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Noche de Navidad
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En una noche como ésta,
hace mucho tiempo, sucedió el milagro más grande jamás imaginado por el
hombre: Aquel que era de condición divina, enteramente semejante al Padre, el
Hijo de Dios, se despojó de su rango y se hizo hombre. En una noche como ésta,
se detuvo el tiempo y la creación entera se sobrecogió, porque a María "le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo
envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio en la
posada". El Hijo del Altísimo tomó la condición de esclavo, descendió
hasta las simas más profundas de la condición humana. En una noche como ésta
una gran luz iluminó la tierra y un silencio impresionante se hizo en el cielo,
porque esta tierra nuestra, un punto insignificante del universo, entre millones
y millones de mundos, fue escogida por Dios para nacer, para habitar entre
nosotros, como uno de nosotros. En
una noche como ésta la creación entera, desde las estrellas más remotas hasta
las profundidades del abismo, estaba pendiente de aquel pesebre, en el que toda
la grandeza e inmensidad de Dios aparecía envuelta en pañales, revestida de la
fragilidad de la vida humana recién nacida. Un intenso estremecimiento atravesó
el cielo y la tierra al contemplar a aquel Niño recostado en un pesebre: en él
Dios visitaba a su pueblo, Dios se adentraba en la oscuridad de nuestra historia
para iluminarla con su claridad; en él se hacía presente la gracia de Dios,
que trae la salvación para todos los hombres. Esta es la buena noticia que los
ángeles anunciaron en medio de la noche: "No
temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy,
en la ciudad de David, en Belén, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor".
El evangelio -la buena noticia- empezaba entonces a hacerse oír; el evangelio
-la buena noticia- que es Jesucristo mismo, comienza en la misma noche de su
nacimiento. Por eso esta noche es
noche de alegría; se nos ha anunciado una gran noticia: un
niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Esta es la noche en que se
cumple la profecía de Zacarías, el padre de Juan Bautista: "Por
la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo
alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para
guiar nuestros pasos por el camino de la paz".
Esta noche el amor entrañable
de Dios ha hecho posible el milagro: Dios está con nosotros, Dios se ha hecho
uno de nosotros, Dios ama a los hombres, Dios nos hace partícipes de su gloria
y de su paz por su entrañable
misericordia.
Desde aquella noche única
Dios en el don de su Hijo nacido de la Virgen María regala su paz a los
hombres, y sin embargo, esta paz no es acogida por muchos; todavía el odio y la
injusticia enfrentan a unos hombres contra otros; todavía esta noche suenan
los cañones y las bombas de la guerra en algunos lugares de esta tierra tan amada por el Padre; todavía la buena noticia del nacimiento del
Salvador no ha sido escuchada por una inmensa multitud de hermanos; todavía una
gran parte de la humanidad, como le sucedió al Hijo de Dios en la noche de su
nacimiento, no encuentra sitio en la posada del desarrollo y tiene que
sobrevivir a la intemperie bajo la amenaza del hambre, de la injusticia y del
racismo. El mensaje de la noche de Belén está todavía casi por estrenar; pero
Dios sigue confiando en nosotros, en nuestra capacidad de renovación y de amor.
Podemos amar y ser solidarios, porque Dios nos amó primero y cargó sobre sí
todas nuestras miserias.
Para todos vosotros, que
habéis venido esta noche a celebrar el nacimiento de Jesucristo, pedimos al Señor
que os haga sentir su presencia salvadora, que os consuele y conforte con sus
dones, que llene vuestros corazones y vuestros hogares de su amor entrañable,
cuyo fruto es la paz para los hombres que ama el Señor. Amén.
NOCHE DE NAVIDAD
-2
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Un par de veces al año
nos reunimos en la noche: la noche de la vigilia pascual a la espera de la
resurrección del Señor, y esta noche santa de la navidad para celebrar el
nacimiento de Jesús. Y nos reunimos con espíritu de fe, porque cuando esta
noche ha sido despojada en muchos ambientes de su misterio santo, cuando esta
noche de luz se hace tiniebla densa en que se borra el rastro de Dios, nosotros
los cristianos no podemos enterrar estas dos noches santas que nos quedan,
porque la noche es tiempo de salvación,
porque de noche, en un pesebre, nacía tu Palabra; de noche lo anunciaron el ángel
y la estrella.
Esta es la noche en que
Dios iluminó las tinieblas del mundo con el nacimiento de su Hijo. Es la noche
en que se cumplen los oráculos de los profetas: "El
pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de
sombras, y una luz les brilló... Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos
ha dado". Es el nacimiento del Mesías, del Príncipe de la paz, que
viene a nosotros como luz en la noche, gozo en la tristeza, vida en la muerte.
En esta noche santa celebramos el intercambio más sorprendente que jamás pudo
soñar el hombre: Dios toma nuestra frágil condición humana para hacernos partícipes
de su misma naturaleza divina; el Dios eterno entra en el tiempo para llevarnos
a nosotros a la eternidad; esta es la noche en que Dios asume nuestra historia
pecadora para liberarnos de todo pecado, pues en el nacimiento que hoy
celebramos "ha aparecido la gracia
de Dios, que trae la salvación para todos los hombres". Este es el
maravilloso intercambio que nos salva: el que es la vida comparte nuestra muerte
para regalarnos el don de la inmortalidad. Es el desposorio de Dios con la
humanidad que cantó San Juan de la Cruz:
¡Oh
noche que guiaste!
¡Oh
noche amable más que la alborada!
¡Oh
noche que juntaste / Amado con amada,
amada
en el Amado transformada!
Por eso en esta noche
santa se alegran los cielos y la gloria del Señor llena la tierra, porque en lo
más profundo de esta noche se oyó la gran noticia, la buena noticia tan
largamente esperada: "Hoy, en la
ciudad de David, en Belén de Judá, os ha nacido el Salvador... Y aquí tenéis
la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre".
Estas son las prendas de identificación del Hijo de Dios que viene a nuestro
encuentro: "mientras estaban allí
le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió
en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada".
Este es el Niño, cuyo nacimiento estamos celebrando: el Salvador nace bajo la
luz de las estrellas al cobijo de un pesebre de animales, porque no había sitio
para él entre los hombres, porque vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Así comienza el primer acto de la historia de nuestra salvación: con la más
escalofriante indiferencia de los hombres ante su Salvador, preludio triste que
ya anuncia el final de la cruz. Sólo los pastores, que representan a todos los
humildes y despreciados de este mundo, oyen la buena noticia y se ponen en
camino hacia la gruta de Belén. Como ellos, también nosotros esta noche
queremos acoger a Jesús y darle cobijo en nuestro corazón y en nuestros
hogares; como los pastores también nosotros hemos venido a adorar al que ha
nacido como Dios con nosotros. Pues que el fruto de esta celebración sea la
confesión agradecida de la gloria de Dios, que resplandece en el nacimiento de
Cristo, de donde procede toda paz, todo consuelo y toda alegría para los
hombres.