III
Domingo de Adviento (B)
Is
61.1-2a.10-11; Sal [Lc 1,46ss].; 1 Ts 5,16-24; Jn 1,6-8.19-28
Nos acercamos ya al día grande
de la celebración del Nacimiento del Señor, y por eso los sentimientos de
alegría se intensifican en este domingo. Si el adviento es tiempo de esperanza,
forzosamente lo ha de ser también de gozo, porque se trata de la esperanza de
la salvación. Y si esperamos al Salvador, ¿cómo no vamos a estar alegres? Por
eso la Eucaristía de este tercer domingo de adviento comienza, a modo de canto
de entrada, con una exhortación que San Pablo dirigió a los filipenses desde
la cárcel: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres.
El Señor está cerca”. El gozo ante la venida del Salvador del mundo puede más
que todas las contrariedades y sufrimientos.
La figura austera de Juan
Bautista sobresale hoy de un modo particular a la luz del evangelio que hemos
escuchado. Son su persona y su mensaje las dos referencias fundamentales que
encontramos este domingo en nuestro camino de preparación a la Navidad. Ante el
Mesías que viene, Juan se muestra humilde. La humildad es la primera actitud,
la virtud fundamental, pues ¿de qué otro modo nos vamos a presentar ante Dios
sino reconociendo quiénes somos, lo que en realidad somos? Si no nos conocemos
a nosotros mismos, ¿cómo vamos a reconocer a Dios en un Niño que nace a la
intemperie, en la más absoluta pobreza, rechazado por los hombres? Juan hubiera
podido sacar partido de la confusión reinante en torno a su persona, haciéndose
pasar por quien no era. Pero corta por lo sano: “Yo no soy el Mesías”, ni
ninguno de los personajes cuyo retorno algunos esperaban. Él es sencillamente
la voz que da testimonio, que señala a Cristo. Juan sabe que Aquel a quien
anuncia es más grande que él, porque existe antes que él, o sea, desde
siempre. Por eso no es digno de desatar la correa de su sandalia que era gesto y
oficio de esclavos. Este es Juan que en su humildad hace resplandecer la luz que
es Jesucristo, luz del mundo. ¿Y cuál es su mensaje? No tiene otro que el del
profeta Isaías: “Allanad el camino del Señor”. Pero este ‘camino del Señor’
que tenemos que preparar es un símbolo, una figura de cada uno de nosotros.
Porque el Mesías viene y se hace presente en el mundo por medio de nosotros, a
través de nuestra vida y nuestras obras. La llamada del Bautista a preparar
‘el camino del Señor’, es decir, a convertirnos, se dirige al corazón, al
fondo de la conciencia: tenemos mucho que enderezar, mucho de qué convertirnos.
Hay demasiadas zonas de sombra en nuestra vida que nos impiden ser testigos creíbles
de la luz, de Cristo: el orgullo, la soberbia, la vanidad, la ambición, la
envidia. A curar estas heridas del corazón se dirige el mensaje del Bautista:
“allanad el camino del Señor”.
Pero esta apremiante llamada a
la conversión no rompe ni empaña el clima de gozo de este tercer domingo de
adviento. Porque el Mesías que esperamos viene por nosotros: “para dar la
buena noticia a los que sufren”, “para vendar los corazones desgarrados”,
“para proclamar la amnistía a los cautivos”, “para proclamar el año de
gracia del Señor”. ¿Cómo no alegrarnos ante la venida del Señor que nos
trae dones tan grandes? Estos dones de la salvación que el Señor trae consigo
en su Nacimiento nos tienen que
impulsar a prepararnos para acogerlos con agradecimiento; porque los valoramos
mucho por eso nos esforzamos en purificar nuestra conciencia de todo pecado, y
el camino que el mismo Señor nos señaló para lograrlo, o sea, para alcanzar
la reconciliación con Dios y con los hermanos, es el sacramento de la
penitencia. El gozo de que hablan el profeta y san Pablo brota de aquí, de la
experiencia del perdón, de sentirnos realmente perdonados y acogidos por el
amor de Dios, y porque ya nos encontramos a un paso de la celebración del
Nacimiento del Salvador. Es un gozo que no tiene nada que ver con esa alegría
desbocada, artificial y vacía provocada por sustancias estimulantes y ritmos
aturdidores.
Pues bien, para mantener
vivo el deseo del encuentro con el
Señor y para disponernos activamente a él, el Apóstol nos recomienda la oración.
Porque la oración es el cauce normal para expresar y cultivar la relación
personal con Dios, fuente de toda alegría. La oración no es un entretenimiento
para vagos y desocupados; al contrario, orar con perseverancia dando gracias es,
según san Pablo, “la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de
vosotros”. O sea, que Dios quiere que oremos, que entablemos con frecuencia un
diálogo amoroso y confiado con él. Porque sin oración frecuente el espíritu
del bien se apaga y la maldad se apodera de nosotros; sin oración la llama de
la fe se apaga, el impulso de la esperanza viene a menos, y la caridad se enfría.
La oración es el portillo por donde llega a nosotros la luz de Dios, que
ilumina nuestras tinieblas, nos ayuda a reconocer nuestros pecados y a
acercarnos con confianza al sacramento del perdón. Sólo podremos ser testigos
de la luz si vivimos en la luz, sólo si somos luz, podremos iluminar.
Al final de su exhortación, san Pablo formulaba un deseo-oración: “Que el Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Pues vamos a pedir al Señor que se cumpla en nosotros este deseo del Apóstol y que su oración sea escuchada, para “llegar a la Navidad –fiesta de gozo y salvación- y poder celebrarla con alegría desbordante”.