EPIFANIA DEL SEÑOR
- 1 -
José
María de Miguel
En
el prólogo del evangelio de san Juan que leíamos el domingo pasado, aparece
esta frase terrible: "Vino a su
casa, y los suyos no le recibieron". Pues esta misma sensación de
dolorido y penoso desconcierto nos invade hoy al escuchar el texto evangélico
donde san Mateo nos narra el episodio de los Magos de Oriente. Ambos
evangelistas, cada uno a su modo, nos transmiten una experiencia histórica
profundamente triste: el pueblo de Israel, aquel pueblo elegido por Dios entre
todos los pueblos de la tierra para establecer con él un pacto de amistad
perpetua, para derramar sobre él la gracia de su misericordia y de su amor;
este pueblo, que recibió de Dios la palabra, las promesas y la bendición de
Dios todopoderoso, no quiso saber nada de él cuando, al llegar la plenitud de
los tiempos, "envió Dios a su Hijo,
nacido de una mujer para que recibiéramos el ser hijos por adopción".
Israel no quiso reconocer en Jesús, nacido en la debilidad de nuestra carne,
nacido en la pobreza de Belén, al Hijo del Eterno Padre. Se nos descubre aquí
en toda su crudeza el misterio de la ingratitud humana. Por una parte, contemplamos la infinita ternura de Dios inclinado
por amor hacia su criatura, hacia nosotros; contemplamos a Cristo que se despoja
de su condición divina para asumir la nuestra, para pasarnos así su misma
vida, de él a nosotros, la suya en la nuestra. Este es el admirable intercambio
que celebramos en el misterio de navidad.
Por otro lado, ante esta increíble oferta
de amor y de amistad que Dios nos hace en su Hijo hecho hombre, aquellos que se
han beneficiado más ampliamente de la protección y de la misericordia divina,
responden planeando la muerte del Niño Jesús recién nacido, o permitiendo que
el Hijo del Altísimo naciese a la intemperie, en el abandono y desinterés de
los hombres. Paradójicamente, aquellos que estaban más acostumbrados al trato
con Dios, que parecía que de Dios lo sabían todo, no son capaces de reconocer
en Jesús-Niño al Hijo del Eterno Padre; aquellos
sabios de la religión no supieron adorar a Dios tal como él quiso ser adorado:
no en el poderío y la gloria mundana, sino en la impotencia y debilidad de un
Niño pobre y desvalido. Sólo los Magos, gentes de otros pueblos, supieron
reconocer en ese Niño recostado en un pesebre al Hijo del Altísimo. 'Vieron su
estrella y se pusieron en camino para adorarlo'. Es una forma de decir lo que
aconteció históricamente: el resplandor de la luz de Cristo cegó a los judíos
que no supieron ni quisieron abrirse a la gracia que Dios les ofrecía a ellos
los primeros en el nacimiento del Mesías; en cambio, esa misma luz de Cristo
iluminó las tinieblas de los pueblos paganos, que no conocían al Dios vivo y
verdadero. Los paganos acogieron a Cristo, creyeron en él y lo adoraron como a
Dios; sin embargo, los judíos, conocedores de Dios y de las Escrituras, no sólo
lo rechazaron, sino que intentaron desde el principio quitárselo de enmedio.
Pues
esta misma situación parece repetirse también hoy: pueblos que durante
siglos han vivido guiados por la luz de la fe cristiana, ahora le dan la
espalda, ya no quieren saber más de él. Por el contrario, gentes que jamás
antes habían oído hablar de Cristo se acercan con amor a él para adorarlo
como a su único Dios y Señor. Los cristianos de toda la vida sienten dificultad
para confesar a Cristo Hijo del Padre, precisamente porque la luz de la fe
apenas alumbra ya la propia existencia personal, familiar y social.
Por
eso, en esta fiesta de la manifestación del Señor a los Magos de Oriente y en
ellos a todos los pueblos paganos, dentro de la alegría propia de la Navidad,
se nos advierte severamente que sólo si nos ponemos de nuevo en camino, es
decir, si nos dejamos guiar por la luz de la fe, seremos capaces de reconocer en
este Niño, más allá de todo folclore, al Hijo de Dios; nuestro pueblo,
nosotros mismos, necesitamos de una nueva evangelización, nos hace falta un
contacto nuevo y vivo con Dios, tenemos que romper con la rutina de una
religiosidad poco comprometida, demasiado artificial. Necesitamos ponernos de
nuevo en camino, como los Magos, al encuentro con el Señor para ofrecerle los
dones más preciosos que él mismo nos ha dado: la fe, la esperanza y la
caridad. Que este sea para todos nosotros el mejor regalo de reyes: "Concede, Señor, a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un
día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria". Amén.
EPIFANIA DEL SEÑOR
- 2 -
Hoy
celebramos la revelación del misterio que no había sido manifestado a los
hombres en otros tiempos, a saber, "que
también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes
de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio". El plan de Dios
respecto de nosotros es, desde siempre, desde toda la eternidad, darnos
participación en su vida divina: nos ha creado para él, es decir, para
comunicarnos su vida divina, para hacernos felices, para llenarnos de gozo sin
sombra de pena ni acabamiento. Este plan primero se vino abajo cuando los hombres,
en el principio, no quisieron acoger la invitación a vivir en amistad con Dios.
Pero Dios no se dio por vencido, no aceptó que su creación se viera abocada a
la ruina y al fracaso, por eso eligió a un pueblo en la persona de Abrahán, y
más tarde de Moisés, para llevar adelante su plan de salvación: por medio de
un pueblo, salvar a todos los pueblos, como por medio de un hombre, Jesucristo,
realizó la salvación de todos los hombres.
Hoy,
en esta solemnidad de la Epifanía, celebramos la revelación de este misterio,
es decir, que en el plan salvífico de Dios entran todos los hombres, y no sólo
el pueblo de Israel. También nosotros, los gentiles, los que no pertenecemos al
pueblo de Israel, somos coherederos de la gloria, partícipes de la salvación
de Cristo, porque hemos acogido el Evangelio, porque somos miembros del Cuerpo
de Cristo, por la fe y el bautismo. En el nacimiento de su Hijo, Dios ha hecho
brillar la salvación por toda la faz de la tierra: todos los pueblos son
invitados a la fiesta de estas bodas de Dios con la humanidad en el nacimiento
de Jesucristo. Y el profeta vislumbra el día en que Dios cumplirá su plan de
salvación: "¡Levántate, brilla,
Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti. Levanta la
vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti. Te inundará una
multitud de camellos, vienen todos trayendo incienso y oro, y proclamando las
alabanzas del Señor".
En
la noche del Nacimiento de Jesús se iluminó el mundo entero, la luz brilló
sobre toda la tierra. No se trata de un espectáculo asombroso que hubiera
tenido lugar en el firmamento, porque el profeta no habla de la luz de los
astros, sino de la gloria del Señor,
de la manifestación de Dios a los hombres. Y ésta tuvo lugar de la manera más
grande e inimaginable en el nacimiento de su Hijo: en Jesús, Dios habita en
medio de nosotros. Pero esta gloria del Señor no la vio amanecer Jerusalén. "La
luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Vino a su casa, y los
suyos no la recibieron". Otros sí, lo de fuera, los de lejos, son los
que vieron esta luz, sintieron su presencia y se pusieron en camino. Son los
Magos de Oriente, de los que habla el relato evangélico; en ellos están
representados todos los pueblos: "¿Dónde
está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella
y venimos a adorarlo". El símbolo de la estrella representa la luz de
la fe, la fe que guió a los Magos hasta el Señor: "se
pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a
guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el Niño. Al ver la
estrella, se llenaron de inmensa alegría". ¿Cuál es esa luz, cuál
esa estrella que puede guiarnos a nosotros hoy hasta el Señor? La misma que guió
a los Magos al pesebre: es la luz de la fe, que se alimenta y enciende al
contacto vivo con la Palabra y con los sacramentos, que se percibe en el gozo
profundo que produce en el alma aun en medio de pruebas y dificultades.
Hoy,
en este día de la Epifanía, de la solemne manifestación del Señor a los
pueblos gentiles, agradecemos el don de la fe; a nosotros se nos ha concedido la
gracia de ver brillar la estrella y venir a adorar al Señor; a nosotros Dios
nos ha otorgado el don de la fe. Pero muchos entre nosotros, como los judíos en
tiempos de Herodes, no reconocen ya esta luz que ha amanecido en nuestro mundo;
muchos han perdido la luz de la fe. De nuevo se ciernen espesas tinieblas sobre
muchos corazones. Y sin la luz de la fe, por mucho que se diga y se finja, se
vive sin alegría. En el fondo, queda el vacío, la tristeza de una vida sin
esperanza, que se agota en sí misma, en el disfrute del instante activado por
el alcohol, la droga y el sexo. Pero los Magos, "al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría". Es
la alegría que procede de la fe, de la comunión con quien puede darla, porque
todo él es gozo y felicidad inagotable, Dios. Y al don de la fe corresponde la
adoración como expresión de la propia entrega a Dios: "entraron en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y
cayendo de rodillas lo adoraron; y le ofrecieron regalos: oro, incienso y
mirra", que simbolizan su condición de Señor, de Dios y de Hombre
mortal.
Que
la Virgen María, con su Hijo en brazos, nos guarde y fortalezca en la fe, esta
misma fe que pedimos para todos los que la han perdido y para la inmensa
multitud de millones de hermanos y hermanas que, después de dos mil años,
todavía no conocen al Salvador que ella nos dio a luz: este sería, sin duda,
el mejor regalo de Reyes.