II Domingo de Adviento (B)

Is 40,1-5.9-11; Sal 84; 2 Pe 3,8-14; Mc 1,1-8

ESPERAR PREPARADO

                                               José María de Miguel González OSST              

“Cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo”. Estamos en camino hacia Belén, hacia la noche santa de la celebración del Nacimiento del Señor, tenemos que prepararnos, las dificultades son muchas, pero no debe decaer el ánimo. Con la gracia de Dios podemos vencer las distracciones de la propaganda consumista y del folclore de luces, músicas y colores en que parece consistir y haberse reducido la fiesta de la Navidad.  Este es el mensaje que Dios nos dirige en este segundo domingo de adviento.

1.     “Preparadle un camino al Señor”.

En las palabras animosas que el profeta Isaías nos ha dirigido sobresale una certeza: Dios se va a manifestar, se va a hacer presente y esto será la salvación del pueblo. Porque ¿qué otra cosa es la salvación sino Dios, la comunión con él, la vida junto a él? Este es el anuncio consolador del profeta: “Se revelará la gloria del Señor”, se mostrará él mismo, nos revelará quién es él y qué quiere de nosotros. Porque “el Señor llega” para reunir a los descarriados, para levantar el ánimo de los abatidos. No viene para amenazarnos con el castigo eterno ni para echarnos en cara nuestros pecados en forma de desidia y desinterés, expresión de nuestra falta de fe, de esperanza y de amor. Al contrario, en él, como canta el salmista, “la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Además, no viene solo, pues “le acompaña el salario, la recompensa le precede”, porque lo suyo es dar, repartir, comunicar lo que él mismo es: amor puro, misericordia infinita. No obramos por el premio, que sería comportamiento mezquino y egoísta, pero Dios no deja sin recompensa al que se esfuerza por mantenerse fiel a los preceptos evangélicos. Y para indicar el estilo de la actuación Dios que viene, que se va a manifestar en la persona de Jesús, lo representa como aquel que “lleva en brazos los corderos, y cuida [con amor] de las madres”, o sea, que atiende con idéntica ternura a los pequeños y a los grandes. ¡Hermoso retrato de Dios  que se preocupa con cariño de padre y madre por su pueblo! Pero la certeza de la aparición del Señor lleva aparejada la llamada a la buena acogida: es la invitación a allanar los caminos, a enderezar lo torcido, porque el camino a preparar somos nosotros.

2.     “Mientras esperáis estos acontecimientos”.

Si el profeta veía inminente la manifestación de la gloria del Señor, la carta de Pedro trata de mantener viva la certeza de la segunda venida de Jesucristo, que se prolonga en el tiempo, pero que, ciertamente, ha de llegar. Dios no tiene prisa, pues para él “un día es como mil años, y mil año como un día”. Además, si retrasa su última venida es porque tiene mucha paciencia con nosotros, que estamos poco preparados, y quiere nuestra conversión. Nuestro tiempo, el tiempo de nuestra espera es el de la paciencia de Dios. Porque a pesar de tantas muestras del amor de Dios, de los beneficios que él nos dispensa cada día, nosotros no respondemos con prontitud, con fidelidad. Pero Dios nos aguanta, hace como que no se fija en nuestros desplantes que a veces son verdaderas ofensas, Dios nos soporta, porque es nuestro Padre. No hay otra razón. Si los padres de este mundo cargan tantas veces con los fallos y desaguisados  de sus hijos, ¡cuánto más nuestro Padre del cielo no habrá de hacerse cargo de  nuestras debilidades! Con todo, no es sensato abusar de la paciencia de Dios, porque “el día del Señor llegará como un ladrón”. Por eso el Apóstol nos invita a llenar de contenido nuestra espera: “Procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables”.

3.     “Detrás de mí viene el que puede más que yo”.

En este segundo domingo de adviento entra en escena el Bautista y con el mismo mensaje que el profeta Isaías: tenemos que prepararnos para acoger dignamente al Enviado de Dios. Es la invitación a la conversión para alcanzar el perdón de los pecados. Porque sin conversión no puede haber perdón, sin arrepentimiento de los pecados cometidos sería una tomadura de pelo pedir a Dios perdón. Porque ¿cómo nos va a perdonar Dios algo de lo que no estamos arrepentidos? Por eso Juan llama a la conversión para el perdón de los pecados, para recibir el perdón a través del signo del bautismo una vez que hayamos dado muestra de verdadero arrepentimiento. Pero el Bautista es sólo un mensajero, un instrumento para preparar al Pueblo a la venida del Mesías. De su oficio y misión, Juan es plenamente consciente, por eso, procura conducir a la gente no hacia él, que no es sino “una voz que grita en el desierto”, sino hacia el Mesías: el que viene detrás es el importante, porque trae el don de Dios: “él os bautizará con Espíritu Santo”. Juan, con su actitud humilde y servicial, nos indica en qué consiste eso de preparar el camino y allanar los senderos.

El salmista nos ha dicho: “la salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra”. Ahora, en la celebración de la eucaristía se hace realidad este anuncio. Cristo se va a acercar a nosotros con el don de la salvación. Dispongámonos a acogerlo en la fe y el amor.