DOMINGO III (C) PASCUA
En este domingo, tercero después de Pascua, el evangelio de san Juan nos narra una de las apariciones más espectaculares de Jesús a sus Discípulos. Hay muchos elementos simbólicos en este extraordinario relato que vamos a intentar descifrar.
En primer lugar, la aparición del Resucitado tiene lugar junto al lago de Galilea. Allí están los discípulos con Pedro a la cabeza, en el mismo sitio donde Jesús les encontró la primera vez cuando los llamó para que fuesen con él. Nos lo cuenta san Marcos: "Bordeando el lago, vio Jesús a Pedro y Andrés, su hermano, largando las redes, pues eran pescadores, y les dijo: 'Venid conmigo, y haré de vosotros pescadores de hombres'. Y al instante, dejando las redes, le siguieron". Un poco más adelante se repite la misma escena, pero esta vez los llamados son Santiago y su hermano Juan, los hijos de Zebedeo. Son los primeros discípulos de Jesús, los mismos que vuelven a aparecer ahora en esta escena final del evangelio de san Juan. Enseguida se ve la intención que se esconde detrás de esta tercera aparición del Resucitado: es como una renovación de la primera llamada. Antes de subir al Padre, Jesús confirma en su vocación a los discípulos al frente de los cuales pone a Pedro. De ahora en adelante, ellos van a ser en el mundo sus testigos, los continuadores de su obra, los que van a predicar a todos los pueblos la buena noticia de la salvación cuyo contenido fundamental el mismo Pedro lo resumió así ante el Sumo Sacerdote: "Que Dios resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero"; "que Dios los exaltó haciéndolo jefe y salvador"; "que Dios nos concede por su medio el perdón de los pecados". Este es el anuncio que los discípulos están llamados a llevar por el mundo; esta es la buena noticia que deben predicar, aunque les cueste la cárcel y aun la muerte. Ninguna autoridad podrá disuadirles ni amedrentarles; al contrario, después de recibir una fuerte paliza por haber anunciado a Cristo, los Apóstoles "salieron del Consejo, contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús". Pues bien, para confirmarles en esta difícil misión, para asegurarles su asistencia en las condiciones más difíciles, se les aparece Jesús en aquel mismo lugar donde un día ya lejano les llamó la primera vez.
El segundo detalle de esta aparición es muy aleccionador. Los discípulos, siguiendo a Pedro, "salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada". ¿Qué nos quiere decir con esta noticia, aparentemente insignificante, el evangelista? Pues que sin Jesús no podemos hacer nada. Por mucha actividad apostólica que llevemos entre manos, por muchos planes y esfuerzos pastorales que hagamos, si prescindimos de Jesús, si lo queremos hacer nosotros solos... no lograremos nada; nuestros trabajos serán estériles. Por eso, en cuanto Jesús aparece en medio de ellos y les dice: "Echad la red y encontraréis. La echaron y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces". La red salió repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres, número que simboliza la muchedumbre de los elegidos que alcanzarán el Reino por la predicación apostólica. El Señor llamó a los apóstoles para que fueran pescadores de hombres, es decir, para invitar a los hombres al Reino de Dios, pero esta misión sólo la podrán cumplir en estrecha comunión con él.
Finalmente, hay otro detalle en el relato de esta aparición que no puede pasar desapercibido. Cuando Jesús se presentó en la orilla del lago, los discípulos no le reconocen en un primer momento. Sólo "aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: Es el Señor". ¿Cómo reconocer a Cristo en medio de nosotros? ¿Cómo sentirlo cercano caminando a nuestro lado, compartiendo nuestras luchas y trabajos? Sólo la mirada del amor es capaz de reconocer a Cristo en los caminos de la vida, en los signos de su presencia oculta en los acontecimientos históricos, en el clamor de los pobres de la tierra. Para reconocer a Cristo tenemos que procurar que nuestra vida y nuestra conducta estén orientadas hacia él; esta es la prueba de nuestro amor: si nos dejamos guiar por su palabra, si ponemos por obra sus mandatos. Pero, sobre todo, donde los discípulos nos encontramos con Cristo resucitado es en la celebración de la Eucaristía, cuando Jesús toma el pan, que es su cuerpo, y nos lo reparte.
La participación dominical en la eucaristía es el camino ordinario para encontrarnos con Cristo, para experimentar su presencia salvadora en nuestras vidas. Aquí se nos entrega como alimento para el camino todos los domingos en la mesa de su palabra y en la mesa del pan eucarístico. Pero sólo si abrimos bien los ojos de la fe y del amor seremos capaces de reconocer y gozar de su presencia.