JUAN PABLO II Y SAN CARLINO

 

    En esta tarde del Domingo in Albis, Domingo de la Divina Misericordia, una luz de tristeza serena ilumina la Urbe. Muchos son los datos que leemos y escuchamos en estas horas sobre el extraordinario pontificado de Juan Pablo II, que anoche se apagó en vivos resplandores en el Palacio Apostólico; datos para la historia, en que se le compara y se le trata de definir. Aquí estoy yo, escribiendo mientras siento el vacío de su presencia; que si los datos y las comparaciones servirán para los libros de historia de la Iglesia, un servidor, que ha vivido casi todos los años de su vida cristiana bajo la luz de este Sucesor de San Pedro, siente la gratitud profunda a Dios por el Pastor que ha sido punto de referencia para mi fe. Sí, ya sé que el Espíritu Santo suscitará mañana un nuevo Papa, a través del cual se perpetuará el gran don para su pueblo que es el Ministerio Petrino. Pero no por ello dejo de darme cuenta del gran regalo de Dios para su Iglesia que ha sido Juan Pablo II. Y le digo gracias a Dios por darnos tan gran Papa para nuestra vida, para mi vida. Y le pido la gracia necesaria para no apartar un milímetro mi fe de la fe de Pedro; para amar hasta la médula de mis huesos al Santo Padre; y para ser religioso y sacerdote, no al servicio de ideas e ideales que sean como la hierba del tejado, que por la mañana verdean y por la tarde se secan, ni de doctrinas raquíticas que estén sólo al servicio de cabezas que se amen a sí mismas por encima de cualquier otra cosa, sino para creer firmemente en Cristo Resucitado con Pedro y bajo Pedro. Esa es la fe de la Iglesia que me glorío de profesar, la fe de la que ha sido campeón excelente Juan Pablo II  Magno. 

 

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Esta mañana, a las 11, en la solemne misa que hemos ofrecido en sufragio de Juan Pablo II, he dirigido unas palabras a los fieles congregados en San Carlino en que les hacía caer en la cuenta del vínculo existente entre San Carlino y Juan Pablo II. Una historia que pocos conocen. Hoy la narro para entretenimiento de quienes lean estas líneas, y con la esperanza de que queden en la memoria de esas pequeñas grandes historias de esta Casa. Lo hago enfrente de una de las ventanas por las que se asomó Karol Wojtila al jardín de San Carlino durante los dos años que vivió en el Colegio Belga.

 

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Juan Pablo II fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946 por el arzobispo Sapieha. Dos semanas más tarde, el 15 de noviembre, abandonaba Cracovia para venir a Roma, donde debía hacer sus estudios de especialización. El 26 de noviembre se matriculaba en el Angelicum; encontró hospedaje momentáneo en la Casa de los Padres Pallottinos, en Via dei Pettinari. A finales de diciembre cambió su residencia al Colegio Belga, en Via del Quirinale, 26. El 3 de julio de 1947 obtuvo su licencia en teología, y en ese verano hizo un viaje por Europa Central. El 14 de junio de 1948 sostuvo su examen de admisión para el doctorado, y el 19 de junio afrontó la defensa de su tesis sobre La fe en San Juan de la Cruz. A primeros de julio abandonó Roma. Por tanto, Karol Wojtila vivió en el edificio contiguo a San Carlino, pared con pared, desde finales de diciembre de 1946 hasta julio de 1948.

 

No existiendo aún la concelebración eucarística, los alumnos del Colegio Belga venían a San Carlino para celebrar misa por las mañanas en los diferentes altares de la iglesia. Entre ellos, el joven Wojtila, que si bien es verdad que prefería celebrar en la próxima Sant’Andrea del Quirinale, por encontrarse en ella la tumba de su compatriota san Estanislao Kostka, también gustaba de venir a San Carlino por tener como titular a su santo Patrono, san Carlos Borromeo, tanto para celebrar la Eucaristía como para hacer oración. P. Eduardo Izaguirre (cuya estancia en San Carlino coincidió cronológicamente con la del Papa en el Colegio Belga) recuerda aún que había un sacerdote polaco del Colegio Belga que en las horas de la siesta llamaba a la portería para rezar en soledad dentro de nuestra iglesia...

 

Sobre los recuerdos de San Carlino que tenía el Santo Padre (de los que no hay demasiadas noticias), puedo citar tres detalles:

 

En una ocasión, siendo ya Papa, el Padre Teodoro Zamalloa le recordó que había sido nuestro vecino. El Papa le dijo que recordaba que cuando nuestros jóvenes frailes jugaban al frontón, le molestaban en el estudio; Padre Teodoro le dijo que también ellos nos molestaban en la siesta cuando se ponían a hablar en grupo en el patio de los Belgas.

 

También siendo Papa, cuando vino a visitar la tumba de San Estanislao, a la iglesia de Sant’Andrea, a la salida se quedó mirando a la Via del Quirinale, e hizo este comentario: “me acuerdo de esta calle, cuando iba al Angelicum, cómo se podía ver a tantos seminaristas con sus sotanas que iban a clase a las universidades, y a los trinitarios de San Carlino. Ya no se ven esas cosas”.

 

En alguna ocasión nos manifestó que se acordaba bien de nuestra Casa. Sobre todo, en el Capítulo General ampliado que hubo en el curso 1995-1996, en que el Ministro General, Consejo y asistentes fueron recibidos en audiencia privada por el Santo Padre, éste, al entrar a la sala, exclamó: I trinitari di San Carlino!

 

El cuarto recuerdo me resulta ahora borroso, y no quisiera meter la pata. Pero creo recordar que Padre Teodoro me dijo que siendo obispo vino en alguna ocasión a San Carlino; quizás a tratar algo relativo a alguna causa de beatificación, quizás a visitar la tumba del cardenal Denhoff (el héroe polaco que está sepultado en nuestra iglesia). No lo afirmo rotundamente, pero de algo me suena.

 

Para completar la noticia en su marco: San Carlino ha sido visitada, que sepamos, por los siguientes papas: durante sus respectivos pontificados,  Benedicto XIV (1742), Pío VI (1778), Pío VII (1805) y Pío IX (1868). A ellos habría que añadir  a Juan Pablo II, antes de su pontificado. Aunque lo más probable es que hayan sido algunos más. Baste pensar en la proximidad de San Carlino con el Palacio del Quirinale, residencia de los papas en verano hasta 1870. Y estoy moralmente seguro de que Juan XXIII, en sus tiempos de sacerdote en Roma, tuvo que visitar esta iglesia, dada su ferviente devoción por san Carlos Borromeo y sus paseos romanos (a los que él alude en sus escritos) hacia las iglesias dedicadas a este Santo, especialmente a San Carlos al Corso.

 

Fray Pedro Aliaga