ASCENSION DEL SEÑOR
- I -
“La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, porque él, que es la cabeza de la Iglesia, nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de su cuerpo”. Así resume la liturgia, en la oración que hemos rezado al comienzo de la misa, el sentido de la fiesta de la ascensión. Celebramos con gozo la ascensión de Jesucristo, ante todo por lo que a Él se refiere y por lo que a Él le afecta, pero en ella, en esta fiesta, estamos implicados todos, es algo que nos toca muy de lleno y muy íntimamente también a nosotros.
En la fiesta de la ascensión celebramos la plenitud de la victoria de Jesucristo sobre la muerte; es, por tanto, la culminación de la resurrección. Con la ascensión, se nos quiere dar a entender que Cristo, resucitado de entre los muertos, ha entrado definitivamente en el misterio de Dios de donde procedía: “salí del Padre y vuelvo al Padre”. A esto nos referimos cuando confesamos en el Credo que Cristo está sentado a la derecha del Padre, según la enseñanza del Apóstol cuando habla de “la fuerza poderosa que Dios desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo”. Aquél que había nacido en la marginación y pobreza de Belén, aquél que pasó como uno de tantos entre los hombres, sin llamar para nada la atención, aquél que predicó la buena noticia del Reino de Dios, y se acercó a los pobres, enfermos y pecadores para darles vida y salvación, aquél que fue rechazado y muerto en la cruz, hoy, en el misterio de la ascensión, sube al Padre con su cuerpo glorificado, el mismo cuerpo que nació de la Virgen María. La victoria de la resurrección se consuma, se visibiliza en la mañana de la ascensión: el que había muerto como un criminal, hoy “asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas”.
Entre la mañana de pascua y esta de la ascensión han pasado cuarenta días. Fueron días intensos de presencia y enseñanza del Resucitado a sus discípulos: “Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios”. Según el relato evangélico, que hemos proclamado, el mismo Señor aclaró a los apóstoles el sentido de su muerte y resurrección: les dijo que la pasión y la cruz no habían sido inútiles, que entraban en los planes de Dios, pues la victoria del amor sobre el egoísmo, la victoria de la vida sobre la muerte, el triunfo de la verdad sobre la mentira lleva consigo afrontar la muerte en la confianza de la intervención victoriosa de Dios. Durante aquellos cuarenta días, de la mañana de Pascua a la de la Ascensión, el Señor les ayudó a superar el escándalo de la cruz, haciéndoles ver que su muerte fue causa de salvación para todos los hombres. Por eso, antes de ascender al cielo, les dejó como misión principal dar a conocer al mundo entero esta buena noticia:“En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando pro Jerusalén”.
Con la ascensión se cierra aquella admirable aventura de Dios, del Hijo de Dios, que empezó en la encarnación, aquel tiempo único en que los hombres pudieron contemplar a Dios en la persona de Jesús, el Verbo de Dios hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Ahora vuelve al Padre de donde salió para cumplir la obra de nuestra redención. Pero vuelve con lo que tomó de nosotros, con su naturaleza humana, con su cuerpo glorificado. Por eso he dicho al principio que este misterio de la ascensión que hoy celebramos nos afecta a nosotros, pues el que penetra en el mismo misterio de Dios lleva consigo algo nuestro, nuestra condición humana salvada y glorificada. La resurrección y ascensión de Cristo nos implican a nosotros, son prueba y garantía de nuestro propio destino: si morimos con Cristo resucitaremos con él, y con él ascenderemos hasta el misterio del Dios vivo. Como esto es algo que nos desborda y supera completamente, el Apóstol nos desea que Dios, el Padre de la gloria, “ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”. La fiesta de la ascensión es una llamada a la esperanza, a contemplar la meta que nos aguarda, que es Dios mismo, como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y por eso el final de la vida del hombre sobre la tierra será, como en Cristo, el sepulcro vacío, o sea, “la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro”. Pero para ser testigos de esta esperanza en un mundo incrédulo y materialista, para anunciar a todos la buena noticia de la salvación y del perdón de los pecados, Jesús nos promete el Espíritu Santo. No se va y nos deja solos, no asciende al cielo y se olvida de nosotros: “dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo... Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos hasta los confines del mundo... Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido para que os revistáis de la fuerza de lo alto”. El encargo que Jesús nos dejó en su ascensión sólo lo podemos llevar a cabo con la fuerza del Espíritu, el mismo Espíritu que lo sostuvo a él en la realización de la obra de la redención, actúa ahora en la Iglesia y en cada uno de nosotros para que seamos testigos del amor de Dios manifestado en Cristo.
Como hicieron los apóstoles, reunidos con María, la Madre del Señor, oremos durante esta semana para que la venida del Espíritu en Pentecostés nos transforme en verdaderos testigos de la esperanza que Cristo nos abrió con su resurrección y que hoy ha culminado en su ascensión a los cielos.
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- II -
Uno de los más grandes poetas de la lengua castellana, Fray Luis de León, comienza así su oda a la Ascensión:
"¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
en soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?"
El Señor asciende entre aclamaciones, canta el salmista, y el poeta lamenta la partida, porque
"Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dónde volverán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura
que no les sea enojos?
Quien gustó tu dulzura
¿qué no tendrá por llanto y amargura?".
No cabe duda que la partida del Señor el día de la ascensión tuvo que afectar a los apóstoles en lo más hondo del alma; al ver alejarse al Señor y entrar en la nube, símbolo de la gloria de Dios, se sentirían huérfanos, casi desamparados, incapaces de reaccionar. Por eso nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles que, "mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse".
Al tiempo que el Señor se va se nos anuncia su segunda venida, para indicarnos que no se marcha para desentenderse de nosotros, que no se va al 'inmortal seguro' abandonándonos a nosotros a nuestra suerte, a nuestra mala suerte, que él desde la gloria del Padre vela por nosotros, está con nosotros, intercede por nosotros: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Lo que esto significa nos lo recordará luego bellamente el prefacio de esta misa de la ascensión: "No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino".
Esta es la esperanza que nos hace superar la tristeza por la partida del Señor y nos impulsa a llevar adelante su obra. Por eso, aquellos hombres vestidos de blanco nos invitan también hoy a nosotros a no quedarnos plantados mirando al cielo, sino a cumplir su encargo de "de hacer discípulos de todos los pueblos, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que él nos ha mandado”.
En el día de la Ascensión, Dios Padre desplegó en Cristo su fuerza poderosa "resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo". El Catecismo de la Iglesia Católica se nos enseña que "por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad", aquel mismo honor y gloria que el Hijo tenía desde toda la eternidad junto con el Padre y el Espíritu Santo, aquel honor que ahora recibe en su humanidad glorificada, en una carne como la nuestra.
En el día de la ascensión ha sido glorificada nuestra propia condición humana, que el Hijo de Dios hizo suya con la encarnación. En el día de hoy el Señor nos ha abierto el camino a la gloria, pues él "fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad".
Algo tan grande y tan por encima de nuestras posibilidades que el Apóstol pide a Dios que "ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos".
La fiesta de la ascensión es como la culminación de la resurrección; el Señor Jesús, después de su resucitar de entre los muertos, se quedó con sus discípulos, "dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios". Se quedó para confirmarles en la fe de su resurrección, en la verdad del Evangelio del reino que había recibido de sus labios y para prepararles a la venida del Espíritu Santo que habría de cambiar los corazones de los discípulos; por eso, nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles que "una vez que comían juntos les recomendó: No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado, Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo". Este es el misterio que celebraremos el próximo domingo de Pentecostés, pero ya desde ahora se nos invita a prepararnos lo mejor que podamos para recibir el don de Dios, el Espíritu Santo, que el Padre nos enviará por medio de su Hijo, ascendido hoy a lo más alto del cielo "como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos". Demos, pues, gracias a Dios en este día, porque la ascensión del Señor al cielo abre el camino del Espíritu Santo hacia nosotros.