Domingo VI (C) Pascua

 

Hech 15,1-2.22-29; Sal 66; Ap 21,10-14.22-23; Jn 14,23-29

 

Recomendación, promesa y don

 

José María de Miguel González OSST

 

En vísperas de al Ascensión del Señor, de su partida de este mundo al Padre, la Iglesia nos recuerda hoy un breve fragmento del discurso de despedida de Jesús, que es como su testamento, y como tal lo hemos de acoger nosotros, sus discípulos, con veneración y amor, con profundo agradecimiento. En sus palabras encontramos una recomendación, una promesa y un don. Vamos a recordarlo brevemente.

           

            - En primer lugar, ¿cuál es la recomendación de despedida de Jesús a sus discípulos? Que le amemos de verdad poniendo por obra su enseñanza: "El que me ama guardará mi palabra", por el contrario, el que no me ama, no guardará mi palabra, no hará caso de ella, por mucho que con los labios diga otra cosa. Amar a Jesús significa cumplir su palabra, significa esforzarse por complacerle, por llevar a la práctica su doctrina, sobre todo, el mandamiento nuevo del amor fraterno. Esto no es una exigencia extraordinaria. Es algo que pasa también a nivel humano. La persona que ama se esfuerza por complacer a la persona amada, por agradarle en todo, aunque le cueste, aunque suponga sacrificios. Así es el amor verdadero: implica muchas veces renuncias por amor a la persona amada.

 

Jesús, con su ejemplo y con sus palabras, nos ha indicado un camino nuevo que da sentido y esperanza a nuestra vida; nos ha enseñado a ver el mundo, los acontecimientos de la historia con ojos nuevos, los ojos de la fe; también nos ha dado algunas pautas de comportamiento, resumidas todas en el mandato del amor fraterno. Ahora bien, ¿de qué manera influyen en nosotros, en nuestra vida, las enseñanzas de Jesús?, ¿las tenemos en cuenta como criterio de orientación y discernimiento precisamente en nuestro tiempo y en nuestra sociedad pluralista? ¿Cómo orien­tarse uno en la vida entre tantas opiniones, tantos programas diferentes y contradictorios, tantas propuestas para salvar los valores morales del naufragio? ¿Con qué palabra quedarse, a quién hacer caso, de quién fiarse?

 

            - Esforzarse por guardar su palabra, la palabra del Señor, es un signo de amor, es señal de que le amamos de verdad. Jesús nos invita a tomarle en serio, que es lo mismo que tomar en serio a Dios. Pues, al fin y al cabo, "la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió". Obedecer a Jesús es obedecer a Dios; amar a Cristo es amar al Padre. ¿Y qué ganamos nosotros con amar a Jesús poniendo en práctica su palabra? Pues nada menos que el don de la presencia de Dios vivo, de la Santísima Trinidad, en nuestro corazón. Esta es su promesa: al que me ama, "mi Padre lo amará, y vendremos a él haremos morada en él". Esta es la intimidad que brota del amor: del amor de Dios al hombre y del amor del hombre a Dios. Este es el regalo inmenso que el Padre hace a los que se esfuerzan por escuchar y obedecer a su Hijo. Él mismo nos lo recomendó encarecidamente: "Este es mi Hijo amado: escuchadle". Amor con amor se paga, dice la sabiduría popular. A poco que le demos nosotros a Dios, él se nos da todo entero, se digna habitar en nuestro interior, ser nuestro huésped y amigo. Por tanto, la recomendación que Jesús nos hace en la víspera de su partida, a modo de testamento, no es para sacar provecho él, sino para beneficiarnos a nosotros: seguirle a él es nuestra salvación, pues la salvación consiste en ser amados por Dios.

           

            - Pero en las palabras del Señor, además de una recomendación y una promesa, hay también un don: "El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho". ¡Con qué claridad nos revela Jesús, en el contexto de la última cena, el misterio trinitario de Dios! No hace grandes discursos, ni usa grandes palabras, para descubrirnos el secreto de Dios: Jesús, con toda sencillez, nos habla del Padre, de su Padre, y Padre nuestro, nos habla de sí mismo como el Hijo y nos habla del Espíritu Santo. Este es el Dios de los cristianos: el Dios que nos ha revelado Jesús. Y ¿qué nos dice el Señor del Espíritu Santo? Para empezar, le da un nombre muy significativo: le llama Paráclito, que quiere decir, Defensor. El Espíritu Santo, que Jesús nos promete, viene de Dios, es enviado por el Padre para que sea el defensor de los creyentes, es la fuerza de Dios que está presente en la Iglesia, en medio de nosotros. El Espíritu Santo es la memoria viva de Jesús, es el que nos ayuda a comprender y vivir el misterio de Cristo. Según la promesa de Jesús, el Espíritu Santo "será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho". Guardar la palabra de Jesús y penetrar en ella, en su valor para nosotros, como guía, luz y consuelo en la vida, esto es obra del Espíritu Santo.

 

Abrámonos, pues, a él, al Espíritu Defensor, para acoger con fruto la palabra del Evangelio y participar con fe en la Eucaristía: así seremos templo y morada de la Santísima Trinidad, cumpliéndose en nosotros la promesa de Jesús: "vendremos a él y haremos morada en él". ¡Hospedar a Dios Trino y Uno en nosotros!: nada menos que a esto estamos llamados, para esto nos ha redimido el Señor con su muerte y resurrección, y para esto, para hacer de nosotros el templo vivo de su presencia, nos invita a la mesa de su palabra y de su Cuerpo y Sangre en la sagrada Comunión. Que nos encuentre abiertos, disponibles y bien preparados; esta es nuestra petición en este sexto domingo de pascua, en la víspera de la ascensión.