Domingo IV de Adviento (C )

Miq 5,2-5; Sal 79; Heb 10,5-10; Lc 1,39-45

EN LA ESCUELA DE MARÍA

José María de Miguel González OSST

Con este cuarto domingo, el adviento, el tiempo de preparación a la Navidad, llega a su fin. El próximo jueves celebra­remos la gran fiesta cristiana, el Nacimiento del Señor. Y hoy, los textos litúrgicos nos proponen la figura de la Virgen Madre que acogió en su seno y dio a luz al Salva­dor. De la mano de María nos acercamos a Belén: ella es la que mejor puede conducirnos a su Hijo, por eso le pedimos en la Salve: "muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre".

1. María, nueva Eva, hija de Sión

La importancia de María en el acontecimiento que vamos a celebrar, la destaca el prefacio de esta misa que luego proclamaremos. En esta oración de acción de gracias con que se abre la plegaria eucarística, se confrontan las figuras de Eva, madre de los vivientes, y de María, madre de los creyentes. En los planes de Dios, la Virgen aparece como la nueva Eva, como aquella mujer enteramente fiel y obediente a Dios que dará a luz a Jesucristo, primogénito de la nueva humanidad, de la humanidad salvada y redimida por él. Las consecuencias negativas de la desobediencia de Eva, son reparadas por la obediencia de María: "la gracia que Eva nos arrebató nos ha sido devuelta en María". La Virgen se alza así como el prototipo de la mujer fiel y creyente, y de ello dio solemne testi­monio su prima Isabel: "¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Esta actitud de entrega confiada a Dios y de acogida de su Palabra es la que, en vísperas de la Navidad, nos recomienda la liturgia: acogeremos a Cristo que viene, si nos abrimos a su gracia, si nos convertimos al amor de Dios y del prójimo. Para eso ha sido el camino del adviento, que está llegando a su fin, para eso hemos escuchado la llamada del Bautista y de los profetas a preparar el camino del Señor, para eso celebramos en este tiempo el sacramento de la penitencia: para abrirnos a la gracia de Dios y disponer nuestro corazón a recibir a Jesús, en la noche santa de su Nacimiento. Todo el camino hacia la gruta de Belén termina en esta actitud de la Virgen enteramente disponible para lo que Dios quiera hacer en ella y de ella; y Dios pudo hacer por su Espíritu el milagro de la encarnación, como canta bellamente el prefacio: "en el seno virginal de la hija de Sión ha germinado Aquel que nos nutre con el Pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz". María, la hija de Sión, la representante del pueblo fiel: ella es la tierra fecunda que da fruto, y de este fruto bendito de su vientre vivimos nosotros: de Jesucristo, que nació y murió por nosotros.

2. Aquí estoy

La última palabra de María al ángel en el misterio de la anunciación fue: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y la carta a los hebreos afirma que Cristo cuando entró en el mundo dijo: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. La Madre y el Hijo adoptan ante Dios la misma disposición, la única actitud válida ante él: ‘Aquí estoy’ para lo que tú quieras, ‘para hacer tu voluntad’. Pero la voluntad de Dios no es una arbitrariedad, ni un ejercicio de despotismo: la voluntad de Dios es nuestra salvación. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf 1Tim 2, 4). Toda la vida de Jesús, desde que entró en el mundo, desde el nacimiento hasta la muerte, estuvo orientada al cumplimiento de la voluntad del Padre. Con sus palabras, gestos y acciones, en la soledad de la oración o en medio de la multitud,  Jesús realizaba la voluntad del Padre: “Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre”. Pero  esta oblación o entrega de su persona en la muerte comenzó en el nacimiento, cuando al entrar en el mundo dijo: ‘Aquí estoy... para hacer tu voluntad’.

3. La caridad de María

En este último domingo de adviento contemplamos a aquella que siendo la madre de nuestro Señor, siendo bendita entre la mujeres por el fruto bendito de su vientre, no tiene reparos en acudir presurosa en ayuda de su pariente Isabel. Hoy miramos a la Virgen de Nazaret que llena de caridad "se puso en camino y fue aprisa a la montaña", a casa de Isabel. Ella que había sido elegida como madre del Mesías, corre enseguida a comunicar el amor que llevaba dentro: "En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, le dice Isabel, la criatura saltó de alegría en mi vientre". En el abrazo de aquellas dos mujeres, una anciana que había sido estéril y por el poder de Dios daría a luz a Juan Bautista, y otra joven, María de Nazaret, que, por obra del Espíritu Santo, dará a luz al Mesías, está simbolizado el abrazo del amor de Dios con la humanidad. Contemplamos hoy a María de camino a la montaña como sagrario viviente de Dios: ella realizó entonces la primera y más hermosa procesión del Corpus, pues llevaba en sí al Hijo del Altísimo. Esta es la Virgen inmaculada, toda transparencia de Dios, toda llena de gracia, que nos va a dar a luz al Autor de la gracia, Cristo Jesús. Por ella, el Dios eterno va a entrar en nuestra historia, va a compartir nuestro destino, se va a hacer uno de nosotros para rescatarnos de la muerte y del pecado y devolvernos a Dios.

Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios, ayúdanos a celebrar cristianamente el Nacimiento de tu Hijo haciéndole un hueco en nuestro corazón, acogiéndole dentro de nosotros y en nuestras casas, abriendo nuestra solidaridad y nuestra caridad fraterna a los que como a ti y al Hijo que llevas dentro, nadie recibe, nadie acoge, nadie atiende; que la alegría de esa noche santa sea por el Salvador que tú nos vas a dar; y que la paz y la felicidad que él nos trae la sepamos nosotros comunicar a los demás en la familia, en el trabajo, allá donde nos encontremos.