B. S. SS. T.

 

TRES HOMILIAS PARA PREPARAR LA FIESTA DE

SAN JUAN BAUTISTA DE LA CONCEPCION

-        11, 12 Y 13 DE FEBRERO DE 2003 -

 Juan Manuel Ruiz

 

o      P O R  C R I S T O,

o      E N  E L  E S P I R I T U,

o      A L  P A D R E,

 

PARA SERVIR A CAUTIVOS, POBRES, ENFERMOS Y

PECADORES.

Trisagio de preparación

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- I -

POR CRISTO

 

Esta homilía está inspirada en  Memoria de los orígenes de la Descalcez Trinitaria, Obras Completas de San Juan Bautista de la Concepción, BAC, Madrid 1997, t. II, 25-536.

 

RAZON DE SER DE UNOS ESCRITOS: El año 1604 Juan Bautista de la Concepción comienza a escribir la  historia de la reforma trinitaria y, para ser fiel a su sentir profundo, confiesa que inicia la obra escrita sólo porque quiere que el Señor Jesús sea conocido y amado. En este momento de su existencia Cristo era el centro de su vida. Pero hay una historia previa.

HASTA CONVERTIRSE A LA CAUSA DE CRISTO: El año 1580, tenía 19 años, ingresa en la Orden Trinitaria, en Toledo; sus primeros comienzos en la vida religiosa se caracterizan por su “mirada amorosa” al Cristo paciente del Evangelio.

            Estudia cuatro cursos de Teología en la Universidad de Alcalá de Henares. El estudio y los conocimientos de la Palabra de Dios fue para él un fuego ardiente “donde zambulle y quema su vida y palabra”; cada día el joven trinitario transmite ejemplarmente “el buen olor de Cristo”.

            Los primeros años de sacerdocio  ejerce el ministerio de la predicación. El se pregunta: “¿No predicamos a Cristo desnudo en una cruz? Sí, por cierto”. Y añade: Bien es verdad que cuanto hay en el mundo…”todo se ha hecho por El y para El, y que es bien todo le rinda vasallaje y descubra la grandeza de Dios”. Cristo es el centro de su predicación.

            El año 1596, próximo a los 35 años, es el año de su conversión a la causa de la renovación de la Orden Trinitaria en España. Juan confiesa que esta opción fue obra de la misericordia de Jesús: “Mi buen Jesús que cuando quiere usar de  misericordias grandes sabe muy bien llevar el agua a su molino…, con estas misericordias, movido su Majestad, dio traza en engañarme para que hiciese lo que a El y a mí más conviene”.

RELIGIOSO RECOLETO: Religiosos recoletos eran entonces los consagrados que se retiraban a unas comunidades de más recogimiento, mayor austeridad y oración profunda. La primera noche que, como recoleto, Juan Bautista pasa en Valdepeñas, sueña que se siente crucificar con Cristo. Le causó tal impresión el sueño que, años después, de su corazón brotaba esta oración: “Oh buen Dios de mi alma! Que no me aparte de ti y de tu cruz, que la quiero y estimo y da más gustos que los tesoros del mundo”. Como recoleto el Reformador experimenta una ley fundamental del seguimiento de Cristo Redentor: Que la cruz de Cristo, por una parte es humillación y dolor en el hombre y, por otra, plenitud y gozo en Dios. Es la dinámica del misterio pascual: muerte y resurrección. Cruz y gozo se entremezclan en la historia de nuestro santo.

EL HOMBRE DE LA REFORMA: El santo quiere encarnar el carisma de Juan de Mata en línea con el estilo de las reformas que surgen en España los años siguientes al Concilio de Trento. En este empeño, con una historia de tramas y dificultades en Roma, se siente confortado  con la presencia de Cristo. Su vida puede discurrir por dos caminos: el laborioso de la reforma o el camino de la quietud en Roma, Juan Bautista no lo duda: Tan identificado se siente con el misterio de Cristo Redentor que al instante se abrazó a “la vida de los trabajos” por no querer en esta vida honra, ni gloria, sino padecer por amor de Cristo. Recordando la pasión sufrida en Roma, por experiencia escribe: “El amor de más quilates será aquel que más unido esté a  Cristo.”.

RECLUTADOR DE VOCACIONES, SUPERIOR, SERVIDOR DE TODOS: De 1599 a 1605 son años de intensa labor como reclutador de vocaciones y fundador de conventos. Fueron años tan difíciles que el santo llegó a decir: “ Me parece traía a todo el infierno sobre mí…Contentábame con solo padecer”. De 1605 a 1608 ejerce el ministerio de la autoridad como ministro provincial de la primera provincia de la Reforma. El nuevo ministro asume su servicio con conciencia clara de que el superior es servidor y ministro a semejanza de Cristo.

LA CRUZ HASTA LA MUERTE: Los cinco últimos años de su vida, murió en 1613, son para el Reformador años de desencantos, de persecuciones, de destierro, de desprecio. Juan no pierde el timón de su vida. Cada día  se aferra más a la convicción de toda su vida: “Buscar a solo Cristo y en El poner su corazón y no en los hombres”. El mismo  resume todo lo que ha vivido en la reforma trinitaria: Cristo, muerto y glorioso, es principio y fin de toda obra cristiana y de toda obra de santificación.

MENSAJE PARA NOSOTROS: Dice un autor moderno que para insertarse en la vida y en la misión de Jesús hay que vivir las actitudes y el espíritu del Señor en Nazaret, en la vida pública y en la pasión. Es lo que realizó precisamente S. Juan Bautista de la Concepción. Nazaret: Etapa de humildad, de madurez humana y espiritual que permite  tomar opciones firmes. Es la vida de Juan Bautista hasta la opción por la reforma. Vida  pública: La inserción en la vida pública como seguimiento nos descubre, admirando, primero, la figura de Jesús y su enseñanza, experimentando, luego, al Nazareno con el corazón para entrar  en relación de amistad y afecto; y seguirle, luego,  en la fe. La fidelidad predomina sobre el fervor sentido. Juan Bautista ha recorrido todos estos pasos. Pregunta para mí: ¿Dónde me encuentro yo? Pasión de Cristo: Inserción redentora en la pasión de Cristo en doble sentido: - en cuanto la Pasión de Cristo significa solidaridad de amistad y misericordia con la opresión del pobre, con la violación de su dignidad; -y en cuanto participación en el fondo del espíritu de Cristo. ¿Qué significa esto? Solidario con los pecadores en el misterioso abandono de su muerte, Jesús abrió para ellos horizontes de la resurrección y de la vida nueva, y se constituyó en su única esperanza. Así leyó y vivió Juan Bautista la historia de la Reforma hasta su muerte

PASO A LA EUCARISTIA: El Espíritu hace presente la vida toda de Cristo en la mesa de la Palabra y del Pan. Un regalo de Dios Trinidad para acrecentar y madurar nuestra opción por el Señor Jesús, para que El, muerto y resucitado, sea para nosotros, como lo fue para Juan Bautista, principio y fin de nuestro ser y hacer cristiano.

   

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- II -

EN EL ESPIRITU

 

UNA AUTENTICA GOZADA: Sí, auténtica gozada es leer las páginas que San Juan Bautista consagra a describir la acción del Espíritu en los bautizados. Dada la viveza que tiene el santo en sus escritos, prefiero seguir, cronológicamente su biografía y sus escritos.

EN LOS COMIENZOS DE SUS ESCRITOS (1604): Juan Bautista tiene conciencia, desde los inicios  de la recolección , de que el Espíritu es el que crea y renueva todas las cosas. El Espíritu obra creando y vivificando lo muerto por los hombres (misterio pascual): presencia en la recolección, en la reformas y en las fundaciones hechas hasta entonces. El Espíritu, expresión de la fuerza de Dios, transforma el modo humano de las personas para que reflejen mejor en su vida las obras de Cristo.. El Espíritu divino conforma nuestra voluntad con la del Padre a la medida de Cristo. Y para que progresemos en el seguimiento del Señor, el Espíritu siempre está presente, suscitando, mejorando, sosteniendo y fortaleciendo. San Juan Bautista valora como obra de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad la iniciación cristiana, la maduración y la opción por Cristo.

            Una buena pregunta: ¿Soy consciente de la acción del Espíritu en mi vivencia de la fe cristiana?

MADURAR EN EL ESPIRITU: Cuando Juan Bautista reflexiona sobre todo lo que vivió en Roma, es cierto, como vimos ayer, que se ve crucificado con Cristo, pero también lleno del Espíritu. Y esto le ha hecho comprender que el amor divino se da en este mundo mezclado con cruz, pero es también un fuego que consuela, que salva al hombre.

            Es importante observar cómo el Espíritu madura la opción cristiana,  en el caso de Juan Bautista opción por la reforma trinitaria. Quien goza de la presencia del Espíritu, también ha de padecer la ausencia de El (quien más goza de la presencia de la persona amada más padece su ausencia).  Esto ocurre en diversas situaciones de la vida:  experiencia de Dios y actividad liberadora; contemplación interior y entrega a la acción evangelizadora. ¿Qué quiere decir esto? Que hay tiempo en que sentimos la presencia del Espíritu gozosamente y nos sentimos movidos por El en proyectos y realizaciones. Pero hay también tiempos de sequedad, de no sentirnos unidos a El. El cristiano tiene siempre la compañía del Espíritu en lo más profundo de su ser, pero a veces no lo siente gozosamente en el obrar.

            ¿Por qué esto? Porque el Espíritu Santo, como comunicación y presencia de la ternura y de la fuerza del Padre, está siempre con el hombre, pero no de la misma manera. La unión `perfectas será en el cielo, los que vivimos aquí, en la tierra, podemos acercarnos, poco a poco, a esta unión.

            Y esto a nosotros, ¿qué? Pues, aunque nos parezca altísima mística, esto tiene un mensaje importante para vivir la fe en nuestro tiempo: Tenemos que vivir nuestra relación con Dios Trinidad de una forma mucho más personal.  Nuestra comunicación con Dios Padre, por Jesús, en el Espíritu, debe ser, sobre todo, una relación amorosa, comunicativa, gratuita, con Alguien que está, en frase de Santo Tomás de Aquino, más presente en nosotros que nosotros mismos.

            Cinco años más tarde, en 1611, profundizando en este tema, Juan Bautista expone lo mismo con otro símil tomado del Cantar de los Cantares: el beso de boca. La boca del Padre es el Hijo, el Padre eternamente besa al Hijo, amándole y siendo de El amado. El Espíritu Santo es el beso. El Padre besa, el Hijo es besado y el Espíritu Santo es el beso. Interesa este símil para darnos cuenta de cómo el Reformador vivió vitalmente la comunión con la Santa Trinidad. Escuchad cómo aplica esta comunión de amor a nuestra condición de hombres encarnados. No podemos aspirar al beso en la boca de Dios, es cosa de los bienaventurados. ¿Qué entendemos por beso aquí? Aquí beso llamamos el vivir y actuar según la voluntad del Padre. Y a El le pedimos el beso dado por tercera persona, es decir, el del Espíritu Santo, que es Paráclito, es decir, consolador y da paz y contento en las situaciones difíciles que se nos presentan en el seguimiento del Crucificado.

LOS DONES DEL ESPÌRITU SANTO: Siguiendo la tradición cristiana de aquel tiempo, nuestro Santo concibe los dones del Espíritu como iluminaciones especiales en orden al crecimiento de la fe  y como mociones íntimas en orden a la comunión con Dios Trinidad y con los hombres como hermanos. Lo dice expresamente así siendo superior provincial: los dones se nos dan para comunicarnos con los hermanos.

            Puedo preguntarme ahora yo: ¿Cómo vivo los dones y gracias que me regala el Espíritu Santos? ¿Los pongo al servicio de los hermanos de la comunidad cristiana y de la sociedad?

LA EXPERIENCIA DEL ESPIRITU EN 1608: (Este  punto y el siguiente, pueden ser no expuestos a juicio del presidente de la celebración). El año 1608 fue muy duro para el Reformador. Era el último año de su ministerio como ministro provincial. La situación fue tensa: - los religiosos le ven como perdido entre tanto afán de nuevas fundaciones con los consiguientes trabajos: viajes, dificultades eclesiales y civiles; - los de afuera desconfían del ritmo que está imprimiendo en la reforma: vocaciones numerosas y fundaciones; - unos y otros consiguen del Nuncio del Vaticano en Madrid que envíe un visitador a la Provincia reformada (marzo-julio, 1608).

            En esta situación, ¿cómo se siente y se sitúa Juan Bautista? Fuerte y seguro en la obra de la Reforma (en el “qué”), pero muy inseguro en lo que él llama  “medio ejecutivo de la obra” (el “cómo”): la actividad práctica de la Reforma.

            Reacción del santo: El mal de ausencia –la cruz de cada día-  le configura más fuertemente con Cristo. Y, a la vez, esta inserción  en Jesús le hace más receptivo a la presencia del Espíritu Santo, que el sostiene en la fe y en la esperanza de Cristo, donde están todos los tesoros del Padre. Desde el Espíritu se aferra a vivir en Cristo donde no hay pecado y sí que hay entrega  al amor. El Consolador le fortalece en la actividad, le ilumina y le orienta, en esperanza, hacia la luz eterna.

LOS ULTIMOS AÑOS DEL SANTO ESTAN LLENOS DE VIVENCIAS DEL ESPIRITU EN CRUZ: De 1608 a 1613 yo diría que son los años duros del hombre “fracasado”: olvidado, perseguido y desterrado.. Pues bien, en esta situación es donde Juan vive con más intensidad la comunión con las Personas divinas de la Santísima Trinidad. Mediante la acción del Espíritu Santo, explicita mejor la acción de Dios Trinidad  en la historia de la salvación y vive con más hondura su inserción en el misterio pascual de Cristo. Concretizo lo dicho en algunos detalles:

-         el dinamismo de su fe que supera todos los obstáculos (fueron muchos y dolorosos);

-         el fuego que le empuja hacia delante, a pesar prohibiciones y de persecuciones;

-         su forma de hablar y de escribir: con más madurez y fuerza interior;

-         une en la misma fe a evangelizadores y a evangelizados;

En todo se palpa el Espíritu que configura a Juan Bautista  con Cristo para aproximarle a Dios Padre mediante el servicio a los hombres.

EL GRAN DESCONOCIDO: Y ahora me pregunto: ¿Qué lugar ocupa el Espíritu Santo en mi vida, como discípulo de Jesús? Repaso mi vida litúrgica y mi oración; ¿cómo vivo la lectura de la Palabra de Dios?; ¿cómo entiendo mi comunión en la comunidad cristiana?; ¿cómo vivo desde el Espíritu la misión de la Iglesia como signo e instrumento del Reinado del Padre?. Observación: No nos referimos a presencia del Espíritu que dé como resultado espiritualidades intimistas de gozos pseudo-espirituales. Sugerimos una presencia vivida y sentida en  cruz, es decir, en el servicio y entrega a los demás hasta la muerte.

PASO A LA EUCARISTIA: Buena ocasión para tomar conciencia de las dos invocaciones que hacemos en la Plegaria Eucarística. Pedimos al Padre, en la primera, que nos envíe el Espíritu  para que, con su fuerza, transforme el pan y el vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, en actitud de víctima (sacrificio); y en la segunda,, después del memorial, suplicamos que el Paráclito llene nuestras vida de caridad evangélica para dar la vida a favor del pobre y del excluido. ¿Cómo vivo yo esta presencia del Espíritu en la Misa?

 

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- III -

AL PADRE

 

POR LA FE CAMINAMOS, EN UNION CON CRISTO, HACIA EL PADRE: Por la fe viva, dice San Juan Bautista de la Concepción, nace Cristo en el creyente.  Ella nos une al estilo de vida del Cristo histórico para construir el Reinado del Padre. Todo esto se realiza en nosotros, en cuanto, por la fe, nos insertamos en Cristo paciente, que se da al cristiano en trabajos y cruz.

CRISTO, CREIDO POR LA FE, ES CAMINO HACIA EL PADRE: La fe es donación, es intimidad entre Dios y el hombre. Por la fe todo hombre, consciente y libre, es movido suavemente a la armonía con Dios. Y aquí la iniciativa la tiene el Padre. Sin comunicación de Dios no tiene sentido hablar de presencia divina en el creyente. Esta fe, como comunicación del ser divino, es un gran don que se recibe del Padre en el Espíritu. Por eso recibir la fe, en el seno de la comunidad creyente, es un gran don de Cristo; acogerlo y esforzarse por vivir según el Evangelio, es una bienaventuranza. Todo esto hay que entenderlo y vivirlo desde la comunión entre Dios y el hombre, el diálogo entre la acción primera de Dios y la respuesta del hombre.

EN FE Y EN VISION: Una y otra vez repite el Reformador que todo Dios se dona al alma de dos  maneras: en fe y en visión (bienaventurados). La donación por Cristo en el Espíritu es íntima y total tanto en fe como en visión. La razón de la diferencia está en nuestra condición humana. Para aclararlo Juan Bautista pone estos dos ejemplos:

-         luz de la fe:        como una fruta dura con cáscara;

                         el esposo que habla por papel y escrito;

      -    luz de la visión:  como la fruta sin cáscara;

                                     el esposo habla directamente, sin mediaciones.

            Cuando el año 1609 Juan Bautista trata del tema del conocimiento sobrenatural, dice que el cristiano vive la fe como donación íntima y profunda del mismo Dios. Es Cristo que viene a salvar. Llegado a esta situación, al hombre no le queda otra salida que responder: se acepta o se rechaza. De forma negativa lo expresa así: La ausencia de la fe supone una conversión a lo mundano; y es vacío, tinieblas de pecado, inquietud y perturbación; es dar  de lado a la fuente de la vida y dejarse aprisionar por un horizonte sin futuro.

CITA DE UN TEOLOGO DE LA TEOLOGIA DE LA LIBERACION: Un texto de un teólogo de la teología de la liberación puede ser un buen comentario a lo vivido y escrito por el santo manchego. Dice así: “La referencia a Jesús como la “puerta” de Dios Trinidad es unánime; la devoción a la humanidad de Cristo está siempre presente (sin ella no hay identidad cristiana), como camino que lleva a la relación con el amor de Dios Padre, o a la experiencia del Espíritu, o a veces a la devoción a la Trinidad como tal. Con todo, en opinión del teólogo, los místicos más asequibles y “populares” son los más “cristológicos”.

ESPERANZA: La posesión de Dios abre los senos y ensancha los corazones al considerar que tienen a Dios, que El solo es hartura y remedio. El Santo sabía mucho, por experiencia, de desconfianza, de desesperación; tenía conciencia muy clara de que el hombre, bloqueado en sí mismo, queda incapacitado para las obras de Dios. Pero de experiencia también hablaba, cuando escribía: “Ea, mis hermanos, ruego por Cristo crucificado, que nadie desconfíe en las obras de Dios que una vez empezare”. ¿Por qué? Porque Dios nunca falla. Por eso Juan Bautista es un hombre con esperanza para afrontar todas las “cruces” de su vida. La búsqueda de Dios procede de haber vivido, por fe, la presencia salvadora de Cristo. La energía de la esperanza requiere un ardiente amor a Dios. Por eso, cuando Juan Bautista habla de la caridad, inmediatamente alude a la comunión más profunda de Cristo con el hombre, como base de la esperanza. En Cristo, nuestro santo vive la comunión con Dios, como gratuidad, como amistad, intimidad, esperanza y caridad. Son expresiones de la misma realidad: la amistad personal con Dios Padre.

AMOR DE AMISTAD: El Reformador ha escrito que la perfección cristiana consiste en la caridad. “Si han de ser perfectos, han de morir del todo los sentido y sólo la caridad ha de estar encendida...”. Enumera la caridad entre las obras de fortaleza que suponen más comunión con Dios. Los actos de caridad son más agradables a Dios que altas contemplaciones. Cuando quiere que en su Reforma se traten los religiosos como hermanos, lo justifica diciendo que en el trato de “hermano” y de  “su caridad” se refleja el nombre de Dios en su inmenso amor a los hombres y que es muy conforme a la caridad evangélica de la regla de San Juan de Mata: “Grande excelencia es de esta sagrada religión traer siempre en la boca este nombre de caridad”. En sus escritos el santo trinitario pone de manifiesto la profundidad de la caridad, como base de  su obra  de la reforma trinitaria. Sintetizo a sí su pensamiento: Siguiendo el Evangelio, el amor cristiano sacrifica todo por servir a la voluntad de Dios, manifestada en Cristo, en favor de los hombres. Para Juan Bautista el desarrollo de la verdadera amistad del hombre con Dios está en ahondar sin límites, poniéndose a disposición del querer del Amado y en trabajar por su causa, que se nos manifiesta en Cristo, Hijo del Padre y emisor del Espíritu de amor. Conforme a esta enseñanza, la reforma trinitaria se movió dentro de un gran amor a la Iglesia; para el santo la Iglesia es un gran don de Cristo en el Espíritu, y sólo pretende con su trabajo renovador que los cristianos, en especial los religiosos trinitarios, se conviertan más profundamente al Evangelio.

PASO A LA EUCARISTIA: Los sacramentos cristianos son celebraciones festivas del encuentro de amistad de Dios con el hombre. Pero ningún sacramento lo celebra de una forma tan profunda y expresiva como la Eucaristía. Después de hacer memoria de la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, invocamos al Espíritu para que nos llene de caridad, que nos una en amistad con el Padre y ponga nuestras vidas al servicio de la evangelización.