UN TOQUE DE BONDAD

Germán Llona

Más que un toque de bondad es lo que vemos en la vida y obra de San Juan de Mata. Entre los rasgos distintivos que caracterizan su fisonomía espiritual vemos la bondad, que comprende otros aspectos como la generosidad, desprendimiento, servicialidad, abnegación,...


Anclado en la Edad Media, el hermano Juan estaba preocupado en cómo alcanzar la propia salvación. Por dos veces nos recuerda la narración anónima trinitaria: " buscaba lo que era mejor para su salvación". Sabe que uno de los medios propuestos en aquel tiempo era retirarse del mundo a la soledad para dedicarse totalmente a la propia salvación; o también atendiendo a la exhortación de las páginas del evangelio practicar generosamente las obras de misericordia, pues para el que las observaba estaba reservado el reino de los cielos. El amor activo es lo que determina al fin de cuentas si los hombres se salvan o no.


Para conocer o describir este rasgo de nuestro Santo Fundador podemos recurrir a tres medios. El primero es escuchar a aquellos personajes que le trataron por distintos motivos como fueron el Obispo de París, Eudes, el Abad de San Víctor, Absalón, el Papa Inocencio III, el Cardenal Jacobo de Vitry, y que en cortas frases pero substanciosas recogen su sentir. En segundo lugar. Leer detenidamente los artículos de su breve regla, impuestos a los hermanos con carácter de ''preceptos' alusivos a la práctica de la misericordia, que si bien son comunes a las otras órdenes misericordiosas, entre ellos se entreve su peculiaridad. Y en tercer lugar cómo en su vida de fundador se entrega a la práctica de las obras de misericordia, en especial a la redención de cautivos cristianos, recordando que quien ese entrega a esta actividad abarcaba todas las otras, como hermosamente comentaban autores del siglo XII y XIII.


Nos volvemos al primer punto. Es lo que comentaron del hermano Juan cuando comenzó a dar los primeros pasos en orden a la institución y aprobación de la Orden. Cuando éste se acerca a la Sede Apostólica en Roma, se encuentra nada menos que con Inocencio III, Papa que tuvo que habérselas con distintos y variados interlocutores que pedían su refrendo apostólico. Podían ser dulces soñadores o atrevidos y contumaces reformadores que blandían el evangelio para defender sus posturas y pretensiones y de paso atacar a la Iglesia. Otros, obedientes, sometían a la autoridad papal su propósito. Este, el Papa, no se fiaba... y buscó un recurso y procedió con cautela. Se remite a los obispos y abades para recabar más información. Esto es lo que hizo el Papa con el hermano Juan.


Conocemos las respuestas del obispo y abad. Luego el Papa las asume como propias, consignándolas en la introducción histórica de la segunda bula. ¡Qué hermosas frases! Y como era de esperar, recurren a la sagrada página que la conocían al revés y al derecho, para redactarlas. ¿Quién era el hermano Juan? ¿Qué intentaba éste? ¿Acaso beneficiarse económicamente a costa de los cautivos? ¿Cuáles eran sus avales?


De entrada reconocen que el propósito del hermano Juan 'nace de la raíz de la caridad' y 'lo que intenta ante todo es de Jesucristo' y que 'la utilidad común, las obras de misericordia, antepone a la suya propia'. Si en un momento dado de su vida buscó persistentemente su salvación, que era en aquel entonces para todo creyente la máxima preocupación, después que conoció por divina inspiración la llamada al nuevo compromiso, llevado por la caridad, se emplea con todas las fuerzas para cumplirlo. En adelante, en lugar de buscar el interés propio busca el de Cristo, en el pobre cautivo, para que la fe cristiana que fue prometida en el bautismo no sea perdida. Y sacrifica el propio interés, pues los exeas o alfaqueques lo pretendían en el desempeño de su actividad redentora,... E Inocencio rubricó en la bula lo que afirmaban los dos preclaros personajes con esta afirmación: " Está claro que deseáis más el interés de Cristo que el vuestro". Su vida, su obra, la orden con su economía y religiosos buscan a Cristo en los hermanos, sacrificando por ellos, todo. Esto mismo vuelve a repetir, unos años más tarde, en otra bula, Inocencio III: "En nuestros días, en que por la prepotencia de las pasiones... se enfría la caridad de muchos, algunos, se refiere al hermano Juan y sus primeros acompañantes,... abandonando para Dios cuanto poseen, y buscando lo que es de Jesucristo... se someten a servicio de Dios, atendiendo a las obras de caridad"


También tenemos el testimonio de un personaje preclaro de aquel tiempo: del cardenal Jacobo de Vitry, que escribió historias, cartas, sermones... Un hombre inquieto y observador crítico de cuantos movimientos religiosos aparecían en la palestra de la Iglesia. Se le considera como uno de los finos críticos de la vida de los canónigos y monjes de su tiempo, aunque no de las órdenes militares, que va al fondo de las cuestiones y sabe recoger lo propio y específico de cada institución, y por sus largos viajes, describió muy matizadamente el mundo religioso variopinto del tiempo que le tocó vivir: siglos XII y XIII. También fijó su atención en la naciente institución trinitaria. Conoció la orden, la regla, las obras y a alguno de los religiosos. Inexplicablemente habla de la institución, mas no del fundador. ¿A qué fue debido? Pero la reflexión encomiástica que hace de la orden trinitaria, bien se puede aplicar, en primer lugar y sobre todo, a nuestro fundador. He aquí parte de su testimonio a favor de los frailes trinitarios: después de hacer un esbozo sobre las obras de misericordia y cómo reservar una parte para la redención de cautivos y otra parte para el ejercicio de las obras de misericordia, hace esta reflexión: " Así, con esta amplitud de la caridad y abundancia de piedad se han convertido los hermanos de la Orden de la Santa Trinidad, en espejo y ejemplo a imitar para muchos frailes regulares, avaros, miedosos y desconfiados, ansiosos siempre y preocupados del mañana, sobrecargados por los cuidados de este mundo, que repiten en su corazón: 'qué comeremos y qué beberemos y con qué nos cubriremos'... Gente así, de poco espíritu y religiosos de nombre falso, lánguidos en la fe, y vacilantes de las promesas divinas, temen entregarse al Señor..., y tienen las manos extendidas para recibir y recogidas y corvas para retener".


De esta forma el Cardenal Vitry destaca la generosidad, amplitud, ejemplaridad de los hermanos trinitarios, contraponiendo al egoísmo, avaricia y preocupación de instituciones religiosas. Y el que está animado, empujando estas obras de caridad y misericordia no es otro que el hermano Juan de Mata, quien vivió personalmente y transmitió a su vez este empeño a la Orden, a los hermanos trinitarios.

Pero es sobre todo, en el campo de la redención de cautivos donde el hermano Juan de Mata ejerce heroicamente el amor a los hermanos.
Mientras desempeñaba en París como ‘Maestro Teólogo’ en las escuelas generales de Notre-Dame, “uno de los veinte doctores en teología, que había en toda la cristiandad”, en su intención abrigaba una inquietud “, cómo salvar su alma”.


La respuesta era clara y tajante: “ingresar en una orden” que para el hombre medieval, constituye la forma más segura y natural. Así habían hecho otros renombrados maestros. Por eso, insistentemente elevaba al Señor plegarias, incluso, en la celebración de su primera misa. Y Dios, a su modo y manera, escucha su voz. No solo debía ingresar en la vida religiosa, sino que debía instaurar en la cristiandad una institución del cual sería el fundador, y que debía atender, socorrer, remediar una grave necesidad sentida en la sociedad: traer a los cautivos a tierra de cristianos, redimiéndolos.


Y precisamente éste era otro de los medios que el evangelio, como la piedad popular, recomendaban. Así lo atestiguaba uno de los benefactores: “El que desea tener alguna parte o sociedad en la eterna bienaventuranza, no es de extrañar que de los bienes que posee al presente haga partícipes a los pobres...” o también recordaba un obispo, colaborador del Fundador, a sus feligreses: “Entre las numerosas obras de caridad y misericordia con que se alcanza el reino eterno, Dios... recomienda de modo muy particular la redención de los cautivos”.


Así el hermano Juan se situaba en el camino de la vida religiosa y en la práctica de las obras de misericordia para alcanzar la vida eterna. Y en este propósito se comprometió con todas sus fuerzas. El mismo, sin demora, cuando las condiciones de la naturaleza le permiten, encabezaba la primera expedición redentora y para que la obra iniciada cuente con un respaldo grande, se hace con una carta de recomendación del Papa Inocencio III, “el augusto del pontificado” para el Miramamolín. El mismo decreta en su regla, para contar con un fondo económico permanente, que una tercera parte de todos lo bienes que lleguen lícitamente a las arcas de la comunidad se reserve puntualmente para la redención de cautivos. Era consciente que esta obra de caridad exigía dinero. Antes, otras instituciones habían reparado en este hecho, y habían arbitrado algunas normas como: “todo aquello que los freyles, con ayuda de Dios, ganaren a los moros por sus personas, lo den con gran caridad para sacar cautivos...”


El hermano Juan entendió que su institución no era de carácter militar o cosa parecida, sino que estaba impulsado por un amor grande al cautivo cristiano, a quien había que sacar de los fierros para salvaguardar su fe, pagando el precio razonable. Las razzias quedaban para las órdenes militares. E incluso, su obra estaba totalmente desprovista de todo interés personal o económico. No buscaba como los exeas o alfaqueques lucrarse económicamente cobrando un 10 por ciento, o mucho más, por redimir cautivos. Esto que afirma de una manera general el arzobispo Juhel de la Orden Trinitaria, en especial y personalmente debemos aplicar al hermano Juan: “no solo entrega sus cosas, sus bienes... sino que se entrega a sí mismo para el rescate de cautivos”.


Esta obra era tan preciosa y extensa que abarcaba al mismo tiempo otros campos de misericordia: “el que libra a alguno de la captividad... éste da a comer al hambriento, e da a bever al sediento, e viste al desnudo, e visita aquel que iaze en la cárcel ¿Qué ha más fambre o más sed que aquel que es en poder de moros?”.


Desgraciadamente no disponemos una biografía contemporánea que recoja los rasgos más relevantes de su personalidad espiritual. Así y todo, escuchando a los personajes de su tiempo, leyendo los artículos de su regla, y por la obra de la redención de cautivos podemos concluir que era un hombre lleno de generosidad y de caridad.