I
Domingo de Adviento (B)
Is
63,16b-17; 64,1.3b-8; Sal 79; 1 Cor 1,3-9; Mc 13,33-37
José María de Miguel
Comenzamos
un tiempo litúrgico nuevo: el adviento, el tiempo de levantar la mirada hacia
aquel que viene. Para la fe cristiana el tiempo no lo marca el movimiento de los
astros con el sucederse de los días y las noches, los meses y las estaciones.
Para nosotros Cristo es el centro del tiempo, y por eso en torno a él y a su
obra de salvación organizamos el año litúrgico, que terminaba el domingo
pasado con la celebración de Jesucristo, Rey del Universo, para expresar simbólicamente
que él es el término y la recapitulación de todo lo que existe, del mundo y
de la historia. Hacia esa meta nos encaminamos. El tiempo de adviento que hoy
comienza y, con él, un nuevo año litúrgico, nos prepara para ese encuentro último
con el Señor, para su segunda venida, y lo hace preparándonos a celebrar su
primera venida, su nacimiento como hombre entre los hombres, en la noche santa
de Belén. Entramos
en el tiempo de espera y de esperanza, esta es la nota característica del
tiempo de adviento que hoy estrenamos. La palabra de Dios quiere avivar en
nosotros el deseo de salir al encuentro del Señor que viene.
1.
“¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”.
Este
sentido anhelo brota de lo más hondo del profeta, lo dice desde su experiencia
de Dios y de la situación espiritual y social en que vive él y su pueblo. ¿Quién
es Dios para el profeta? ¿Cómo percibe él rostro de Dios, cómo penetra en su
misterio insondable? Dios es para Isaías ‘nuestro padre’, ‘nuestro
redentor’, el ‘alfarero’, nosotros somos obra de sus manos. Porque Dios es
así, padre misericordioso, se vuelca con los que esperan en él, sale al
encuentro del que practica la justicia y sigue sus caminos. Pero la actitud y
comportamiento del pueblo no se corresponde con la bondad de Dios, más bien se
caracteriza por su espíritu rebelde, por la dureza de cerviz, es decir, por sus
constantes desplantes al Señor, por la violación reiterada de la alianza que
Dios le propuso y el pueblo aceptó, pero no cumplió. Sin embargo, la
experiencia de Dios como Padre bueno, como Redentor del pueblo, puede más, y
suscita la confesión de las culpas y la petición de perdón. De aquí surge
esa invocación, llena de fe, para que Dios venga, se haga presente y transforme
el corazón del creyente, del pueblo entero, y de toda la realidad creada. Es
también nuestra petición confiada al comienzo del adviento: ‘¡ojalá
rasgases el cielo y bajases!’.
2.
“Vosotros aguardáis la manifestación de Jesucristo”.
El
Apóstol se refiere a la manifestación última de Jesucristo como juez de vivos
y muertos. Porque el adviento se caracteriza por esa doble mirada: hacia
delante, hacia el final, o sea, la segunda venida en gloria y majestad, como Rey
del Universo, y hacia atrás, la primera venida, su nacimiento en Belén de Judá,
en la marginación y en la pobreza. Pero mientras aguardamos su segunda venida,
o sea, el encuentro definitivo con él, san Pablo nos asegura que, en medio de
todas las pruebas y dificultades, “Él nos mantendrá firmes hasta el final,
para que no tengan de qué acusarnos en el tribunal de Jesucristo”. Esta
confianza que intenta inculcarnos el Apóstol tiene un sólido fundamento,
puesto que “Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo”. Para eso se
hizo hombre y habitó entre nosotros.
3.
“Vigilad, velad”.
Con
todo, como no sabemos cuándo vendrá el Señor, “si al atardecer, o a
medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer”, Jesús insiste en
exhortarnos a la vigilancia, a no dejarnos atrapar por la rutina, la
indiferencia, el
desinterés por las cosas de Dios, que son también las de sus hijos
hambrientos, enfermos, cautivos, perseguidos: “vigilad, velad”. Que no es
otra cosa que una llamada a vivir preparados para el encuentro inesperado con el
Señor. Y uno trabaja por mantenerse vigilante y atento, por estar siempre
preparado, cuando vive en paz con Dios y con los hermanos, interesándose por
ellos, cuando
cumple en su vida el “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”,
cuando sigue “atentamente los acontecimientos temporales, ejercita las
competencias otorgadas por el Señor y permanece consciente de las cuentas que
él pedirá”(J. Gnilka). La vigilancia evangélica es esa tensión hacia el Señor,
poniéndole en medio de todos nuestros quehaceres. Jesucristo no estorba en la
vida, sino que la llena de sentido.
En
la oración de entrada hemos pedido a Dios Padre que avive en nosotros el deseo
de salir al encuentro de su Hijo que viene. Es la actitud fundamental. Si no hay
deseo de encontrarnos con el Señor, de ponernos en camino hacia él, el tiempo
de adviento está de sobra, y también la navidad. Pero hablamos de un deseo
verdadero, que se expresa en ‘buenas obras’, un deseo que se inflama en la
mesa de la palabra y ahora, en la mesa del sacramento, donde él sale a nuestro
encuentro como alimento para el camino.