DOMINGO IV(C)PASCUA
"Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna". En este breve texto evangélico de hoy, cuarto domingo de pascua, se habla principalmente de Jesús y sus discípulos, y se habla envuelto en un lenguaje simbólico que es necesario aclarar.
¿Qué se dice de nosotros en la lecturas que acabamos de proclamar? Que nosotros formamos parte del rebaño de Cristo, que es el Buen Pastor. Pero si a nosotros se nos califica como ovejas suyas, es para poner de relieve que él es el Buen Pastor que camina delante del rebaño, que lo conduce por caminos seguros, que lo alimenta en verdes pastizales, que lo defiende de los lobos dando incluso la vida por sus ovejas. Aplicar a Jesús el título de 'Buen Pastor' es más fácil que hablar de sus discípulos como de sus 'ovejas'. Hoy somos muy sensibles a la libertad individual, a la condición independiente de cada uno, a que nadie nos diga lo que tenemos que hacer ni por donde ir; todo lo contrario de la imagen de la oveja y el rebaño. A primera vista parece que huimos de la masificación del rebaño, pero es sólo en apariencia; nada más gregario que muchos comportamientos actuales. No se puede negar que estamos dominados por lo que se califica como pensamiento único: casi todo el mundo se comporta de la misma manera, va a los mismos sitios que la propaganda pone de moda, ve los mismos programas de TV, viste según los patrones que marca para cada estación la moda caprichosa, escucha la misma música, repite los mismos tópicos y sigue fielmente las instrucciones que se imparten desde los medios de comunicación. Gente que piense por cuenta propia, que actúe sin dejarse condicionar por la propaganda o por la presión del ambiente, gente que no le importa ir contra corriente, gente celosa de su libertad que no se acomoda fácilmente a los criterios que impone la llamada opinión pública, no hay tanta. Pero claro esto no conviene airearlo; es mejor que las cosas discurran como van, sin demasiadas reflexiones. Por eso, el lenguaje de Jesús en el evangelio de hoy acerca de él como Buen Pastor y de nosotros como sus ovejas resulta chocante, y para evitar confrontaciones incómodas lo pasamos por alto o lo declaramos arcaico.
Y, sin embargo, es un lenguaje que expresa quién es él y cuál es nuestra relación con él. Al decir que él es el Buen Pastor, el evangelio quiere, ante todo, diferenciarlo de nosotros, ovejas de su rebaño, o ciudadanos de su reino, o miembros de su cuerpo, del cual él es la cabeza. Cristo, como Pastor, va delante, no se confunde con nosotros, aunque por nosotros arriesga su vida y aun la da. El es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y les da la vida eterna y nadie las arrebata de su mano. En esta preciosa imagen de Jesús como Buen Pastor, y del pueblo como su rebaño, se describe esa relación amorosa de Dios con nosotros, relación toda ella tejida de atenciones, cuidados, protección y ayuda en los peligros. El Buen Pastor nos conoce a cada uno, en una relación personal e íntima, de padre y madre, de hermano y amigo, todo a la vez.
En justa correspondencia, de nosotros se espera que escuchemos su voz y que le sigamos. Las ovejas conocen la voz del Pastor, saben distinguirla de la de los extraños. Para llegar hasta Jesús, Buen Pastor, hay que reconocer su voz; entre miles de voces, entre centenares de palabras, como nos abruman a lo largo del día, la voz del Buen Pastor puede pasar desapercibida. Pero si no escuchamos su voz, no podemos seguirle, no seremos capaces de mantenernos como discípulos suyos. Porque somos cristianos si sabemos escuchar. Jesús es el Maestro, nosotros los discípulos. Ahora bien, ¿qué clase de discípulos serían aquellos que no están atentos al maestro, que no lo escuchan ni le hacen caso? Escuchar es la primera y más elemental señal de estima, de aprecio, de amor hacia aquel que nos habla, hacia el Maestro que nos enseña. Pero escuchar no es simplemente oír lo que otro nos está diciendo. ¡Cómo distinguimos enseguida quién es el que nos escucha y quién el que simplemente nos oye! Escuchamos a otra persona si confiamos en ella, si le damos crédito, si la acogemos con amor. Pues esta es la actitud que reclama de nosotros el Señor. "Mis ovejas escuchan mi voz". Escuchar a Jesús es creer en él, es confiar en él: así nos convertimos en discípulos suyos; así es como entramos en comunión de vida con él compartiendo su misma vida divina. Cuando nosotros acogemos la Palabra de Dios creyendo de verdad en ella, el Señor se nos entrega, nos abre de par en par las puertas de su corazón: "Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna".
El Señor nos conoce, es decir, nos ama; Jesús se descubre, se comunica a aquel que cree en él, que se toma la molestia de prestarle atención, de escucharle con calma y sosiego, de seguirle. A éste, Jesús le promete la vida eterna: "no perecerá para siempre". Esta es la esperanza inquebrantable de los discípulos de Jesús. A quien escucha su voz y le sigue, no le defraudará jamás: nadie podrá arrebatarnos de su mano ni de la mano del Padre, pues “el Señor es Dios, él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño”.