Domingo
IV de Adviento (C
)
EN
LA ESCUELA DE MARÍA
Con
este cuarto domingo, el adviento, el tiempo de preparación a la Navidad, llega
a su fin. El próximo jueves celebraremos la gran fiesta cristiana, el
Nacimiento del Señor. Y hoy, los textos litúrgicos nos proponen la figura de
la Virgen Madre que acogió en su seno y dio a luz al Salvador. De la mano de
María nos acercamos a Belén: ella es la que mejor puede conducirnos a su Hijo,
por eso le pedimos en la Salve: "muéstranos a Jesús, fruto bendito de
tu vientre".
1. María, nueva Eva,
hija de Sión
La
importancia de María en el acontecimiento que vamos a celebrar, la destaca el
prefacio de esta misa que luego proclamaremos. En esta oración de acción de
gracias con que se abre la plegaria eucarística, se confrontan las figuras
de Eva, madre de los vivientes, y de María, madre de los creyentes. En los
planes de Dios, la Virgen aparece como la nueva Eva, como aquella mujer
enteramente fiel y obediente a Dios que dará a luz a Jesucristo, primogénito
de la nueva humanidad, de la humanidad salvada y redimida por él. Las
consecuencias negativas de la desobediencia de Eva, son reparadas por la
obediencia de María: "la gracia que Eva nos arrebató nos ha sido
devuelta en María". La Virgen se alza así como el prototipo de la
mujer fiel y creyente, y de ello dio solemne testimonio su prima Isabel: "¡Dichosa
tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá".
Esta actitud de entrega confiada a Dios y de acogida de su Palabra es la que, en
vísperas de la Navidad, nos recomienda la liturgia: acogeremos a Cristo que
viene, si nos abrimos a su gracia, si nos convertimos al amor de Dios y del prójimo.
Para eso ha sido el camino del adviento, que está llegando a su fin, para eso
hemos escuchado la llamada del Bautista y de los profetas a preparar el camino
del Señor, para eso celebramos en este tiempo el sacramento de la penitencia:
para abrirnos a la gracia de Dios y disponer nuestro corazón a recibir a Jesús,
en la noche santa de su Nacimiento. Todo el camino hacia la gruta de Belén
termina en esta actitud de la Virgen enteramente disponible para lo que Dios
quiera hacer en ella y de ella; y Dios pudo hacer por su Espíritu el milagro de
la encarnación, como canta bellamente el prefacio: "en el seno virginal
de la hija de Sión ha germinado Aquel que nos nutre con el Pan de los ángeles,
y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz". María,
la hija de Sión, la representante del pueblo fiel: ella es la tierra fecunda
que da fruto, y de este fruto bendito de su vientre vivimos nosotros: de
Jesucristo, que nació y murió por nosotros.
2. Aquí estoy
La
última palabra de María al ángel en el misterio de la anunciación fue: “Aquí
está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y la carta
a los hebreos afirma que Cristo cuando entró en el mundo dijo: “Aquí
estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. La Madre y el Hijo adoptan ante
Dios la misma disposición, la única actitud válida ante él: ‘Aquí
estoy’ para lo que tú quieras, ‘para hacer tu voluntad’. Pero
la voluntad de Dios no es una arbitrariedad, ni un ejercicio de despotismo: la
voluntad de Dios es nuestra salvación. Dios quiere que todos los hombres se
salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf 1Tim 2, 4). Toda la vida de
Jesús, desde que entró en el mundo, desde el nacimiento hasta la muerte,
estuvo orientada al cumplimiento de la voluntad del Padre. Con sus palabras,
gestos y acciones, en la soledad de la oración o en medio de la multitud, Jesús realizaba la voluntad del Padre: “Y conforme a
esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de
Jesucristo, hecha de una vez para siempre”. Pero
esta oblación o entrega de su persona en la muerte comenzó en el
nacimiento, cuando al entrar en el mundo dijo: ‘Aquí estoy... para hacer
tu voluntad’.
3. La caridad de María
En
este último domingo de adviento contemplamos a aquella que siendo la madre de
nuestro Señor, siendo bendita entre la mujeres por el fruto bendito de su
vientre, no tiene reparos en acudir presurosa en ayuda de su pariente Isabel.
Hoy miramos a la Virgen de Nazaret que llena de caridad "se puso en
camino y fue aprisa a la montaña", a casa de Isabel. Ella que había
sido elegida como madre del Mesías, corre enseguida a comunicar el amor que
llevaba dentro: "En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, le dice Isabel,
la criatura saltó de alegría en mi vientre". En el abrazo de aquellas
dos mujeres, una anciana que había sido estéril y por el poder de Dios daría
a luz a Juan Bautista, y otra joven, María de Nazaret, que, por obra del Espíritu
Santo, dará a luz al Mesías, está simbolizado el abrazo del amor de Dios con
la humanidad. Contemplamos hoy a María de camino a la montaña como sagrario
viviente de Dios: ella realizó entonces la primera y más hermosa procesión
del Corpus, pues llevaba en sí al Hijo del Altísimo. Esta es la Virgen inmaculada,
toda transparencia de Dios, toda llena de gracia, que nos va a dar a luz al
Autor de la gracia, Cristo Jesús. Por ella, el Dios eterno va a entrar en
nuestra historia, va a compartir nuestro destino, se va a hacer uno de
nosotros para rescatarnos de la muerte y del pecado y devolvernos a Dios.
Bajo
tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios, ayúdanos a celebrar
cristianamente el Nacimiento de tu Hijo haciéndole un hueco en nuestro corazón,
acogiéndole dentro de nosotros y en nuestras casas, abriendo nuestra
solidaridad y nuestra caridad fraterna a los que como a ti y al Hijo que llevas
dentro, nadie recibe, nadie acoge, nadie atiende; que la alegría de esa noche
santa sea por el Salvador que tú nos vas a dar; y que la paz y la felicidad que
él nos trae la sepamos nosotros comunicar a los demás en la familia, en el
trabajo, allá donde nos encontremos.