"¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!". Hoy, en la fiesta de la SS. Trinidad, podemos también nosotros hacer nuestra la exclamación del Salmista: "qué admirable es tu nombre en toda la tierra".
La admiración es el principio de la fe. El 'nombre' de Dios es su gloria, es el resplandor que surge de su misterio divino absolutamente inescrutable y que nosotros podemos rastrear en sus obras admirables, y en primer lugar, en la obra de la creación. El cielo, la luna y las estrellas, todo lo que existe es obra suya, y de tal manera suya que el Salmista dice "obra de tus dedos", para indicar la íntima y personal implicación de Dios en la creación. Hoy es importante recuperar esta confesión de fe, el primer artículo del Credo: "Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible". ¡Dios Padre Creador! De una forma o de otra, por unos medios o por otros, se nos está inoculando la idea de que el mundo, el cosmos, las estrellas más remotas, el universo entero está ahí por una pura casualidad, por una explosión original de no sé qué gases hace miles de millones de años. En esta explicación aparentemente científica, Dios no aparece para nada. Pero si Dios no está en el origen del universo, porque éste es fruto de una gigantesca explosión, si tampoco está en el origen del hombre porque éste es un producto, también casual, de la evolución de los primates, pues entonces es que Dios no existe. Si él no ha hecho nada de lo que hay, si de él no viene nada, entonces es fácil concluir que Dios es sólo una pura ficción del hombre. Pero el nombre de Dios es admirable por toda la tierra: nada ni nadie puede arrancar del corazón del hombre el rastro de Dios presente en su creación; se explique como se explique la creación es obra de Dios, y por eso la creación refleja el poder de Dios, y por eso su gloria inunda el universo. En el precioso y poético texto del libro de los Proverbios que hemos leído, aparece la Sabiduría acompañando a Dios en la obra de la creación; la Sabiduría es símbolo del Hijo, por quien todo fue hecho, y sin él no se hizo nada de cuanto existe, como dice el prólogo del evangelio de san Juan. Por medio de la Sabiduría Dios Padre creó todas las cosas, ordenó el mundo, dispuso y planificó todo lo que existe. Al hablar de la Sabiduría, la Sagrada Escritura nos está diciendo que la creación no es una obra sin sentido, surgida por casualidad, sino que todo tiene su porqué y todo responde a un plan de Dios: las leyes que rigen el universo son fruto de la Sabiduría de Dios. El Hijo es la Sabiduría del Padre: por eso existe antes que todas las cosas y está al comienzo de todas ellas.
Pero junto con la obra admirable de la creación, el misterio de Dios se nos revela en la obra aún más admirable de la redención. El Apóstol nos asegura que "ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo". ¿Qué significa eso de recibir la justificación? Pues que Dios nos ha envuelto en su justicia, o sea, en su santidad, nos ha dado participación en su mismo ser divino: estamos, pues, en paz con Dios. Pero no por nosotros, ni por nuestros méritos, sino "por medio de nuestro Señor Jesucristo". Jesucristo, el justo, el único justo, al hacerse uno de nosotros nos ha comunicado su justicia, su santidad, si es que nosotros la acogemos en la fe. Por eso dice el Apóstol que somos justificados por la fe. Jesucristo ha obrado la reconciliación del hombre con Dios con su muerte en la cruz: estamos en paz con Dios gracias a él y por medio de él. Aceptar este inmenso e inmerecido regalo es la fe, pero una fe que cambia la vida. Ante la contemplación del don que se nos ofrece, ante la grandeza del amor que Dios nos ha manifestado en la entrega de su Hijo, la fe no se queda en palabras, no se contenta con piadosos pensamientos, sino que empuja al hombre a entrar con todo su ser en la órbita de Dios, a dejarse transformar por su gracia.
Y así aparece en escena la tercera persona de la SS. Trinidad, el Espíritu Santo. El domingo pasado celebrábamos Pentecostés, la venida del Espíritu sobre la Iglesia, una venida para quedarse, para estar siempre con nosotros. Su obra es la santificación de los fieles, la transformación de todo lo creado. Esta es la esperanza que mueve el mundo: que aquello que Dios creó al principio llegue a su plenitud al final de la historia. Y esta confianza la tenemos "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado". La prenda y la garantía del amor de Dios es el Espíritu Santo que actúa dentro de nosotros, que nos orienta hacia Cristo, único camino que conduce al Padre, que nos hace acoger y gustar sus palabras, las palabras de vida que él nos dejó como guía y alimento de la fe. El Espíritu Santo es la fuente de agua viva que procede de Dios y apaga la sed durante el camino. Lo que Cristo hizo por nosotros en obediencia al Padre, y por nuestro amor, el Espíritu Santo nos lo comunica, nos lo actualiza en la sagrada liturgia: él actúa en los sacramentos, y en particular, en la eucaristía, para hacer de ellos signos reales de la presencia y de la acción redentora de Cristo. En esta fiesta de la SS. Trinidad también nosotros decimos: ¡qué admirable es tu nombre, Señor, en toda la tierra! Admirable por la obra de la creación, por la obra de la redención y por la obra de la santificación, todo ello resumido y concentrado en la Eucaristía donde el hombre es santificado y Dios es perfectamente glorificado