DOMINGO VI (C)

 

Jer 17,5-8; Sal 1; 1Cor 15,12.16-20; Lc 6,17.20-26

 

Felicidad y desgracia

José María de Miguel González OSST

 

No existe una fuerza mayor para transformar el mundo, para cambiar las relaciones entre los hombres, para desterrar la guerra y la injusticia y la opresión, que el espíritu de las bienaventuranzas, que es el espíritu de Cristo mismo actuando en el corazón humano. Las bienaventuranzas antes que otra cosa, son un retrato de Cristo pobre y humilde, de Cristo príncipe de la paz, de Cristo perseguido y humillado. Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas... que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas" que Dios tiene reservadas para los que perseveren en este camino hasta el fin. Lo que Jesús fue, lo que él vivió, lo propone hoy a sus discípulos: 'vuestro es el Reino de Dios', si no ponéis el corazón en las riquezas, si no confiáis en vosotros mismos, en vuestro poder; pues si buscáis vuestra salvación en los bienes de este mundo, si creéis que la felicidad consiste en darle al cuerpo todo lo que pide, entonces "¡ay de vosotros, porque ya tenéis vuestro consuelo!". Si eso es lo que queréis, si con eso os conten­táis, si para vosotros no hay más ‘dios’ que el dinero, no alcanzaréis el Reino de Dios.

 

Las bienaventuranzas son el camino del Reino: el evangelio de la paz y de la justicia se abre paso en la tierra en la medida en que los hombres nos dejamos guiar por las bienaventuranzas; el Reino de Dios se hace presente en este mundo cada vez que un discípulo de Cristo trabaja por aliviar la pobreza y el sufrimiento de sus hermanos; el Reino de Dios se hace visible y cercano a través de todos aquellos que trabajan por la paz y se esfuerzan por superar el odio, la discordia, la envidia. Para poner en paz todas las cosas vino y murió el Señor. Por eso, si somos ins­trumentos de su paz estamos colaborando a la realización de la obra de la salvación, contribuimos a extender el Reino de Dios.

 

Quien vive según el espíritu de las bienaventuranzas vive la alegría del Reino de Dios: 'aunque los hombres os odien y os excluyan y os insulten por causa del Hijo del hombre, alegraos y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo'. Es la alegría de Cristo, la que él vivió siendo pobre y perseguido, la que comunica y experimentan sus discípulos; es la alegría de los mártires que morían entonando cánticos al Señor. Jesús, en las bienaventuranzas, predica la alegría, proclama el gozo de ser cristianos: ¡Dichosos vosotros! ¿Quién ha dicho que el cristianismo es tristeza y llanto? ¿Quién ha dicho que la fe es fuente de frustración y de temor? Pero si Jesús mismo ha llamado dichosos a sus discípulos. Los que tienen que temer, los que han de llorar, son los que oprimen y explotan a los pobres, los que rompen la paz y siembran el odio, los que no respetan la vida y justifican la muerte... a esos les dice Jesús: ¡ay de vosotros!

 

Las bienaventuranzas son la fuerza que nos dejó Jesús para transformar el mundo, para hacerlo más habitable y fraterno; las bienaventuranzas son el único camino para construir una civilización más humana, la civilización del amor, donde no haya amos y siervos, sino sólo hermanos. Cumplir las bienaventuranzas es abrir paso al Reino de Dios en nuestras vidas, en la familia, en el trabajo, en la convivencia social. Cristo, el primer resucitado de entre los muertos, el primer bienaventurado, nos invita hoy a compartir su felicidad, el gozo de la resurrección. Nos ha señalado el camino; sólo falta que lo sigamos. Y una manera concreta de seguir a Jesucristo en la recta dirección es el ejercicio de la caridad, la solidaridad con los pobres. Pues que nuestra solidaridad con los más necesitados brote del evangelio, de ese gran proyecto cristiano que son las bienaventuranzas. Porque Jesús mismo ha declarado que Dios ofrece su Reino a todos, empezando por los más pobres, por eso mismo los cristianos tenemos que atender con preferencia a los más necesitados: sólo así seremos bienaventurados y participaremos de la resurrección que Jesucristo nos alcanzó, pues “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos”.  Él es la prenda y garantía de nuestra propia resurrección que se nos asegura siempre de nuevo en la celebración de la Eucaristía.