II
Domingo de Adviento (B)
Is
40,1-5.9-11; Sal 84; 2 Pe 3,8-14; Mc 1,1-8
“Cuando
salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes
de este mundo”. Estamos en camino hacia Belén, hacia la noche santa de la
celebración del Nacimiento del Señor, tenemos que prepararnos, las
dificultades son muchas, pero no debe decaer el ánimo. Con la gracia de Dios
podemos vencer las distracciones de la propaganda consumista y del folclore de
luces, músicas y colores en que parece consistir y haberse reducido la fiesta
de la Navidad. Este es el mensaje
que Dios nos dirige en este segundo domingo de adviento.
1.
“Preparadle un camino al Señor”.
En
las palabras animosas que el profeta Isaías nos ha dirigido sobresale una
certeza: Dios se va a manifestar, se va a hacer presente y esto será la salvación
del pueblo. Porque ¿qué otra cosa es la salvación sino Dios, la comunión con
él, la vida junto a él? Este es el anuncio consolador del profeta: “Se
revelará la gloria del Señor”, se mostrará él mismo, nos revelará quién
es él y qué quiere de nosotros. Porque “el Señor llega” para reunir a los
descarriados, para levantar el ánimo de los abatidos. No viene para amenazarnos
con el castigo eterno ni para echarnos en cara nuestros pecados en forma de
desidia y desinterés, expresión de nuestra falta de fe, de esperanza y de
amor. Al contrario, en él, como canta el salmista, “la misericordia y la
fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Además, no viene
solo, pues “le acompaña el salario, la recompensa le precede”, porque lo
suyo es dar, repartir, comunicar lo que él mismo es: amor puro, misericordia
infinita. No obramos por el premio, que sería comportamiento mezquino y egoísta,
pero Dios no deja sin recompensa al que se esfuerza por mantenerse fiel a los
preceptos evangélicos. Y para indicar el estilo de la actuación Dios que
viene, que se va a manifestar en la persona de Jesús, lo representa como aquel
que “lleva en brazos los corderos, y cuida [con amor] de las madres”, o sea,
que atiende con idéntica ternura a los pequeños y a los grandes. ¡Hermoso
retrato de Dios que se preocupa con
cariño de padre y madre por su pueblo! Pero la certeza de la aparición del Señor
lleva aparejada la llamada a la buena acogida: es la invitación a allanar los
caminos, a enderezar lo torcido, porque el camino a preparar somos nosotros.
2.
“Mientras esperáis estos acontecimientos”.
Si
el profeta veía inminente la manifestación de la gloria del Señor, la carta
de Pedro trata de mantener viva la certeza de la segunda venida de Jesucristo,
que se prolonga en el tiempo, pero que, ciertamente, ha de llegar. Dios no tiene
prisa, pues para él “un día es como mil años, y mil año como un día”.
Además, si retrasa su última venida es porque tiene mucha paciencia con
nosotros, que estamos poco preparados, y quiere nuestra conversión. Nuestro
tiempo, el tiempo de nuestra espera es el de la paciencia de Dios. Porque a
pesar de tantas muestras del amor de Dios, de los beneficios que él nos
dispensa cada día, nosotros no respondemos con prontitud, con fidelidad. Pero
Dios nos aguanta, hace como que no se fija en nuestros desplantes que a veces
son verdaderas ofensas, Dios nos soporta, porque es nuestro Padre. No hay otra
razón. Si los padres de este mundo cargan tantas veces con los fallos y
desaguisados de sus hijos, ¡cuánto
más nuestro Padre del cielo no habrá de hacerse cargo de
nuestras debilidades! Con todo, no es sensato abusar de la paciencia de
Dios, porque “el día del Señor llegará como un ladrón”. Por eso el Apóstol
nos invita a llenar de contenido nuestra espera: “Procurad que Dios os
encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables”.
3.
“Detrás de mí viene el que puede más que yo”.
En este segundo domingo de adviento entra
en escena el Bautista y con el mismo mensaje que el profeta Isaías: tenemos que
prepararnos para acoger dignamente al Enviado de Dios. Es la invitación a la
conversión para alcanzar el perdón de los pecados. Porque sin conversión no
puede haber perdón, sin arrepentimiento de los pecados cometidos sería una
tomadura de pelo pedir a Dios perdón. Porque ¿cómo nos va a perdonar Dios
algo de lo que no estamos arrepentidos? Por eso Juan llama a la conversión para
el perdón de los pecados, para recibir el perdón a través del signo del
bautismo una vez que hayamos dado muestra de verdadero arrepentimiento. Pero el
Bautista es sólo un mensajero, un instrumento para preparar al Pueblo a la
venida del Mesías. De su oficio y misión, Juan es plenamente consciente, por
eso, procura conducir a la gente no hacia él, que no es sino “una voz que
grita en el desierto”, sino hacia el Mesías: el que viene detrás es el
importante, porque trae el don de Dios: “él os bautizará con Espíritu
Santo”. Juan, con su actitud humilde y servicial, nos indica en qué consiste
eso de preparar el camino y allanar los senderos.
El
salmista nos ha dicho: “la salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria
habitará en nuestra tierra”. Ahora, en la celebración de la eucaristía se
hace realidad este anuncio. Cristo se va a acercar a nosotros con el don de la
salvación. Dispongámonos a acogerlo en la fe y el amor.