Domingo
III de Adviento (C)
EL
GOZO DE LA ESPERA
“El Señor está cerca”.
Este es el anuncio gozoso de este tercer domingo de adviento; la espera se
acorta cada vez más, y por eso la alegría por la próxima conmemoración del
Nacimiento del Señor brota espontáneamente. Estamos alegres porque pronto
celebraremos la Navidad. Pero todavía quedan unos días para prepararnos a
recibir al Señor; son un don de Dios, los tenemos que aprovechar si queremos
que la Navidad sea algo más que la fiesta anual del gran consumo que cada año
nos satisface menos y nos cansa más.
1. La tensión de la espera
“Y el pueblo entero estaba en
expectación”. Así describe san Lucas la
situación anímica que caracterizaba al pueblo de Israel antes de la aparición
del Mesías. Estar en expectación significa estar en tensión porque ya se
percibe en el horizonte, ya se siente en el ambiente el cumplimiento de una gran
esperanza. Tan fuerte era el deseo que se confunde con la realidad, y así dice
el Evangelio que “todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías”.
El pueblo de Israel ha vivido siglos esperando este momento, el momento
cumbre de la irrupción de Dios en la historia, el momento de la aparición
gloriosa del Salvador. Durante muchos siglos los profetas han mantenido viva en
el corazón del pueblo la llama de la esperanza, la promesa del Mesías. Frente
a la cruda realidad de la
injusticia, de los abusos de todo tipo, del olvido de Dios que marca la historia
de Israel, los profetas anuncian una total renovación de los corazones y del
pueblo entero por obra del Mesías. Él es el salvador que Israel espera. A
nosotros nos resulta difícil imaginarnos cuál sería el estado de ánimo de
aquellas gentes que iban a ser testigos de la venida del Mesías, de aquella
generación prodigiosa que tuvo el inmenso privilegio de contemplar al Hijo del
Eterno Padre hecho hombre. ¡Nadie antes ni nadie después ha podido ver con sus
ojos al Rey de la gloria caminando por este mundo como uno de nosotros! Sólo
sabemos que les preocupaba estar bien dispuestos para recibirle, por eso acuden
en masa al Jordán, a escuchar las palabras del Bautista que les invita a
cambiar de vida. Y “la gente preguntaba a Juan: - Entonces, ¿qué
hacemos?”. Esta es la cuestión: ¿qué hacemos? O mejor ¿qué estamos
haciendo para prepararnos a recibir al Señor?
2. En la escuela del Bautista
En la respuesta del Bautista no hay
grandes discursos sobre cómo ha de ser la conducta de aquel que desea
encontrarse con el Señor. Juan se limita a indicarnos algunas cosas sencillas,
elementales, pero muy concretas: “el que tenga dos túnicas, que se las
reparta con el que no tiene; el que tenga comida, haga lo mismo... No hagáis
extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias”. Nosotros tal vez
hubiéramos esperado otra respuesta –diríamos- más ‘religiosa’ como por
ejemplo: que rezásemos más, que fuéramos más a la iglesia, y, sin embargo,
el Bautista nos invita sencillamente a revisar nuestras actitudes para con el prójimo.
Y es que el prójimo es el camino de nuestra conversión. Quiero decir que nadie
puede agradar a Dios por mucho que rece, por mucho que venga a la iglesia, si
luego es injusto con el prójimo, si trata de aprovecharse de él, si no abre su
corazón al que no tiene con qué vestirse ni qué comer. No es que no sea
importante rezar y venir a la iglesia, lo es ¡y mucho! si queremos prepararnos
seriamente a recibir al Señor. Pero nuestra presencia aquí, en la casa del Señor,
y nuestra oración tendrá sentido y será verdadera y agradable a Dios si
practicamos la justicia y la caridad. “Entonces, ¿qué hacemos?”. Y
el Bautista responde: que seamos capaces de salir al encuentro del prójimo que
sufre, que vive en soledad o abandono; nos pide que seamos capaces de renunciar
a algunas cosas superfluas, de privarnos de algunas de nuestras innumerables
vanidades para ayudar a tantos millones de hermanos que pasan necesidad; nos
pide, en definitiva, una Navidad solidaria, no una Navidad de despilfarro,
porque si las puertas de nuestro corazón están cerradas al pobre, también lo
estarán cerradas para Cristo. Por eso Juan insiste en las obras de justicia y
caridad, porque ellas son las que despejan el camino hacia Cristo, que viene. ¡Dichosos
nosotros si las ponemos en práctica!
3. Viviendo alegres en el Señor
Dichosos sí, porque la conversión
es fuente de felicidad, de inmensa alegría. ¡Cómo resuena hoy, en la liturgia
de este tercer domingo de adviento, la invitación a la alegría! “Estad
siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres... El Señor está
cerca”. Esta es la ardiente recomendación de Pablo desde la cárcel
adonde ha ido a parar por causa de Cristo. Es la alegría que brota de dentro:
de una conciencia recta y en paz con Dios; es el gozo de la cercanía de Cristo,
del encuentro con él. Pablo lo siente tan cercano que no puede contener el gozo
que crece en su interior. La alegría cristiana es, sobre todo, la experiencia
del perdón: el que se siente perdonado se sabe amado, y es feliz. Por eso el
profeta nos lanza una apremiante invitación: “Regocíjate, grita de júbilo,
alégrate y gózate de todo corazón: el Señor ha cancelado tu condena”.
Es el anuncio gozoso de la presencia de Dios en medio de su pueblo, para
iluminar nuestra vida y librarnos de todo temor: “El Señor
en medio de ti, y ya no temerás. No temas, no desfallezcas. El Señor tu
Dios se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de
fiesta”.
El Señor, ya cercano, es el motivo de nuestra alegría. Volvamos a él, disponiéndonos a acogerlo ahora en la Eucaristía y en el prójimo necesitado, porque sólo quien ama de verdad es realmente feliz. Esa es la señal de la presencia de Dios en nosotros. Por eso hemos pedido en la oración: “Concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”.