FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

Pr 8,22-31; Sal 8; Rom 5,1-5; Jn 16,12-15

 

José María de Miguel González OSST

 

- I -

 

¿Cómo acercarnos al misterio santo de Dios? ¿Qué sabemos nosotros de su ser, de su naturaleza, de su identidad? ¿Quién es Dios, cómo es Dios? ¿Qué piensa Dios de nosotros, cuál es su proyecto respecto de nosotros? Son preguntas importantes, preguntas que siempre han inquietado al hombre, naturalmente al hombre y a la mujer que no se contentan con vivir al día y apurar el instante.

 

Al misterio de Dios sólo podemos acercarnos de la mano de él mismo, al conocimiento de Dios sólo tenemos acceso si él nos abre el camino. Ese es el sentido y razón de ser de la revelación: decirnos Dios quién es él y quiénes somos nosotros para él. Toda la Sagrada Escritura es la crónica de este progresivo desvelarse del misterio de Dios, su salir al encuentro del hombre para llevarnos a la comunión de vida con él introduciéndonos en su mismo ser divino.

 

Las lecturas bíblicas de este domingo de la Santísima Trinidad nos permiten asomarnos de algún modo al misterio de Dios, entreabren una puerta para contemplarlo como él es, y como se comporta con nosotros. En el fondo, como principio y fundamento, está el Padre, de quien procede todo y a quien todo retorna. La obra de la creación se remite por entero a él, que por eso, por ser el Creador es el Padre de la vida y de todo lo que existe. Pero el Padre no actúa solo, sino por medio del Hijo, que en la lectura del libro de los Proverbios aparece prefigurado en la Sabiduría, que acompaña al Padre en todas sus obras, desde el principio, desde toda la eternidad: “Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo..., cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él..., jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres”. La primera noticia que nos llega de Dios nada más abrir los ojos al venir a este mundo, es justamente el mundo que nos rodea, es su obra magnífica, las altas montañas, los valles profundos, los ríos caudalosos, los océanos inmensos, el sol y las estrellas siempre en llama viva para darnos luz y calor: la obra del Creador nos entra por los ojos, por los oídos, por los sentidos, ventanas del alma, que nos abren al mundo exterior y nos ponen en comunión con lo otro y con los otros. Todo es obra de los dedos de Dios, de su cuidado amoroso, de su solicitud de Padre, fuente y origen de la vida. Al contemplar la obra de la creación, “la luna y las estrellas que has creado”, espontáneamente surge la pregunta por su Autor, por el Autor de tanta belleza, verdad y bondad plasmada en todos los rincones del Universo, desde los espacios infinitos hasta las partículas invisibles de la materia. En todo resplandece el nombre de Dios, es decir, el resplandor de su gloria, la huella de su presencia, la que él ha dejado en sus obras admirables. Y entre todas, el hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza. El ser humano del cual Dios se acuerda, y a quien le ha dado poder, para que perfeccione su misma creación: “Le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajos sus pies”. La creación es el mejor retrato de su Autor, en ella se refleja el Dios Padre “Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible”.

 

Pero el hombre, a pesar de ser cumbre y cima de la creación, a quien Dios entregó todo lo que hizo para que lo cuidara y perfeccionara, no se mantuvo fiel, no correspondió a la confianza en él depositada por Dios. Y prefirió recorrer los propios caminos de espaldas a Dios. Pero el Padre Creador no se dio por vencido, no renunció a su criatura. Por eso, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo nacido de mujer, para librarnos de toda forma de esclavitud, y regalarnos el don de la filiación divina adoptiva. A quien lo acoge en la fe, el Padre le otorga la justificación, es decir, la paz con él y consigo mismo. Jesucristo, el Hijo único del Padre, fue enviado para realizar la obra de la redención humana. Cuando el Apóstol dice que “hemos recibido la justificación por la fe por medio de nuestro Señor Jesucristo”, está diciendo que el Padre nos ha perdonado, nos ha vuelto a ofrecer su amistad y comunión de vida. Y todo en atención a su Hijo, por la obediencia hasta la muerte de su Hijo. Ahora bien, así como entonces, al comienzo del tiempo, el Hijo estaba junto al Padre cuando realizaba la obra de la creación del mundo y del hombre, en el Viernes Santo es el Padre el que está junto al Hijo cuando da su vida por nosotros: en la cruz estaba el Padre reconciliando al mundo consigo, dice san Pablo (2Cor 5,19).

 

Pero del misterio de Dios tal como se nos ha revelado y que hoy celebramos de una manera particular, forma parte el Espíritu Santo. No es que el Espíritu no interviniera o estuviera ausente en la obra de la creación y de la redención; al contrario, la Biblia dice que al comienzo de la creación el Espíritu aleteaba sobre la faz del abismo, y de él se dice también que es el aliento vital infundido por Dios para dar vida. Igualmente la carta a los Hebreos nos asegura que Cristo ofreció su vida en sacrificio por nuestro amor bajo la guía y el impulso del Espíritu Eterno (9,14). El Espíritu Santo es la presencia viva y personal de Dios en la Iglesia y en el corazón de todo creyente: la gracia, la bondad, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. A la ascensión del Señor sigue la venida del Espíritu Santo, para indicarnos que él es la nueva y definitiva presencia de Dios en el mundo hasta el final de los tiempos. Pero así como conocemos al Padre por el Hijo, puesto que el Hijo es el rostro humano de Dios que los hombres han podido contemplar, del mismo modo conocemos al Espíritu Santo por Jesucristo. Él nos prometió su venida en la Última Cena. El Espíritu viene para llevar a plenitud la obra de Jesús. Los apóstoles no estaban en condiciones de comprender enteramente el proyecto de Jesús, sus palabras y obras. Por eso tenía que venir el Espíritu a abrir las mentes y el corazón de los discípulos, para que entendiesen el misterio del que habían sido testigos: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Esta es la misión del Espíritu en la Iglesia, en medio de los discípulos: conducirnos a Cristo, para que él nos lleve al Padre, principio y término de todo cuanto existe.

 

Empezábamos preguntándonos por Dios, como es Dios. Pues bien, este es el misterio de Dios que nos reveló Jesús, y que hoy celebramos y adoramos de un modo explícito y solemne: Dios Padre creador, Dios Hijo redentor, Dios Espíritu santificador. El misterio del único Dios vivo y verdadero en tres Personas distintas, el misterio de la Santísima Trinidad. Es el misterio que confesamos en el Credo y que ahora nos disponemos a recitar.

 

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 - II -

 

"¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!". Hoy, en la fiesta de la SS. Trinidad, podemos también nosotros hacer nuestra la exclamación del Salmista: "qué admirable es tu nombre en toda la tierra".

        

La admiración es el principio de la fe. El 'nombre' de Dios es su gloria, es el resplandor que surge de su misterio divino absolutamente inescrutable y que nosotros podemos rastrear en sus obras admirables, y en primer lugar, en la obra de la creación. El cielo, la luna y las estrellas, todo lo que existe es obra suya, y de tal manera suya que el Salmista dice "obra de tus dedos", para indicar la íntima y personal implicación de Dios en la creación. Hoy es importante recuperar esta confesión de fe, el primer artículo del Credo: "Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible". ¡Dios Padre Creador! De una forma o de otra, por unos medios o por otros, se nos está inoculando la idea de que el mundo, el cosmos, las estrellas más remotas, el universo entero está ahí por una pura casualidad, por una explosión original de no sé qué gases hace miles de millones de años. En esta explicación aparentemente científica, Dios no aparece para nada. Pero si Dios no está en el origen del universo, porque éste es fruto de una gigantesca explosión, si tampoco está en el origen del hombre porque éste es un producto, también casual, de la evolución de los primates, pues entonces es que Dios no existe. Si él no ha hecho nada de lo que hay, si de él no viene nada, entonces es fácil concluir que Dios es sólo una pura ficción del hombre. Pero el nombre de Dios es admirable por toda la tierra: nada ni nadie puede arrancar del corazón del hombre el rastro de Dios presente en su creación; se explique como se explique la creación es obra de Dios, y por eso la creación refleja el poder de Dios, y por eso su gloria inunda el universo. En el precioso y poético texto del libro de los Proverbios que hemos leído, aparece la Sabiduría acompañando a Dios en la obra de la creación; la Sabiduría es símbolo del Hijo, por quien todo fue hecho, y sin él no se hizo nada de cuanto existe, como dice el prólogo del evangelio de san Juan. Por medio de la Sabiduría Dios Padre creó todas las cosas, ordenó el mundo, dispuso y planificó todo lo que existe. Al hablar de la Sabiduría, la Sagrada Escritura nos está diciendo que la creación no es una obra sin sentido, surgida por casualidad, sino que todo tiene su porqué y todo responde a un plan de Dios: las leyes que rigen el universo son fruto de la Sabiduría de Dios. El Hijo es la Sabiduría del Padre: por eso existe antes que todas las cosas y está al comienzo de todas ellas.

        

Pero junto con la obra admirable de la creación, el misterio de Dios se nos revela en la obra aún más admirable de la redención. El Apóstol nos asegura que "ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo". ¿Qué significa eso de recibir la justificación? Pues que Dios nos ha envuelto en su justicia, o sea, en su santidad, nos ha dado participación en su mismo ser divino: estamos, pues, en paz con Dios. Pero no por nosotros, ni por nuestros méritos, sino "por medio de nuestro Señor Jesucristo". Jesucristo, el justo, el único justo, al hacerse uno de nosotros nos ha comunicado su justicia, su santidad, si es que nosotros la acogemos en la fe. Por eso dice el Apóstol que somos justificados por la fe. Jesucristo ha obrado la reconciliación del hombre con Dios con su muerte en la cruz: estamos en paz con Dios gracias a él y por medio de él. Aceptar este inmenso e inmerecido regalo es la fe, pero una fe que cambia la vida. Ante la contemplación del don que se nos ofrece, ante la grandeza del amor que Dios nos ha manifestado en la entrega de su Hijo, la fe no se queda en palabras, no se contenta con piadosos pensamientos, sino que empuja al hombre a entrar con todo su ser en la órbita de Dios, a dejarse transformar por su gracia.

        

Y así aparece en escena la tercera persona de la SS. Trinidad, el Espíritu Santo. El domingo pasado celebrábamos Pentecostés, la venida del Espíritu sobre la Iglesia, una venida para quedarse, para estar siempre con nosotros. Su obra es la santificación de los fieles, la transformación de todo lo creado. Esta es la esperanza que mueve el mundo: que aquello que Dios creó al principio llegue a su plenitud al final de la historia. Y esta confianza la tenemos "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado". La prenda y la garantía del amor de Dios es el Espíritu Santo que actúa dentro de nosotros, que nos orienta hacia Cristo, único camino que conduce al Padre, que nos hace acoger y gustar sus palabras, las palabras de vida que él nos dejó como guía y alimento de la fe. El Espíritu Santo es la fuente de agua viva que procede de Dios y apaga la sed durante el camino. Lo que Cristo hizo por nosotros en obediencia al Padre, y por nuestro amor, el Espíritu Santo nos lo comunica, nos lo actualiza en la sagrada liturgia: él actúa en los sacramentos, y en particular, en la eucaristía, para hacer de ellos signos reales de la presencia y de la acción redentora de Cristo. En esta fiesta de la SS. Trinidad también nosotros decimos: ¡qué admirable es tu nombre, Señor, en toda la tierra! Admirable por la obra de la creación, por la obra de la redención y por la obra de la santificación, todo ello resumido y concentrado en la Eucaristía donde el hombre es santificado y Dios es perfectamente glorificado