VIERNES SANTO
José
Mª. de Miguel
"¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te
he ofendido? Respóndeme. Yo te di a beber el agua salvadora; tú me diste a
beber vinagre y hiel. Yo te levanté con gran poder, tú me colgaste del patíbulo
de la cruz. ¡Pueblo mío, qué te he hecho, en qué te he ofendido?".
En
esta tarde del Viernes Santo resuena con más fuerza que nunca aquella
dolorida queja de Dios a nosotros, su pueblo: "¿Qué
más pude hacer por ti?". Lo que Dios ha hecho por nosotros lo
sentimos en carne viva al contemplar a Cristo sufriente, maltratado, torturado
brutalmente. En esta tarde no podemos pensar en la muerte de Cristo sin
acercarnos al misterio hondo, abismal de su sufrimiento, sin contemplar el
rostro humano de Dios escupido, golpeado, bárbaramente profanado: "Desfigurado
no parecía hombre, ni tenía aspecto humano... Lo vimos sin aspecto atrayente,
despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores acostumbrado
a sufrimientos". Misterio de amor nunca visto.
El
Hijo único del Padre, que pasó haciendo el bien, curando las dolencias y
sufrimientos de los hombres, acogiendo a los más humildes y desheredados...
Jesús, que no hizo otra cosa en su vida que predicar y practicar el evangelio
del amor y de la misericordia... Este Jesús es rechazado incomprensiblemente
por aquel mismo pueblo que se benefició de su acción misericordiosa. Este
Jesús, que pasó haciendo el bien, es condenado a muerte, mientras se pide el
indulto de un asesino. Sobre el Inocente cae el castigo, mientras el criminal
es liberado.
El
odio misterioso de los hombres hacia Dios aparece con toda su crudeza en aquel
primer Viernes Santo de la historia. La cruz de Cristo no es sólo signo y
expresión de lo que Dios nos ama, sino también de lo que odian los hombres a
Dios. La cruz del Viernes Santo manifiesta la profundidad del amor de Dios por
nosotros, y la profundidad del pecado del hombre que llega hasta el asesinato
'legal' de Aquel que generosamente le había ofrecido la amistad y el poder de
llegar a ser hijos de Dios.
Pero
¿qué valor tendrá el hombre a los ojos de Dios? ¿En qué aprecio nos tendrá
Dios a los hombres, malos e ingratos, que no duda en enviar a su Hijo al
mundo, más aún, que no duda en entregarlo a la muerte por nosotros? El
Viernes Santo es el símbolo supremo, dado por Dios mismo, de la sacrosanta
dignidad del hombre, de todo hombre, pues por todos los hombres murió el Señor.
El Viernes Santo es el sacramento más expresivo y desconcertante del amor de
Dios. En él se nos descubre "la
profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario
sacrificio del Hijo". El Viernes Santo "habla
y no cesa jamás de hablar de Dios Padre, que es absolutamente fiel a su
eterno amor para con el hombre"(Juan Pablo II).
Esta
es la última palabra del Viernes Santo: Dios es fiel a su amor por nosotros,
incluso a pesar de nosotros. Nada más sublime podemos decir de Dios, nada más
consolador para el hombre: "Que por
mí solo muriera / Dios si más mundo no hubiera". Pues "me amó y
se entregó a sí mismo a la muerte por mí".
Esta,
es, hermanos, la buena noticia de la muerte de Jesús que celebramos esta
tarde del Viernes Santo, cuando
Era justo el mediodía
y estaba el Señor elevado,
y al verle crucificado
hasta el monte se dolía.
Era cruel la gritería
a lo lejos y a su lado,
y no quiso estar callado
el que todo lo sabía.
Siete palabras nos dijo
con voz de amor herida
dándole a su amor salida.
Con las siete nos bendijo
quien muriendo nos dio vida,
el Hijo de Dios, ¡el Hijo!
