serrana, emprende un vuelo de altas cumbres y que puebla todo el monte de vida y notas de esperanza.
Allí se aprende a soñar amarrado al estadal buscando mil soluciones, que ella solo puede dar cuando nos ve arrepentidos; y olvidándonos de todo, le pedimos, que nos bendiga y nos acompañe, y perdone nuestro pecado.
Contemplar ese domingo de gloria, de alegría y de bonanza, esa salida del sol por la puerta del Santuario, sintiéndote acariciado como cosecha de amor, por el frescor de la mañana.
Contemplar ese resorte magnético que Ella imprime a nuestras almas haciéndonos saltar de júbilo, como ciervo en campo abierto, en el crecido trigal de la plegaria. Ese arrullar de sus andas que el corazón costalero, con impulsos calculados, hace florecer las lagrimas de todos los peregrinos, que a tus plantas, irrumpen en piropos que salen de las gargantas.
Contemplar a esa Virgen Morenita, disfrutando con su pueblo, acogiendo a los niños, a peñistas y romeros, a sus hermanos cofradesades y a cuantos tienen un momento. para acercarse al Cabezo.
Contemplar la entrada del Santuario de María de la Cabeza, con sus hijos en la lonja aplaudiendo se grandeza. Son los últimos claveles marchitos por el cansancio, que todos quieren guardar hasta que vuelva otro año. Son los últimos suspiros de un corazón agotado, roto de tanto llorar, repleto de tanto amar, que ahora levanta sus manos para entregártelo entero.
Contemplar ese adiós a la Señora, que el romero en su interior proclama: adiós Virgen soberana, yo no te digo hasta siempre, solo te digo hasta mañana; porque se que tu presencia tan sola en esta montaña, se hará eterna romería por todos los rincones de España.
Y después de contemplarla caminando por las calzadas, acariciando a sus hijos, llega el abrazo de la despedida, de aquel qué, gozoso, se distancia llevando en su corazón su imagen bella.
Y todos los peregrinos sueñan con volver a las sendas de la sierra y volver a contemplar el paso de la Virgen.
Con esta esperanza volveréis a Madrid, manteniendo viva la llama que la Virgen encendió en vuestro corazón.
Y de regreso, aún con el alma encendida, os sale la seguidilla:
Adiós bendita Virgen de la Cabeza, ya me voy para Madrid lleno de pena. ¡Que mala suerte, hasta que no pase un año no vuelvo a verte!.
Y renovando todo vuestro aire, de regreso ya en Madrid, mientras llega un nuevo abril, llenáis vuestros cuencos de agua para seguir los pasos de la Madre, que no son otros que salir siempre al encuentro del otro.
Romeros, amigos y hermanos, dejadme sentir con vosotros, dejadme con vosotros decirle ¡Salve! a la Aceituna Bendita. Dejadme que mis sentimientos se unan a los vuestros para pode vivir la paz que en vuestros corazones ha derramado Aquella que es Madre y siempre nos acompaña, Aquella mujer humilde y sencilla, pequeñita y grande a la vez que mirándonos a cada uno nos dice que no se olvida de nosotros porque somos sus hijos queridos, aquellos que en momentos concretos “no tienen vino” porque los problemas y dificultades de la vida siempre están en nuestro camino.
Dejadme que vibre apasionado al lanzar el grito romero que todo lo hace posible:
¡¡¡Viva la Virgen de la Cabeza!!! ¡¡¡Viva la Virgen de la Cabeza!!! ¡¡¡Viva la Virgen de la Cabeza!!! |