Domingo VII (B)
Termina el
relato evangélico de la curación del paralítico refiriéndose a la reacción
de la gente que contempló el milagro:“Se quedaron atónitos y daban gloria
a Dios diciendo: Nunca hemos visto una cosa igual”. Y no era para menos.
De vez en cuando nos llegan noticias de curaciones milagrosas por intercesión
de la Virgen o de los santos. Los milagros de curaciones son signos de la gloria
y el poder de Dios que se manifestó de una manera única en Jesucristo. Por eso
el objeto principal del milagro no es el enfermo curado, sino Dios, que obra
tales prodigios. En el caso del paralítico, el sentido de su curación quiere
poner de relieve que el verdadero milagro es la sanación de los males del alma,
o sea, la conversión, el perdón de los pecados que Dios nos ha concedido y nos
concede por medio de su Hijo muerto y resucitado para nuestra salvación.
1. Cristo es
el ‘sí’ de Dios a la humanidad
El breve
texto de la segunda carta a los Corintios contiene un par de afirmaciones de
gran importancia doctrinal. En Jesucristo se cumplen y realizan todas las
promesas de salvación de una manera total y definitiva. Jesucristo es el ‘sí’
de Dios a la humanidad, al hombre, a todo hombre. Jesucristo es la afirmación
del hombre en todo su ser, valor y destino. Hay que proclamar esto, con san
Pablo, de manera muy firme y clara, precisamente hoy cuando se escuchan tantas
voces que dicen ‘no’ al hombre: ‘no’ antes de nacer y ‘no’ al final
de la vida, y se dice ‘no’ al hombre cuando se le asesina, se le tortura, se
le margina, y se dice ‘no’ al hombre a través del terrorismo y la guerra.
Es verdaderamente un misterio que Dios diga siempre ‘sí’ al hombre y el
hombre diga de mil maneras ‘no’ al hombre. Esta tremenda contradicción sólo
se explica, porque este hombre que maltrata a su prójimo hasta anularlo antes
ha dicho ‘no’ a Dios. Pero el que dice ‘sí’ a Dios, fuente de la verdad
y de la vida, ese valora y aprecia al hombre, que es criatura e imagen de Dios
vivo. Dios nos ha dicho ‘sí’ en Cristo, en el don y entrega del Hijo, y por
eso nosotros, concluye san Pablo, “podemos responder ‘Amén’ a Dios,
para gloria suya”, o sea, también nosotros podemos, por Jesucristo, decir
‘sí’ a Dios, afirmar la bondad y grandeza de Dios, acoger el don de la
salvación que él nos ofrece. Y esta es la verdadera gloria de Dios: que el
hombre viva, que el hombre no mate a su hermano, que el hombre no oprima ni
margine a su prójimo. Como esto es difícil, y hasta imposible, sin la ayuda de
Dios, por eso “él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en
nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu”. Con la fuerza del Espíritu
que el Padre nos infundió en el bautismo, cuando fuimos injertados en el cuerpo
de Cristo, podemos decir ‘sí’ a Dios y al hermano, imagen y creación suya.
2. Gratuidad
del perdón
Pero la
imagen de Dios, que es el hombre, queda con frecuencia estropeada y aun borrada
por el pecado. No siempre decimos ‘sí’ a Dios y por eso tampoco decimos
siempre ‘sí’ al hombre, porque pecamos contra Dios y pecamos contra el
hermano. Sin embargo, más allá del pecado está el perdón. El perdón de los
pecados es un don tan grande, tan por encima de nuestras posibilidades que sólo
nos lo puede conceder Dios: “Me avasallabas con tus pecados, y me cansabas
con tus culpas. Yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me
acordaba de tus pecados”. El perdón de los pecados es cosa de Dios: “¿Quién
puede perdonar pecados fuera de Dios?”. A nosotros tal vez nos parezca una
exageración decir que el perdón de los pecados es un don inmenso; si pensamos
así es porque no damos valor al pecado. Pero si el pecado ya casi ha
desaparecido del escenario de nuestras vidas, ¿cómo va a ser una cosa tan
grande su perdón? Y, sin embargo, el perdón de los pecados es el milagro del
amor de Dios. ¡Cuánto nos cuesta a nosotros perdonar a los que nos ofenden! Y
Dios nos perdona sin pausa ni retraso, porque es misericordioso. ¿Sentimos
nosotros enseguida las ofensas de los demás y podemos decir tranquilamente que
nosotros no ofendemos, que no tenemos pecado? Pero si experimentamos el perdón
de Dios, porque nos sabemos pecadores y lo reconocemos, seremos capaces de
ofrecer también a los demás el perdón gratuitamente, como gratuitamente nos
lo concede Dios a nosotros.
3. Tus pecados quedan perdonados
Aquí, en el
episodio de la curación del paralítico, es donde mejor se revela el ‘sí’
de Dios a la humanidad a través de Jesús. Es el ‘sí’ que sana, cura y
salva al hombre en la totalidad de su ser cuerpo y alma, porque cura el cuerpo
sanando el espíritu: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”, y para
que veáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar pecados, le dijo al
paralítico: “levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”. El
milagro de la doble curación se debe a la fe: la fe de los que llevaban al
paralítico y lo descuelgan desde el techo hasta donde estaba Jesús, y la fe
del propio paralítico que sin decir palabra, sin pedir nada, recibe el perdón
de los pecados como símbolo eficaz de la sanación de su cuerpo. Es la fe que
nos conduce al Señor y nos hace confiar en él, capaz de curar todas nuestras
dolencias. Y la fe todo lo puede. Jesús perdona los pecados al paralítico, y
luego sana su parálisis. ¿Cuál es el milagro mayor sanar el alma o sanar el
cuerpo? Más espectacular es desde luego que el paralítico se levante de la
camilla, cargue con ella y salga a la vista de todos. Sin embargo, el milagro de
la sanación interior que no se ve, el milagro de la conversión, es más
grande. O sea que es más difícil curar el alma que sanar el cuerpo; eso es lo
que quiere poner de relieve el Evangelio de hoy, para que apreciemos, como se
debe, el gran don del perdón de los pecados, pues aquí es donde Dios nos dice
quién es él y cómo actúa con nosotros.
Comenzamos siempre la Eucaristía reconociendo nuestros pecados, confesándonos pecadores, necesitados del perdón de Dios; comenzamos así para poder entrar y situarnos en la presencia del Dios santo, para acoger la palabra que él nos dirige, y participar en la mesa del sacrificio eucarístico para el perdón de los pecados. Existe ciertamente el pecado, aunque el mundo trate de ocultarlo, pero más grande que el pecado es el amor, la gracia y el perdón que Dios nos ofrece generosamente. Sólo hace falta que como el salmista nosotros digamos: “Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti”. La respuesta ya la conocemos: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”.