“Alabad todos al Salvador, alabad a Cristo guía y pastor de su pueblo, con himnos y cánticos”. Este es el día del Corpus Christi, día de bendición y acción de gracias porque Cristo vive en medio de nosotros, porque Cristo nos acompaña en nuestro peregrinar por este mundo, día de alegría porque Cristo no nos ha dejado solos, porque ha querido quedarse con nosotros en el sacramento de la Eucaristía. La fiesta del Corpus es la celebración gozosa y solemne del Santísimo Sacramento que Jesús nos dejó el Jueves Santo: en aquella última cena, antes de sufrir la muerte por nuestra salvación, instituyó este sacramento admirable y lo dejó a la Iglesia como memorial perpetuo de su sacrificio. Aquella noche de pascua, la última de su vida, mientras cenaba con sus discípulos tomó el pan, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por nosotros”. Después, cogió el cáliz y lo pasó a los discípulos diciendo: “Este es el cáliz de mi sangre”, sangre de la alianza nueva y eterna, del pacto de amistad definitivo entre Dios y los hombres. En el pan partido y en el cáliz quiso Jesús anticipar su entrega a la muerte por nosotros, y quiso que aquel mismo gesto lo repitieran y recordaran sus discípulos hasta su vuelta, hasta el final de la historia: “Haced esto –les dijo- en memoria mía”. La Eucaristía es la memoria viva de Jesús, no es un simple recuerdo que nos remite al pasado, a algo que fue pero que ya no será más: en el sacramento de la Eucaristía, en aquel gesto de entrega del pan y del vino, Jesús se hace realmente presente por la fuerza del Espíritu Santo. No recordamos algo simplemente pasado, sino algo pasado, la última cena de Jesús, que se hace presente y actual para nosotros en la fe.
Jesús murió por todos una vez en aquel primer Viernes Santo de la historia, pero los frutos de esa muerte, el que nosotros ahora y aquí, casi dos mil años después, podamos participar y beneficiarnos de ellos eso sólo es posible porque el sacrificio de la cruz se actualiza siempre en cada celebración de la santa misa, porque Cristo nos mandó que lo realizáramos incesantemente en memoria suya. En cada Eucaristía Cristo nos ofrece la salvación que él nos alcanzó con su muerte y resurrección. En la Eucaristía Cristo se hace realmente presente, pero no de cualquier manera y en cualquier situación de su vida, sino en el momento de dar su vida por nosotros, como resumen y recapitulación de lo que fue toda su vida. El Cristo de la Eucaristía es el Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación. La salvación pasa, por tanto, por la aceptación en la fe de este Cristo como se nos da en la Eucaristía. Por eso nos dejó dicho con mucha claridad: “El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Comulgar es, pues, entrar en la vida del mismo Cristo, o mejor, es dejarnos vivificar por Cristo: “Yo soy la vida”, nos dijo el Señor. Y por eso la Eucaristía es la prenda de la vida eterna, porque es Cristo mismo, el autor de la vida.
Jesús nos dejó el memorial de su entrega “por la vida del mundo” en los signos del pan y del vino, son los signos de una comida, los signos del banquete pascual, porque Cristo quiso quedarse como alimento, como viático, para el camino. Así como la vida humana nace, crece y se mantiene por el alimento que cada día ingerimos, así la vida del espíritu, la vida de la fe, la vida de Dios en nosotros se alimenta con el banquete eucarístico, en que Cristo mismo es nuestra comida, hacemos memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da en prenda la vida futura. Esto es la Eucaristía, en ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, Cristo mismo, pan vivo y vivificante, que da la vida por el Espíritu Santo.
En la última persecución del Imperio Romano desatada contra los cristianos a comienzos del siglo IV, hay un testimonio impresionante que merece la pena ser recordado: estaban reunidos un grupo de cristianos en una iglesia del norte de Africa, y cuando les imputaron el delito de reunión que conllevaba la pena de muerte, ellos respondieron: “Sin la Eucaristía no podemos vivir”. En efecto, un cristiano no puede vivir sin Cristo, y Cristo se nos hace presente y se nos da en la Eucaristía. ¿Qué pasa, entonces, cuando los cristianos dejan de ir a misa, cuando los jóvenes apenas pisan la iglesia? Pues que el cristianismo se va disolviendo poco a poco en medio de una sociedad altamente secularizada, pasa que los cristianos, por lo menos los cristianos verdaderos, van siendo menos. Sin Cristo no hay cristianismo; sin Eucaristía no hay cristianos. Esto es lo que nos recuerda la fiesta del Corpus que hoy celebramos solemnemente y con gran alegría, ya que no pudimos hacerlo el Jueves Santo, en el día de su institución, porque la pasión y muerte del Señor nos tenía sobrecogidos. El Corpus es el testimonio de esta presencia de Cristo, y de su obra de salvación, para que los cristianos podamos vivir de él y por él. Y por eso es también el día de la Caridad, como el Jueves Santo lo fue del amor fraterno, porque no se puede celebrar el amor de Cristo, cuya expresión máxima es la Eucaristía, sin celebrar el amor que nosotros debemos a los hermanos. En la Eucaristía se expresa y contiene el amor de Cristo por nosotros, y si la celebramos con sinceridad, la Eucaristía expresa y contiene también nuestro amor por los hermanos. Esta es la fiesta del Corpus, la fiesta de nuestro Salvador, de nuestro guía y pastor: a él sea la alabanza y la bendición por los siglos de los siglos.