MARTIRES DE BELMONTE
Datos para la historia
Ramón Campos
El 20 de octubre de 1942 en el sanatorio Iturralde de Madrid concluía el P. Andrés Sagarna la redacción de una especie de cuaderno de memorias que tituló: La comunidad de Belmonte durante los nueve primeros meses de dominación roja. Se trata de un interesantísimo documento cuyo original él debió conservar, ya que antes de su fallecimiento publicó en Dialogo algunas partes del escrito. Espero que se conserve hasta hoy en alguno de nuestros archivos. En el Protocolo del convento de Belmonte se halla "íntegra y textualmente reproducido". Está dividido en nueve capítulos y la trascripción ocupa desde la página 65 hasta la 141 de dicho libro. De aquí han tomado los datos todos los que han escrito algo sobre los cuatro religiosos de esa comunidad asesinados. Al aproximarse la fecha de su beatificación me ha parecido de gran interés humano e histórico sacar a la luz la transcripción del capítulo quinto del escrito, donde relata el P. Andrés la recuperación de sus cuerpos.
Cuando a mediados de septiembre de 1939, felizmente terminada la guerra de
liberación, me destinaron los superiores a nuestro convento de Belmonte, mi
mayor preocupación era la de averiguar ciertamente el lugar en que se hallaban
enterrados los padres y sacarlos de la fosa común para colocar sus venerables
restos en sitio aparte, como era debido a los que murieron gloriosamente por la
fe, siendo muy posible que la Iglesia los elevase al honor de los altares.
Abierta nuestra iglesia al culto con toda solemnidad el día de la Virgen del
Pilar, y aprovechando la llegada del P. Martín, que para ayudarme en los
trabajos de la inauguración había venido de Madrid y podía quedar en Belmonte
los días que durara mi ausencia, salí para Cuenca a mediados de octubre.
Enseguida empecé con las gestiones para averiguar el lugar en que descansaban
nuestros hermanos y conseguir la autorización para trasladarlos al panteón
familiar de la viuda de Viejobueno, que gustosamente se ofreció, honrándose con
que nuestros mártires reposaran al lado de su esposo, Sr. Viejobueno, que un día
después de los nuestros y en el mismo cementerio murió asesinado por la causa de
Dios y de España.
El alcalde, Sr. Larrañaga, y el Inspector Provincial de Sanidad me dieron toda
clase de facilidades, y gracias a los Sres. D. Niceto Collado y D. José
Olivares, supe inmediatamente dónde se hallaban enterrados, por medio del
fichero del cementerio municipal. Estaban en distintas fosas de este camposanto.
El P. Luís en la fosa 78, letra U grupo U, cadáver nº 3. El P. Maestro en la
misma fosa, cadáver nº 2. El P. Superior en la fosa 79, grupo U, cadáver nº 2.
Fr. Juan en la misma, cadáver nº 1.
Contento con mi hallazgo y previo consentimiento del P. Delegado General, Pedro
de Sta. Teresa, comencé las gestiones para trasladarlos al panteón citado del
mismo cementerio municipal de Cuenca. Alcanzada esta autorización, el 19 por la
mañana me dirigí al camposanto, separado de la capital por un par de kilómetros.
Me acompañaba Dña. Leonor Viejobueno, muy conocida de la comunidad trinitaria,
especialmente del P. Maestro, por residir en Belmonte donde su esposo, D.
Mariano Nieto, ejercía el cargo de notario; las Stas. Carmen Flores, que había
visitado y socorrido a los Padres y Hermano en su prisión, y Angustias Ruipérez,
terciaria trinitaria y los hijos de Dña Leonor, Carmen, Federico, Mariano y
Anselmo.
Con una santa impaciencia esperábamos, mientras los peones encargados del
cementerio empezaban a cavar la fosa 78; al poco apareció la primera caja;
sacaron varias más de otras personas y por fin las de los nuestros: las que
hacían el nº 3 y 2, del P. Definidor y Maestro, respectivamente. Empezaron de
nuevo la excavación en la fosa nº 79, sacaron varias cajas y luego las dos
últimas, de nuestro P. Superior y Hno. Fray Juan, respectivamente, con el 2 y el
1.
Uno a uno los fui identificando; alguna dificultad ofrecía esta operación,
transcurridos ya tres años de su muerte; pero toda duda queda ya solucionada por
la autoridad del fichero detallado del cementerio. Intensa era la emoción que me
embargaba ante aquellos queridos restos de mi P. Maestro, Superior, Profesor y
Hno. Cocinero. El P. Santiago llevaba un escapulario trinitario pequeño, que la
mencionada Srta. Carmen Flores lo recogió como preciosa reliquia; el P. Melchor
una bufanda y Fr. Juan una camiseta, prendas que la misma Carmen las reconoció
como entregadas por ella a los Padres en la cárcel. Las facciones de la cara
estaban muy borrosas, algo deshechas, con una pelusilla clásica, que venía a
dificultar la identificación. Del P. Luís no cabía ninguna duda, por su gran
talla, tan grande que no cupo en la caja y apareció a mis ojos con el brazo
totalmente cortado por el omoplato y colocado sobre su pecho. Por su altura
tampoco cabía con las botas puestas y las tenía quitadas y puestas sobre los
hombros.
Cada uno de nuestros hermanos estaban enterrados en su caja forrada de negro, si
bien las maderas empezaban a deshacerse y desclavarse, por lo que los
trasladamos a otras cajas sin forrar. Sus cabezas estaban horriblemente
destrozadas, con la tapa de los sesos levantada y separada del resto del cráneo,
no sé si debido a las descargas de arma de fuego, pues, según el certificado de
defunción, que obra en el Juzgado Municipal de Cuenca, fallecieron a
consecuencia de herida cerebral, o por la autopsia que les practicaron.
Ante aquellos cadáveres de mis amados hermanos al reconocer aquellos despojos,
me alegraba de su martirio, de la gloria de su muerte, y lloraba su ausencia.
Habíamos quedado solos, huérfanos; ellos, los mejores, habían confesado a
Cristo, atestiguando la verdad con su sangre. No pudieron dar mejor prueba de su
amor al buen Jesús que dando la vida por Él. Una profunda pena me embargaba,
consolándome la certeza de que teníamos en el cielo a cuatro hermanos mártires
que se acordarían de nosotros y no olvidarían a la Orden que tanto amaron. Si la
sangre de mártires es semilla de nuevos cristianos, no cabe duda que la de
nuestros religiosos fecundará las vocaciones trinitarias. [...]
Respetuosamente los colocamos en cajas nuevas sin forrar y los trasladamos al
panteón citado. [...] Antes de despedirnos nos encomendamos a su protección,
rezándoles un Padre nuestro; pues no me atrevía a entonar un responso a los que
gozaban de Dios por la gloria del martirio; recitamos uno por los que la
Autoridad Militar había condenado a muerte por aquellos días; otro por todos los
fieles difuntos y, visitadas las tapias donde probablemente serían fusilados
nuestros hermanos, en las que en distintas partes aparecían huellas de balas,
abandonamos el camposanto comentando y recordando a nuestros héroes.
En el juzgado de 1ª Instancia, el secretario, D. Francisco Jiménez me entregó
todos los objetos del uso de los Padres, recogidos después de su muerte y
cuidadosamente guardados por él. Más adelante haré mención detallada de ellos.
[El capítulo VII del escrito lleva por título: Inventario de los objetos que
fueron del uso de los PP: y que se conservan en nuestro convento de Belmonte.
Ocupa las páginas de la 120 a la 125. Algunos de estos objetos estuvieron
expuestos en la iglesia en una vitrina que después se trasladó a la celda donde
murió el Bto. Domingo. Al trasladar los restos de los mártires a nuestra iglesia
de Alcorcón, se trasladó también la vitrina y se depositó en el mismo nicho que
ellos. (Protocolo de la comunidad de Alcorcón, folio 52, vuelta) Nota del
transcriptor].
Visité el Juzgado Municipal para obtener copia del certificado de defunción, que
me habían informado que constaba en dicho juzgado. El Secretario, muy amable, me
permitió que lo copiara yo mismo, para ahorrarme tiempo. Únicamente obtuve copia
de la defunción del P. Santiago, pues todas estaban expresadas en idénticos
términos. Obran en el tomo 42, folios 397 y siguientes, números 788 y
siguientes.