Domingo IV (C)  

 

(I)

Jer 1,4-5.17-19; Sal 70; 1Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30

 

Comienzo borrascoso

José María de Miguel González OSST

 

El texto evangélico que acabamos de proclamar es continuación del que escuchábamos el domingo pasado. Jesús se encuentra en la sinagoga de Nazaret para explicar el programa que va a desarrollar de parte de Dios. Ha sido enviado para dar la buena noticia de la salvación a los pobres, a los últimos, a los excluidos de toda esperanza; para dar la libertad a los cautivos por toda clase de impedimentos físicos o morales; para liberar a los oprimidos del yugo del opresor; para anun­ciar el año de gracia del Señor, es decir, la amnistía general que Dios ofrece gratuitamente a todos sin excepción.

 

Pues bien, Jesús afirma solemnemente ante todos en la sinagoga: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír". Con la misión de Jesús, con sus palabras y sus obras, Dios da cumpli­miento a sus promesas. Todo el Antiguo Testamento, toda la historia de salvación que empezó con la creación del mundo y se fue perfilando con Abrahán y los patriarcas, con Moisés y los profetas, todo eso alcanza su cumplimiento en Jesús, en él se cumplen todas las promesas que Dios hizo en otro tiempo a su pueblo. Cristo es la meta hacia la que tiende la antigua alianza; por eso él es el comienzo del Nuevo Testamen­to, de la nueva y eterna alianza de Dios con su pueblo.

 

¿Cuál fue la primera reacción espontánea de sus paisanos de Nazaret ante esta inaudita declaración de Jesús? "Todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios". Seguramente no llegaron a entender del todo lo que Jesús acababa de decir, pero le reconocieron como un profeta, como alguien por cuyos labios habla Dios, por eso aquello que les decía Jesús les parecía que venía de Dios, que eran palabras de gracia; y así era, porque la palabra de Jesús sanaba, curaba, consolaba, abría enormes horizontes a la esperanza de una vida diferente, de un mundo mejor y más justo. Era una palabra creadora de bien, de bondad, de perdón, sobre todo, por eso "se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios".

 

Pero a esta primera reacción espontánea de entusiasmo por su paisano, sigue rápidamente un comentario un tanto incrédulo: "¿No es éste el hijo de José?". Comienzan a poner en duda las palabras de Jesús, su reivindicación mesiánica, es decir, su presentación como el Mesías que Dios había prometido y anunciado desde antiguo para realizar la obra de la salvación. La duda se infiltra por la envidia: no soportan que uno al que han visto crecer, del que saben casi todo, del que conocen su familia, dónde y en qué trabaja..., no soportan que venga a darles lecciones, a enseñarles nada. Además, si quería hacer algo por su pueblo, podía haber empezado por ellos, por sus paisanos, por atender a las necesidades de los suyos. Es lo que Jesús percibe que le exigen: "Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm".

La contestación del Señor va en una doble dirección:

            - En primer lugar, a Dios no se le puede encerrar en el estrecho círculo de los parientes, del pueblo, de la raza, de la nación. Jesús ha sido enviado a ofrecer la salvación a todos los hombres, empezando por los que tienen mayor necesidad de ella. Además, a Dios no se le pueden imponer condiciones, ni decirle cómo tiene que distribuir su gracia.

            - En segundo lugar, Jesús denuncia en la actitud de sus paisanos una gran falta de fe llena de prejuicios: "¿No es éste el hijo de José?". Los prejuicios son los que nos impiden aceptar a las personas como son, de confiar en ellas; los prejuicios son como una venda en los ojos que nos incapacita para ver lo bueno que hay en los demás. Pues esta triste experiencia la vivió Jesús en propia carne: no pudo realizar en Nazaret ningún milagro porque sus paisanos no creían en él, porque no le aceptaron. Pero si ellos, los de casa, lo rechazaban, otros pueblos había que estaban deseando recibirle. Es lo que hizo Dios mismo en tiempos de Elías y de Eliseo, que en época de extrema necesidad socorrió a gentes que no pertenecían a Israel, porque también aquí, a los de dentro, les faltaba fe. Dios se vuelca y se da a los que confían en él, a los que creen en él, sean de la nación que sean. Esta apertura universalista de Jesús, este ofrecer la salvación a todos los hombres, este romper con las pretensiones mezquinas de los que pensaban que la salvación de Dios sólo les pertenecía a ellos, fue uno de los motivos más importantes que llevaron a Jesús a la muerte. Es lo que Lucas nos ha querido indicar al final del relato evangélico de hoy: "Al oír esto, [que Dios ofrece su gracia y su salvación a todos, que Dios en su soberana libertad no puede ser coaccionado por nadie], todos se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba". Todavía no había llegado su hora, pero la sombra de la muerte ya le acompaña desde el comienzo, como si los hombres no pudieran soportar la cercanía amorosa de Dios. Quizás por eso muchos le dan la espalda y no quieren saber nada de su gracia. Pero a Dios que nos ofrece salvación por medio del Evangelio y de la Eucaristía, nosotros lo acogemos aquí, cada domingo, con gozo y gratitud.

 

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Domingo IV (C)

 

Jer 1,4-5.17-19; Sal 70; 1Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30

 

La más grande es el amor

José María de Miguel González OSST

 

Para resaltar la primacía del amor sobre todo lo demás en la vida cristiana, San Pablo lo pone en relación con otros dones del Señor muy grandes como el don de hablar en lenguas, el don de la predicación y del conocimiento, el don de una fe capaz de mover montañas, o quizás más difícil todavía con la disposición a desprenderse de todo lo que uno tiene y darlo a los pobres, o a pasar por la muerte más terrible, dejarse quemar vivo... "Ya podría yo" hacer todo esto, tan grande, tan heroico, "si no tengo amor, de nada me sirve". ¿Por qué no me sirven de nada tantas cosas buenas, tantas limosnas, tantos donativos, tantos esfuerzos, tantos sacrificios y renuncias si no tengo amor? Pues porque sólo el amor nos acerca a Dios, nos hace semejantes a Dios, nos introduce en el ser mismo de Dios, pues "Dios es amor". La medida última y definitiva es el amor: "a la tarde te examinarán en el amor", según la bella sentencia de San Juan de la Cruz. Todos los dones, capacidades, saberes, posesiones, fortunas, fama... todo terminará, todo se acabará con la muerte, nada podremos llevarnos con nosotros; sólo el amor trasciende la muerte, y perdura más allá del sepulcro; sólo el amor entra en la vida de Dios. Este es nuestro billete para la vida eterna: el amor. Si amamos viviremos en Dios, porque "Dios es amor".

 

Pero como muchos hablan del amor, y confunden el amor con su contrario, con el egoísmo, o con la satisfacción desmedida de las propias pasiones, y a esto lo llaman amor, San Pablo se cuida mucho de precisar lo que entiende por amor.

Hablando en positivo, ¿qué es el amor? Y el Apóstol responde poniendo de entrada dos cualidades del amor: es comprensión y servicio.

            - El que ama es capaz de comprender al otro, incluso las debilidades del otro, es capaz de ponerse en el lugar del otro, porque él mismo conoce sus propias debilidades. Por eso el que ama no juzga al prójimo, al contrario, sabe disculpar los fallos de los demás, tiene aguante y paciencia, porque cree en la capacidad del otro para levantarse y regenerarse. Es el aguante y paciencia que tiene Dios con nosotros.

            - El amor es servicial: como el Señor, que no vino a ser servido, sino a servir, a servirnos, porque nos amaba y hasta el extremo de dar su vida por nosotros. En un mundo donde todo se mide y valora económicamente, donde no se hace nada gratis, los voluntarios, que son muchos, jóvenes y adultos, son los que hoy testimonian el amor como servicio generoso, gratuito: entre nosotros, con los ancianos y enfermos de Sida, en los países del Tercer Mundo, con los pobres, con los damnificados por las catástrofes y las guerras.

 

Pero el amor de que habla san Pablo tiene también otras connotaciones que merece la pena recordar:

            - ante todo, el amor no tiene nada que ver con la envidia. El envidioso no sólo no ama, sino que odia a su víctima, le desea lo peor, se alegra cuando es visitada por la desgracia. La envidia reseca el alma, la vacía de amor.

            - Tampo­co tiene nada que ver el amor con el orgullo, la soberbia, el revanchismo, la venganza, el rencor: "no lleva cuentas del mal"; quien se mueve por esos sentimientos está muy lejos del amor, y por tanto de Dios.

            - El amor huye de la mentira; la mentira es oscuridad y tiniebla, trabaja por lo bajo, mientras que el amor es luz, porque está estrechamente emparentado con la verdad: "goza con la verdad". El amor requiere transparencia y sinceridad que es la base de la mutua confianza; por eso donde reina la mentira no es posible el amor. Amor y verdad van juntos, como en Dios.

 

En definitiva, mientras estamos en este mundo vivimos de la fe, de la esperanza y del amor, pero de ellas "la más grande es el amor", porque "el amor no pasa nunca". Lo que quedará de nosotros es el amor, esto es lo que participa del ser de Dios, y por tanto de su eternidad, y por eso es lo más grande.

 

Que el Señor nos conceda vivir en el amor, vivir del amor; para eso celebramos cada domingo la eucaristía, el memorial perpetuo del amor de Cristo. Este es el manantial del amor más grande, este es el "camino mejor" que hoy nos ha señalado el apóstol San Pablo. Ojalá seamos capaces de recorrerlo, superando nuestros egoísmos: es el camino que conduce a la felicidad eterna.