DOMINGO IV (C) CUARESMA

 

Jos 5,9-12; Sal 33; 2Cor 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32

 

LA FIESTA DEL PERDÓN

 

José María de Miguel González OSST

Lo más llamativo de esta parábola de Jesús, que acabamos de escuchar, quizás sea el motivo que impulsó al Señor a pronunciarla. Dice el evangelista san Lucas que "se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle". Esto parecía que molestaba especialmente a aquella clase de gente que pasaba por muy religiosa y cumplidora, pues "los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos de Jesús diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos". Pues bien, Jesús sale al paso de esta murmuración justificando su comportamiento con la parábola del hijo pródigo. En ella aparece Dios -el Padre- acogiendo con los brazos abiertos al hijo que se había fugado de casa malgastando la herencia paterna. El comportamiento misericordioso de Jesús con los pecadores es un reflejo, una reproducción de lo que continuamente hace el Padre con cada uno de nosotros. Por eso, en la parábola, lo más importante no es la injusticia que comete el hijo pequeño con su padre ni tampoco la incomprensible reacción del hijo mayor, llena de resentimiento y de envidia hacia su hermano pecador: el centro de la parábola es la inesperada respuesta del padre a la petición de perdón de su hijo pequeño: "El padre dijo a los criados: sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo: celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado".

 

Este es el verdadero retrato de Dios, el más hermoso y conmovedor retrato de Dios, que Jesús nos ha dejado: nosotros podemos abandonar a Dios, despreciar sus dones, malgastar su herencia, es decir, su amor, su gracia, la herencia que nos corresponde como hijos de Dios. Dios no se opone. No quiere en casa hijos a la fuerza. Respeta nuestra libertad, aunque la usemos contra él. Pero, aunque nosotros renunciemos a ser hijos, Él, que es absolutamente fiel a sí mismo, no puede renunciar a ser padre. Este punto es, sin duda, el más hermoso y consolador de la parábola: Dios que es, desde siempre, Padre, no puede dejar de serlo, por más que nosotros nos empeñemos en negarlo renunciando a nuestra condición de hijos viviendo perdidamente.

 

Además, Dios sigue siendo Padre sobre todo de aquellos malos hijos que lo desprecian, de aquellos que se fugan de la casa paterna esperando -ilusoriamente- encontrar la felicidad y la libertad viviendo al margen de Dios. El hijo menor vivió entregado a los placeres de la vida, dejándose arrastrar por el vicio, pero no encontró, al final, la felicidad que se imaginaba; más bien se encontró totalmente vacío y abandonado de todo y de todos. Pues ese es el precio amargo del pecado: una soledad total, un vacío espiritual incolmable. Todo aquello en lo que hemos puesto la ilusión se desvanece. En el caso del hijo pródigo, sólo la memoria de lo que había dejado en la casa paterna le animó a volver: "Sí, me levantaré y me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti". Y ahora es cuando Jesús nos descubre el verdadero rostro de Dios: él no ha dejado nunca de ser padre. Ha estado esperando todos los días el retorno de aquel hijo; por eso cuando lo vio venir, el Padre "se conmovió, y echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos".

 

¿Será posible que Dios se comporte así con nosotros? ¡Dios que se conmueve cuando nos ve regresar! ¡Dios que le basta ver un poco de buena voluntad en nosotros para abrazarnos con su misericordia! ¡Dios que ordena celebrar un banquete cada vez que un hijo perdido es hallado con salud! Es la fiesta del perdón la que Jesús cuenta en esta parábola. A esta misma fiesta nos invita a cada uno de nosotros siempre, pero sobre todo durante este tiempo de cuaresma. Todos tenemos que pedir perdón al Padre; todos hemos malgastado parte de la herencia; todos hemos sido alguna vez hijos rebeldes. Por eso hoy resuena con fuerza la exhortación apremiante del apóstol Pablo: En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. Y la razón no puede ser más convincente: “Pues al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios”.

Volvamos al Señor, que él nos espera para abrazarnos de nuevo; no nos espera para echarnos en cara nuestro pecado. Todo lo contrario: nos espera para celebrar una fiesta, para volver a regalarnos su herencia. Volvamos al Señor, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Pues nuestra conversión es la alegría de Dios, como dijo Jesús: "habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión