Domingo V (C)

 

Is 6,1-2.3-8; Sal 137; 1Cor 15,1-11; Lc 5,1-11

 

SERVIDORES DE LA PALABRA

 

José María de Miguel González OSST

 

Es hermoso contemplar a Jesús rodeado de gente sencilla deseosa de escuchar su palabra: "La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios". También nosotros hoy, como todos los domingos, nos reunimos en la iglesia, convocados por el Señor, en torno a la mesa de la Palabra y a la mesa de la Eucaristía. Pero seguramente nosotros, tan avanzados en técnicas de comunicación, nos encontramos en peores condiciones que aquellos pescadores del lago de Galilea para oír la palabra de Dios. Las palabras de los hombres nos bombardean y aturden continuamente. Palabras tantas veces engañosas, palabras injuriosas, blasfemas, palabras hipócritas; las palabras seductoras del mundo son mucho más abundantes, sin comparación, que las palabras de verdad, de sinceridad, de justicia, de paz. En medio del torrente arrollador de tanta palabrería es difícil distinguir la verdad de la mentira, el engaño de la honradez, la sinceridad de la hipocresía. Y al final todas las opiniones nos parecen iguales, con lo cual certificamos la muerte de la verdad, como de hecho está sucediendo. Ocurre además que no raramente tenemos cerrados los oídos para la palabra de Dios, seducidos por otras palabras aparentemente más atractivas, más lisonjeras, más demagógicas, de modo que cuando se proclama la palabra de Dios en la liturgia, no siempre llegamos a percibir a Dios que nos habla, simplemente oímos palabras que no entendemos o a las que sencillamente no prestamos atención. Deberíamos preguntarnos en qué consideración tenemos a la palabra de Dios. Dios se ha dignado dirigirse a nosotros por puro amor, por pura gracia, por pura benevolencia; nos ha hablado para manifestarnos lo que él es, su propio misterio personal, y para decirnos lo que piensa de nosotros y enseñarnos el camino que conduce hasta él, y para ofrecernos una esperanza de vida eterna..., y nosotros apenas nos conmovemos: ¡que Dios nos hable y nosotros permanezcamos sordos o distraídos! A este respecto no conviene pasar por alto la advertencia de San Pablo: "Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe". La palabra de Dios es fuente de vida para el que la toma en consideración y se alimenta de ella. El Evangelio nos salva si lo mantenemos vivo, es decir, si acudimos a él, si lo leemos y meditamos, si permitimos que influya en nuestra vida personal, familiar y social, si nos dejamos guiar en nuestra conducta profesional o laboral por los valores evangélicos.

 

Los textos bíblicos de hoy destacan con fuerza la importancia del anuncio de la palabra. Pero naturalmente no basta con oírla; hace falta creer, adherirse, aceptar la palabra para que su siembra dé fruto en nosotros. Tanta importancia tiene la proclamación de la palabra para la salvación de los hombres que Jesús eligió a los discípulos fundamentalmente para eso: para que fueran por el mundo anunciando el evangelio, para que fueran servidores y ministros de la salvación que él nos alcanzó, como Isaías lo fue de Dios cuando lo llamó: “Entonces escuché la voz del Señor, que decía: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?. Contesté: Aquí estoy, mándame”. Los discípulos de Jesús hoy y aquí somos nosotros, por eso a todos nos corresponde dar testimonio, anunciar el evangelio allá donde nos encontremos, según nuestras posibilidades. En esta tarea apostólica todos estamos involucrados. Los padres de familia son los primeros que tienen el deber de iniciar a sus hijos en el conocimiento de Dios y en la práctica de los mandamientos. Esta es una grave responsabilidad. ¿Puede haber para unos padres cristianos tarea más hermosa que iniciar a sus hijos en el camino de la fe, en el trato con Dios, enseñándoles a rezar, leyendo con ellos la Sagrada Escritura, preparándoles para recibir los primeros sacramentos? Mientras no recuperemos el amor y la estima por la palabra de Dios nuestra fe no madurará, no se fortalecerá, nos mantendremos en el nivel de una rutina religiosa que se contenta con el cumplimiento formal del precepto dominical.

 

Jesús escoge la barca de Simón Pedro para predicar la palabra: “Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente”. Jesús confía especialmente a Pedro la misión de conducir a los hombres a la vida: “Rema mar adentro ye echad las redes para pescar... Desde ahora serás pescador de hombre”. Sólo la barca de Pedro consigue una gran redada de peces. Hay una profunda enseñanza en todo esto. Cristo ha querido confiar a Pedro la tutela de su evangelio, para que se conserve en su integridad y en toda su verdad a lo largo de los siglos. Hoy Pedro -Benedicto XVI- sigue anunciando al mundo el Evangelio de Jesucristo; él es el garante de la palabra de la verdad que Jesús confió a su Iglesia. Jesús nos sigue hablando desde la barca de Pedro, desde la Iglesia; tengámoslo presente cuando vengan otros, de innumerables sectas, llamando a nuestras puertas en nombre de Jesús. No os dejéis engañar: hoy, como entonces, Jesús nos habla desde la barca de Pedro. Pero también hoy como entonces lo hace a través de sus enviados. Los discípulos “sacaron las barcas a tierra, y, dejándolo todo, lo siguieron”. Seguir a Jesucristo para anunciar su palabra y celebrar su  salvación en los sacramentos, especialmente, en la eucaristía: esta es la invitación que sigue haciendo resonar el Señor, porque “la mies es mucha y los operarios son pocos”. Ojalá hubiera muchos dispuestos, como el profeta Isaías, a ofrecerse para la tarea: “Aquí estoy, mándame”. Más que nunca hoy el Señor necesita voluntarios para continuar derramando sobre el mundo el don de la salvación que él nos alcanzó con su muerte y resurrección.