MISA DE NAVIDAD
-1-
José
María de Miguel, O.SS.T.
"Ha
aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres".
Con estas palabras de San Pablo entramos en el misterio de la Navidad; es el
anuncio de la buena noticia que el ángel comunicó a los pastores: "Hoy,
en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador". "No puede, pues,
haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida"(S. León
Magno) que destierra todo temor e infunde en nosotros el gozo de compartir la
vida de Dios.
Este
es el día de Navidad. En medio de la tiniebla que cubría la tierra, una luz
nos brilló, una luz que jamás se apagará: la luz del mundo, Jesucristo, el Señor.
Este
es el misterio de la Navidad: la Palabra eterna del Padre, aquel por quien
fueron creados los cielos y la tierra, aquel que es Dios con el Padre y el Espíritu
Santo, se hace uno de nosotros, se despoja de su rango, entra en nuestra
historia pasando por uno de tantos; aquel que es Dios toma la forma de esclavo;
aquel que siendo rico se hace pobre por nosotros, Jesucristo, el Señor.
Este
es el misterio incomprensible de la Navidad: Dios en la tierra, la gracia con
nosotros. "Porque en el misterio
santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se
hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su
naturaleza, se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes
del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado,
para reconstruir lo que estaba caído, para llamar de nuevo al reino de los
cielos al hombre sumergido en el pecado" (Prefacio Navidad II).
Este
es el misterio de la Navidad que en este día celebramos: el Hijo de Dios viene
a nosotros, se hace hijo del hombre, para elevar al hombre a la categoría de
hijo de Dios. Este es "el maravilloso
intercambio que nos salva: pues al revestirse tu Hijo de nuestra frágil condición
no sólo confiere dignidad eterna a la naturaleza humana, sino que por esta unión
admirable nos hace a nosotros eternos" (Prefacio Navidad III).
Aquí
está el verdadero fundamento de la dignidad del hombre: no en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, sino en el misterio del Dios hecho hombre.
Jesucristo es el que da categoría al hombre, el que enaltece y defiende su
dignidad: porque Dios se ha hecho hombre, todo hombre lleva en sí el aliento de
Dios, la huella de su Creador y Redentor: "Reconoce,
cristiano, tu dignidad. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres
miembro"(San León).
En
este día santo del nacimiento de Jesús, adoramos al mismo Dios en la figura de
un niño que nace a la intemperie, en la más absoluta pobreza, pues para él,
para el Hijo del Altísimo, no había sitio en la posada.
Este
es el misterio que guarda celosamente la noche de navidad: el mundo se hizo por
medio de Aquél, cuyo nacimiento celebramos, pero el mundo no le conoció: vino
a su casa, y los suyos no le recibieron: tuvo que ser acostado en un pesebre.
Por
eso, no es posible celebrar la Navidad hoy olvidándonos de aquella primera
Navidad; no es posible una Navidad cristiana, si nos desentendemos de los
pobres, si cerramos nuestras puertas al amor, si no vemos en los desposeídos de
la tierra, y sobre todo en ellos, el rostro de Dios que es rechazado, que tiene
que nacer y morir fuera de la ciudad, en el abandono de los hombres.
La
alegría de la Navidad, el gozo por el nacimiento del Salvador, no debiera
hacernos olvidar el misterio de la noche de Belén que hoy se repite en los
millones de niños que vienen al mundo, como el Hijo de Dios, en la más
absoluta pobreza.
Pues
que nuestra solidaridad sea signo y señal de esta Navidad de 2003, en la que
volvemos a celebrar gozosamente la aparición visible de la gracia y la salvación
en el Nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Que
la gloria de Dios que hoy envuelve la tierra traiga la paz a todos los hombres y
pueblos del mundo. Amén.
"La
Virgen da hoy a luz al Eterno
Y
la tierra ofrece una gruta al Inaccesible".
Este
es el misterio de Navidad que todos los años nos alegra y nos conmueve: es la
inmensa ternura del Padre que nos entrega a su Hijo único en el Niño que la
Virgen da a luz. Por eso, "alegrémonos
todos en el Señor, porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado... y
es su nombre Príncipe de la paz". Esta es la noche del Nacimiento del
Salvador del mundo; la noche iluminada por una gran luz, la luz de la esperanza
que amanece, porque en esta noche se han cumplido todas las promesas que Dios
hizo en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas. ¿Cómo no
alegrarnos con María y José en esta noche en que celebramos el amor de Dios
hecho carne y sangre y lágrimas en aquel Niño, el Hijo del Altísimo, a quien
la tierra, es decir, los hombres ofrecen una gruta, porque no había sitio para
ellos en la posada, porque vino a los suyos y los suyos no lo recibieron?
"Jesús
-nos
recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica-
nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos
pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se
manifiesta la gloria del cielo. La iglesia no se cansa de cantar la gloria de
esta noche"(n.525). Al
contemplar el misterio de navidad no podemos ignorar lo que constituye su
permanente motivo de asombro y de inquietud: el Hijo del Altísimo nace en un
establo, Aquél por quien fueron hechas todas las cosas nace en la indigencia.
La señal que los ángeles dan a los pastores es sorprendente: "encontraréis
un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Este es el
signo de navidad, de la navidad auténtica, de la navidad indomesticable por los
poderes de este mundo. Es cierto que se está librando desde hace años un duro
combate contra la navidad verdadera, es cierto también que se trata por todos
los medios, y en particular, por los llamados medios de comunicación, de
desfigurar su contenido y su sentido hasta la profanación, pero es sobre todo
verdad que desde distintos frentes se trabaja activamente para hacernos olvidar
lo más esencial del misterio de navidad: que el Mesías de Dios nació en la
pobreza, que el Hijo de Dios, cuando vino a este mundo, escogió su sitio entre
los pobres, que por eso mismo los pobres son los destinatarios de la primera
bienaventuranza. Así las cosas, no es de extrañar que nosotros mismos tengamos
dificultad para despojar la navidad, nuestra navidad, de todas sus adherencias
paganas; también nosotros estamos influidos por la fuerza irresistible de la
propaganda, que nos marca la pauta de lo que hemos de hacer y comprar en estas
fiestas. Pero a pesar de todo, mientras sigamos proclamando la buena noticia del
nacimiento del Salvador en la humildad y soledad de un establo, mientras los
cristianos nos reunamos en esta noche santa para adorar al Hijo de Dios hecho
hombre, mientras haya discípulos capaces, como nos ha dicho san Pablo, de "renunciar
a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una
vida sobria, honrada y religiosa", habrá navidad, porque la navidad
verdadera no puede desaparecer de la tierra desde aquella noche en que "el
Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros". "El misterio de navidad
-nos enseña el Catecismo- se realiza en
nosotros cuando Cristo 'toma forma' en nosotros. Navidad es el misterio de este
'admirable intercambio'"(n.526): lo que es propio de Dios se nos da por
pura gracia a nosotros, y lo nuestro, todo lo nuestro, lo asume él por puro
amor para salvarlo, para darnos parte en su divinidad. El Hijo de Dios se hizo
hijo del hombre en la primera noche de navidad, y en esta noche de navidad de
1993 él mismo nos invita a realizar este admirable intercambio: él en nosotros
y nosotros en él. Es lo que pide la Iglesia en este día para todos los fieles
como fruto del nacimiento de Cristo: "concédenos
compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre
la condición humana".
1.“Hoy,
queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. No puede haber
lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida”(S.
León). Este es el misterio de la Navidad: la celebración de aquel
acontecimiento que cambió la historia del mundo hace ahora poco más de dos mil
años. Celebramos el aniversario del nacimiento de Jesús en un pequeño pueblo
de Judá, según anunció el profeta, siete siglos antes: “de
ti, Belén, saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.
Pero no celebramos el aniversario del nacimiento de Jesús como una fecha lejana
de la historia, sino como algo vivo y actual, algo que nos afecta y alcanza a
nosotros hoy. Por eso nos reunimos en este día santo, en que la Virgen María
dio a luz al Salvador del mundo, para acoger en la fe este don supremo del
Padre, el don de su propio Hijo, para nuestra salvación, para que tengamos vida
por Él, que es la misma Vida. Nos alegramos esta mañana de Navidad por el
nacimiento de la Vida que vence a la muerte, del Amor que vence al odio, de la
Gracia que vence al pecado. ¿Qué sería de nosotros si Él no hubiera nacido,
si Él no nos hubiera rescatado, si Él no nos hubiera regalado la esperanza
inconmovible en el triunfo definitivo de la Vida, del Amor y la Gracia como
valores supremos, como horizonte de sentido y como término de nuestra andadura
por este mundo? Pero ante el milagro asombroso de la Vida, el Amor y la Gracia
que Dios nos regaló con el nacimiento de su Hijo los hombres cerraron
incomprensiblemente las puertas del corazón. “María dio a luz a su hijo, le
envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había sitio para
ellos en la posada”.
Mañanicas
floridas / del frío invierno, / recordad a mi Niño /
que
duerme al hielo.
Mañanicas
dichosas / del frío diciembre, / aunque el cielo os siembre /
de
flores y rosas, / pues sois rigurosas / y Dios es tierno, /
recordad
a mi Niño / que duerme al hielo
(Lope de Vega).
Sí,
recordad, recordemos hoy con admiración y agradecimiento este tremendo misterio
del Niño que duerme al hielo. No nos
dejemos engañar por los juegos de luces, por los escaparates relucientes, por
la propaganda apabullante del consumo sin medida; alegrémonos por el don de la
salvación que el Nacimiento del Señor trae consigo, pero “recordad a mi Niño que duerme al hielo”. Recordad, sí, recordémoslo
para que no se repita en nosotros aquel rechazo, para que no vuelva a encontrar
la puerta cerrada de nuestro corazón.
Hoy
al pecador llamáis, / Dios-Niño recién nacido, / y él no responde, dormido;
/ porque despierte, lloráis.
Duerme
con pesado sueño, / de olvido de vuestro amor, / y aunque le llaméis, Señor,
/ no reconoce su dueño.
Pero
como Vos le amáis, / dáisle voces al perdido, / y él no responde,
dormido; / porque despierte, lloráis”.
2.
Jesús nació entonces, hace dos milenios, y nace hoy como Salvador en un mundo
necesitado de salvación. Y no pensemos sólo en un mundo lejano, en los
atentados terroristas que siguen sembrando la muerte, o en la permanente guerra
en la tierra que vio nacer a Jesús. Celebramos el nacimiento del Salvador hoy
en un mundo necesitado de salvación por las infinitas injusticias que oprimen y
explotan sin compasión a millones de hombres, mujeres y niños. Levantando la
mirada al mundo, no podemos decir que los hombres y las mujeres del siglo XXI no
necesitamos de salvación ni de ningún Salvador: hay demasiadas víctimas por
las cunetas del ancho mundo. Pero si miramos a nuestro interior, a nuestras
familias, a nuestro alrededor más próximo, comprobamos que también nosotros
estamos necesitados de salvación: necesitamos ser liberados del egoísmo, que
nos encierra en nosotros mismos y nos hace rechazar a los demás; nos domina con
frecuencia el materialismo; a veces, en la práctica, vivimos como si Dios no
existiera. Por eso, más allá de las muchas cosas buenas que puede haber -y
habrá- en cada una y en cada uno
de los aquí presentes, tenemos que admitir humildemente que también nosotros
necesitamos ser salvados, que hay zonas oscuras en nuestro interior que
necesitan ser iluminadas. Y por eso estamos aquí esta mañana de Navidad,
celebrando con alegría y confianza el misterio del Nacimiento de la Vida, del
Amor, de la Gracia por nosotros y para nosotros.
3.
Jesús no ha venido en balde; con su Nacimiento comenzó la verdadera historia
de salvación que nos llena de gozo y de esperanza. A pesar de todos los pesares
que afligen al mundo, en el día de Navidad reavivamos la esperanza que nos
impulsa a creer firmemente que la historia del hombre no es un callejón sin
salida que conduce a la destrucción y a la nada. Al contrario, la meta del
hombre es la realización plena, perfecta y definitiva de todas sus aspiraciones
en Dios, en el encuentro con Dios. En el misterio de Navidad celebramos que el
Hijo de Dios, con su encarnación y nacimiento, se ha unido en cierto modo con
todo hombre (GS 22), y por eso, por esta unión admirable de Dios con el hombre,
nuestra vocación última es la vida eterna. Para eso nació nuestro Señor
Jesucristo, el Salvador del mundo.
Al
Hijo de Dios cantemos, / ¡ay, gracia desenfrenada!, / ni los cielos sospecharon
/ que el mismo Dios se encarnara.
¡Oh
gracia para adorar, / que nunca cupo más alta! / Tú, para hacernos divinos, /
humano a nosotros bajas.
Cantad,
creaturas todas, / que todas estáis salvadas, / y con la boca quedaos / al
Padre diciendo: ¡Gracias!.