III DOMINGO DE CUARESMA (C)

Ex 3,1-8.13-15; Sal 102; 1Cor 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9

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DIOS MISERICORDIOSO

 

José María de Miguel González OSST

Nos encontramos celebrando el tercer domingo de cuaresma, avanzando poco a poco hacia la Pascua. En el primer domingo la palabra de Dios nos ponía delante el relato de las tentaciones de Jesús; el domingo pasado nos advertía de las tentaciones que nos acechan a nosotros, la tentación de vivir y actuar en la práctica "como enemigos de la cruz de Cristo". La liturgia de hoy nos invita a la conversión, o sea, a un esfuerzo de sinceridad y coherencia: si somos cristianos vivamos como cristianos; una invitación que siempre nos hace falta porque tendemos a alejarnos con facilidad del camino del Evangelio.

 

Convertirnos significa volvernos hacia Dios, mirar de frente a Dios, porque de él y sólo de él puede venirnos la fuerza para cambiar ciertas actitudes, y comportamientos, y estilo de vida poco conforme con la moral evangélica. Miremos, pues, a Dios tal como se nos aparece en el impresionante relato del libro del Éxodo. Contemplemos -como Moisés- el admirable espectáculo de la zarza que arde sin consumirse. El domingo pasado era la 'nube' el símbolo de Dios en el monte de la transfiguración, y desde la nube sale la voz del Padre que nos decía: "Este es mi Hijo, escuchadle". Hoy la voz surge de la zarza ardiente: "Moisés, Moisés". ¿Cómo se presenta Dios desde el fuego que no se consume? Como el Dios que sostiene y guía la historia del pueblo desde sus comienzos, es el Dios de los patriarcas, el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob. Pero la situación en que se encuentra ahora el pueblo en poder de los egipcios parece desmentir aquella promesa de Dios a Abrahán de multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo y de darle una tierra para vivir en libertad. Desde la zarza que arde sin consumirse Dios se compromete: "He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos". Y escoge a Moisés para realizar por su medio la obra de la liberación, el camino del éxodo de la esclavitud hacia la libertad. Pero esta historia no es un acontecimiento que se pierde en la noche de los tiempos. Dios está comprometido y sostiene con la fuerza de su Espíritu todas las luchas por la libertad, todos los esfuerzos por erradicar del mundo la esclavitud en cualquiera de sus formas; Dios, el mismo y único Dios de nuestros padres, sigue actuando hoy a través de todo hombre o mujer que en cualquier lugar del mundo promueve y defiende la causa de la libertad, de la justicia y de la dignidad humana contra toda forma de opresión y de terror. Como entonces, los sufrimientos de los hombres y mujeres de hoy llegan hasta Dios, y él suscita constantemente personas, movimientos y grupos que denuncian la opresión y trabajan por la paz y la libertad. Y "si me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?". Moisés le pide que le revele su nombre, porque en el nombre se dibuja el rostro de Dios. "Soy el que soy". Esto dirás a los israelitas: "Yo soy" me envía a vosotros". Parece un galimatías, pero en modo alguno lo es. Con este extraño nombre, Dios quiere darle a entender a Moisés que él está cerca del pueblo, el que lo asiste, guía y ayuda. 'Yo soy' es lo mismo que 'Yo estoy contigo' todos los días de tu vida. Y esto es precisamente Dios para nosotros, no sólo el que es, el que existe, sino el que está con nosotros, junto a nosotros, y por eso nosotros existimos y vivimos.

 

Más adelante, en otra extraordinaria experiencia de Dios en el Sinaí, Moisés le pide a Dios que le muestre su rostro, o sea, que clarifique un poco más el sentido de su nombre, y Dios responde diciendo quién es, cuál es el misterio último de su ser divino: "El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia". El salmo que hemos rezado es como un eco de aquella revelación. El Dios que se hace presente y camina con nosotros, el Dios que comparte nuestras luchas y sufrimientos, el Dios que impulsa y sostiene el anhelo de paz y libertad ínsito en el corazón humano, es el que "hace justicia y defiende a todos los oprimidos, el que enseñó sus caminos a Moisés", es el Dios "compasivo y misericordioso".

 

La llamada a la conversión que nos dirige Jesús hoy en el Evangelio para no perecer, para no ser arrancados y tirados fuera como la higuera que no da fruto, tiene detrás la imagen de Dios que "perdona todas nuestras culpas y cura todas nuestras enfermedades", la imagen de Dios que "nos colma de gracia y de ternura", es la imagen de un Dios infinitamente paciente con nosotros, con nuestro avance tan lento en el camino de la virtud: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y la abonaré, a ver si da fruto". Dios misericordioso tiene paciencia con nosotros, ciertamente, y no cesa de llamarnos a la conversión, pero todo tiene un plazo y un límite: si a pesar de todo, no da fruto la higuera, símbolo del hombre y de la mujer estéril en obras de justicia y caridad, "el año que viene la cortarás"

 

En la eucaristía, el Señor nos alimenta con su palabra y con su pan partido para que demos el fruto de la conversión; este es el esfuerzo de la cuaresma que uno año más se nos pide para ajustar nuestros pensamientos, deseos y obras al Evangelio de Jesús.  

 

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III DOMINGO DE CUARESMA (c)

 

Ex 3,1-8.13-15; Sal 102; 1Cor 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9

LA CONVERSIÓN

 

José María de Miguel González OSST

En el marco de este tercer domingo de Cuaresma, resuena fuer­temente la invitación de Jesús a la conversión. Por dos veces nos advierte el Señor: "Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera". Si la higuera sigue sin dar fruto, mandará al viñador que la corte: "¿Para qué va a ocupar terreno en balde?".

 

La llamada a la conversión pertenece a lo más propio de este tiempo de cuaresma; toda la liturgia, todas las oraciones y lecturas de estos días que preceden a la Pascua, intentan suscitar en nosotros el deseo sincero de la conversión, del cambio de vida; la cuaresma es una permanente llamada a volver a nuestro Dios con todo el corazón, con todo el ser, con la vida entera.

 

Todos estamos bautizados, todos nos llamamos cristianos, pero nos dice el Apóstol "no quiero que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube”, es decir, bajo la protección de Dios cuando les rescató de la esclavitud de Egipto; “y todos atravesaron el mar”, cuando el mar se retiró para que pasara el pueblo de Dios camino de la libertad; “y todos comieron el mismo alimento espiritual”, el maná, aquella especie de pan con que Dios alimentó a su pueblo durante la travesía del desierto;  y todos bebieron del agua que Moisés hizo brotar de la roca... “Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto", sin alcanzar la meta de la Tierra prometida. Dios que había oído las quejas y se había fijado en los sufrimientos de su pueblo, decidió liberarlo de la opresión y de la esclavitud; por ellos hizo las obras más grandes que jamás se habían visto ni oído; y, sin embargo, la respuesta del pueblo fue siempre cicatera, desconfiada, incrédula; siempre con ganas de volverse atrás, añorando los ajos y cebollas que habían dejado en Egipto. Y, comentando este comportamiento de los israelitas en el desierto que olvidaban harto frecuentemente los beneficios de Dios, dice Pablo "estas cosas sucedieron en figura, a modo de parábola, para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres y perecieron. Todo esto les sucedía como un ejemplo; y fue escrito para escarmiento nuestro".

 

No basta, pues, haber recibido una vez hace mucho tiempo el bautismo, que nos hizo libres, ciudadanos del cielo, hijos de Dios. Es necesario renovar continuamente nuestra vocación cristiana que arranca de las aguas bautismales a modo de germen destinado a crecer y dar fruto.

 

Esto es la conversión: el esfuerzo cotidiano por ser fieles a Jesucristo, a aquellas promesas bautismales que por nosotros hicieron primero nuestros padres y luego nosotros mismos las asumimos y confirmamos personalmente.

Esto es la conversión: el esfuerzo constante de fidelidad a Cristo, que se demuestra en la acogida de su palabra y en la obediencia a sus mandatos. Porque si la fe cristiana no pasa a ser vida cristiana, entonces nos quedamos a medio camino, como aquellos israelitas del desierto, que no lograron entrar en la Tierra prometida.

 

Pero no es posible dar este paso de la fe a la vida, si no tenemos experiencia de Dios, si nos contentamos con una religiosidad superficial y descomprometida. Si Moisés fue capaz de ponerse al frente de su pueblo y plantar cara al Faraón arrostrando toda clase de peligros, fue porque Dios entró en su vida de tal modo que lo cambió radicalmente. Es sólo el contacto con Dios el que nos puede cambiar también a nosotros, el contacto vivo y personal a través de la oración, de la meditación de su palabra, de la participación en sus sacramentos. Pues ¿cómo sino vamos a tener experiencia de Dios?; ¿cómo lo vamos a percibir cercano y compañero si no nos acercamos a él a través de las vías que él mismo nos ha indicado?

 

Volver al Señor es convertirnos; y esto es lo que se nos pide en este tiempo de cuaresma. Cada uno de los presentes sabe bien si camina de frente o de espaldas a Dios; todos tenemos de qué convertirnos, porque no somos santos, porque estamos llenos de debilidades. La cuaresma es tiempo de conversión, tiempo de reconciliación, tiempo para el perdón de los pecados. Quien se reconoce pecador, está ya en camino de conversión; quien experimenta la necesidad del perdón, ese está cerca de Dios que sólo espera un gesto de nuestra parte para devolvernos la gracia de su amistad.

 

Ojalá escuchemos todos esta llamada de Jesús a la conversión, a la renovación de nuestra vida cristiana haciéndola más auténtica, más coherente, más comprometida con lo que decimos creer y esperar. Que este sea el fruto de la celebración de la eucaristía en este tercer domingo de cuaresma.