Domingo V (b) Tiempo Ordinario

Job 7,1-4.6-7; Sal 146; 1 Cor 9,16-19.22-23; Mc 1,29-39

José María de Miguel OSST

Predicar y sanar

 

La Palabra de Dios que hemos escuchado contiene un doble mensaje: por una parte se nos invita a anunciar el Evangelio, como hacía el mismo Jesús y su apóstol Pablo. Por otra parte, el anuncio de la Buena Noticia debe ir acompañado de obras que pongan de manifiesto la fuerza salvadora del Evangelio. Jesús predicaba y curaba; Pablo anunciaba el Evangelio haciéndose todo para todos, sirviendo a todos, poniéndose a disposición de todos.  El Apóstol confiesa que no puede menos de predicar el Evangelio, afirma que no tiene más remedio, pero no lo hace por interés, la única razón es que está plenamente poseído por la grandeza y belleza del mensaje que se le ha confiado sin ningún mérito de su parte, pues era un perseguidor de los cristianos antes de que Jesús le saliera al encuentro en el camino de Damasco.  Como él, también nosotros estamos llamados a comunicar a los demás la Buena Noticia que hemos recibido gratuitamente, pero acompañando nuestra palabra con el testimonio de la vida, es decir, con obras de amor que ayuden a los demás a percibir la verdad y bondad de lo que creemos y anunciamos.

1. "Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios". Este es uno de los gestos más característicos y representativos de la actividad de Jesús: su relación con los enfermos. El Señor se acerca a ellos porque son los que más necesitan de su salvación. Pues como dice el Catecismo, "en la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte"(n. 1500). Es la experiencia de Job que pone de relieve la fugacidad de la vida y el peso de la enfermedad: "Mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza. Recuerdo que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha". Contra este callejón sin salida lucha Jesús, pues lo que él anuncia y trae es la salvación de toda forma de mal, de dolor, de pecado y de muerte. Salvación que no es algo que afecta y alcanza únicamente al alma, sino a todo el hombre, a la persona entera, también a su cuerpo. Por eso, Jesús cura las enfermedades como un signo de la presencia del amor redentor del Padre bueno que se hace visible y tangible en los milagros del Señor: es la bondad sin medida del Padre la que Cristo quiere revelarnos cuando devuelve la salud a los enfermos que acuden a él. El evangelio interpreta estas curaciones como una victoria sobre el poder del mal, que, en algunos casos, parece poseer al hombre entero. Por eso, Jesús expulsa demonios, para indicar que la salvación que él ofrece es una liberación completa de todo lo que al hombre lo mantiene en una situación de nosalvación, sea en su cuerpo o sea en su espíritu. Esto lo percibían bien aquellos hombres que seguían y buscaban a Jesús por todas partes, para presentarle todas sus miserias, para que él los sanara de todos sus males. La curación de enfermos es un signo de la presencia del Reino de Dios operando en la historia, en medio de aquellas gentes; la recuperación de la salud por la palabra poderosa del Señor es ya una anticipación de lo que será la vida plena en el Reino que Jesús anuncia y ofrece generosamente a todos.

2. La predilección del Señor por los enfermos, predilección que llega hasta la identificación con ellos: "estuve enfermo y me visitasteis", es una señal y un ejemplo para todos los discípulos, un estímulo para que también nosotros actualicemos hoy lo que Jesús hizo en su tiempo: hacer presente el Reino de Dios preocupándonos y acudiendo en ayuda de los que están marcados por la enfermedad. Porque ser cristiano, ser discípulo de Jesús es comprometerse a vivir y actuar como él vivió y actuó. En todo tiempo esta memoria de la acción de Cristo debería conmovernos en lo más profundo del corazón para acercarnos a él y actuar como él. Jesús se retiraba a orar, pero después de haber atendido a la multitud de enfermos que pedían su ayuda. Nosotros venimos los domingos a la iglesia, pero este gesto de amor a Dios tiene que completarse con un compromiso de amor al hermano, de solicitud hacia los que sufren la cruz de la enfermedad, el abandono o de la soledad. Esto es anunciar con hechos, de manera práctica y eficaz, la buena noticia del Reino de Dios, la salvación que él contiene y que con nuestra colaboración se va abriendo paso allí donde todo son tinieblas por falta de amor, por indiferencia hacia el hermano sufriente, por egoísmo que nos encierra en nosotros mismos.

3. Según el Evangelio, los enfermos y pobres se agolpaban a la puerta de Jesús para recibir de él la curación de sus males, y él los atendía con amor. Aquel gesto lo continúa hoy el Señor a través de sus discípulos que cuidan con amor de los enfermos. Y lo mismo que Jesús anunciaba el Reino de Dios con su caridad y su oración, vendando los corazones destrozados y sanando sus heridas, así también nosotros colaboraremos en la implantación de este Reino de amor que Dios quiere para todos los hombres, con nuestra caridad fraterna y nuestra oración. Y, recordando lo que nos ha dicho san Pablo, todo esto lo hacemos por el Evangelio, para participar nosotros también de sus bienes, es decir, lo hacemos por amor a Cristo que se ha querido identificar con los que sufren. Y Cristo nos devuelve el amor que le demostramos en los enfermos con el suyo más grande: amando somos amados.

Que el Pan de Cristo que vamos a compartir en esta Eucaristía sea signo verdadero de nuestro amor a los hermanos que sufren.