JUEVES
SANTO
José
Mª. de Miguel
"Hermanos: Yo he recibido una tradición, que
procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la
noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias,
lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en
memoria mía".
Es
emocionante recordar esta tarde del Jueves Santo esas viejas palabras de san
Pablo. Cuando él las escribió habían transcurrido ya algo más de 20 años
desde que Jesús celebrara con sus discípulos la Ultima Cena, en la víspera de
su pasión y muerte. Esta tarde nosotros, casi dos mil años después,
continuamos celebrando aquella misma Cena del Señor, en memoria suya, como la
celebraron los apóstoles, como la celebró Pablo, como la han celebrado
innumerables generaciones de cristianos en tiempos de paz y en tiempos de
persecución, en democracia y en dictadura, en países ricos y en los suburbios
más pobres del Tercer Mundo, en hermosas catedrales góticas o bajo techumbres
de paja y barro. ¡Con qué admirable fidelidad ha cumplido la Iglesia el
mandato del Señor de celebrar la Eucaristía en memoria suya! La Iglesia nació
con la Eucaristía y de ella vive hasta la venida del Señor.
Aquí,
en este sacramento del Amor, instituido aquel primer Jueves Santo de la
historia, Jesucristo, el Señor, renueva sin cesar su entrega a la muerte por
nuestro amor en los dones consagrados del pan y del vino. Desde aquella Ultima
Cena, Jesús nos llama y nos invita continuamente a participar de su banquete,
en el que él mismo se nos da como alimento. Esto es lo que celebramos esta
tarde del Jueves Santo: la entrega de Jesús a los discípulos, la anticipación
sacramental de su muerte significada en los dones eucarísticos y en el gesto
profundamente expresivo del lavatorio de los pies.
Pero
¿para qué instituyó el Señor este sacramento admirable de la Eucaristía en
la cena de su despedida? Pues para 'perpetuar
por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz'.
La Eucaristía es el memorial de la muerte de Cristo. Lo que pasó una
vez en el Calvario, aquella muerte de Jesús por nuestra salvación, se hace de
nuevo realmente presente y actual cada vez que celebramos la Eucaristía. Lo que
Jesús hizo y mandó hacer en la Ultima Cena fue una anticipación de su muerte
redentora, y lo que nosotros celebramos en la Misa es la misma muerte de Cristo
en la cruz. Jesús se entregó a los apóstoles y, en ellos, a todos nosotros,
en el pan partido y en la copa de vino consagrado, y dijo: 'Haced
esto en memoria mía'. La Eucaristía es el sacrificio de Cristo, que la
Iglesia, por mandato expreso de su Señor, no ha dejado de celebrar desde sus orígenes
y lo seguirá celebrando hasta el fin del mundo, hasta la vuelta del Señor.
Cristo
dejó a la Iglesia este sacramento como memorial de su muerte y resurrección:
como memorial no como recordatorio, pues no nos limitamos a recordar algo
pasado, sino que aquello que dijo e hizo Jesús se hace realmente presente para
nosotros en el sacramento. Por eso nos ha dicho san Pablo: "Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz proclamáis
la muerte del Señor hasta que vuelva". Esto significa que cada vez que
comulgamos en el Cuerpo de Cristo, recibimos el mismo don de la redención que
él nos alcanzó con su muerte. La Eucaristía es el verdadero banquete pascual,
en el que se nos da como alimento Cristo mismo y, con él, todos los bienes.
Antes que ninguna otra cosa, la Eucaristía expresa el amor sin medida de
Cristo, que se ofrece al Padre como víctima inmaculada por nuestros pecados; es
la expresión de la entrega total: nada se reserva el Señor, todo lo da por
nosotros, hasta el punto de dársenos él mismo como alimento de salvación.
A
la vista de esta entrega sin reservas, no es de extrañar que Jesús, aquél que
'el Padre había puesto todo en sus manos,
que venía de Dios y a Dios volvía', aquél que, sin embargo, se pone a
lavar los pies de los discípulos, nos diga: 'Os
he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo
hagáis'. Jesús, el Maestro y Señor, se hace nuestro humilde servidor,
para que nosotros nos comportemos igualmente. Entre los discípulos de Cristo no
puede haber dominadores ni oprimidos, ni distinción de razas o de clases: todos
somos hermanos, porque Cristo, el Señor, se ha hecho hermano y servidor de
todos. La memoria eterna de su amor es la Eucaristía, y la expresión de la
autenticidad de nuestra fe cristiana es el amor fraterno, pues "este
es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado".
Por eso, sólo el que ama a su hermano puede participar del Amor de Cristo
contenido en este sagrado banquete. ¿Cómo podríamos celebrar esta tarde la
Ultima Cena del Señor si permaneciéramos insensibles ante el sufrimiento de
los hermanos que pasan necesidad?
Hoy
es el día del amor fraterno, como
para indicarnos que no se puede participar en la Eucaristía si no amamos de
verdad al hermano, especialmente al hermano pobre. Si Cristo se nos entregó a
nosotros sin reservarse nada para él, ¿cómo no vamos nosotros a hacer algo
por el hermano? Pues el Señor, después de dejarnos su Cuerpo eucarístico, nos
dejó también su mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he
amado. Ambas cosas constituyen su testamento memorial: la Eucaristía y el Amor
fraterno.