Domingo III de Adviento (C)

Sof 3,14-18; Is 12,2-6; Flp 4,4-7; Lc 3,10-18

EL GOZO DE LA ESPERA

José María de Miguel González OSST

“El Señor está cerca”. Este es el anuncio gozoso de este tercer domingo de adviento; la espera se acorta cada vez más, y por eso la alegría por la próxima conmemoración del Nacimiento del Señor brota espontáneamente. Estamos alegres porque pronto celebraremos la Navidad. Pero todavía quedan unos días para prepararnos a recibir al Señor; son un don de Dios, los tenemos que aprovechar si queremos que la Navidad sea algo más que la fiesta anual del gran consumo que cada año nos satisface menos y nos cansa más.

1. La tensión de la espera

“Y el pueblo entero estaba en expectación”. Así describe san Lucas la situación anímica que caracterizaba al pueblo de Israel antes de la aparición del Mesías. Estar en expectación significa estar en tensión porque ya se percibe en el horizonte, ya se siente en el ambiente el cumplimiento de una gran esperanza. Tan fuerte era el deseo que se confunde con la realidad, y así dice el Evangelio que “todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías”. El pueblo de Israel ha vivido siglos esperando este momento, el momento  cumbre de la irrupción de Dios en la historia, el momento de la aparición gloriosa del Salvador. Durante muchos siglos los profetas han mantenido viva en el corazón del pueblo la llama de la esperanza, la promesa del Mesías. Frente a la cruda realidad  de la injusticia, de los abusos de todo tipo, del olvido de Dios que marca la historia de Israel, los profetas anuncian una total renovación de los corazones y del pueblo entero por obra del Mesías. Él es el salvador que Israel espera. A nosotros nos resulta difícil imaginarnos cuál sería el estado de ánimo de aquellas gentes que iban a ser testigos de la venida del Mesías, de aquella generación prodigiosa que tuvo el inmenso privilegio de contemplar al Hijo del Eterno Padre hecho hombre. ¡Nadie antes ni nadie después ha podido ver con sus ojos al Rey de la gloria caminando por este mundo como uno de nosotros! Sólo sabemos que les preocupaba estar bien dispuestos para recibirle, por eso acuden en masa al Jordán, a escuchar las palabras del Bautista que les invita a cambiar de vida. Y “la gente preguntaba a Juan: - Entonces, ¿qué hacemos?”. Esta es la cuestión: ¿qué hacemos? O mejor ¿qué estamos haciendo para prepararnos a recibir al Señor?

2. En la escuela del Bautista

En la respuesta del Bautista no hay grandes discursos sobre cómo ha de ser la conducta de aquel que desea encontrarse con el Señor. Juan se limita a indicarnos algunas cosas sencillas, elementales, pero muy concretas: “el que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; el que tenga comida, haga lo mismo... No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias”. Nosotros tal vez hubiéramos esperado otra respuesta –diríamos- más ‘religiosa’ como por ejemplo: que rezásemos más, que fuéramos más a la iglesia, y, sin embargo, el Bautista nos invita sencillamente a revisar nuestras actitudes para con el prójimo. Y es que el prójimo es el camino de nuestra conversión. Quiero decir que nadie puede agradar a Dios por mucho que rece, por mucho que venga a la iglesia, si luego es injusto con el prójimo, si trata de aprovecharse de él, si no abre su corazón al que no tiene con qué vestirse ni qué comer. No es que no sea importante rezar y venir a la iglesia, lo es ¡y mucho! si queremos prepararnos seriamente a recibir al Señor. Pero nuestra presencia aquí, en la casa del Señor, y nuestra oración tendrá sentido y será verdadera y agradable a Dios si practicamos la justicia y la caridad. “Entonces, ¿qué hacemos?”. Y el Bautista responde: que seamos capaces de salir al encuentro del prójimo que sufre, que vive en soledad o abandono; nos pide que seamos capaces de renunciar a algunas cosas superfluas, de privarnos de algunas de nuestras innumerables vanidades para ayudar a tantos millones de hermanos que pasan necesidad; nos pide, en definitiva, una Navidad solidaria, no una Navidad de despilfarro, porque si las puertas de nuestro corazón están cerradas al pobre, también lo estarán cerradas para Cristo. Por eso Juan insiste en las obras de justicia y caridad, porque ellas son las que despejan el camino hacia Cristo, que viene. ¡Dichosos nosotros si las ponemos en práctica!

3. Viviendo alegres en el Señor

Dichosos sí, porque la conversión es fuente de felicidad, de inmensa alegría. ¡Cómo resuena hoy, en la liturgia de este tercer domingo de adviento, la invitación a la alegría! “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres... El Señor está cerca”. Esta es la ardiente recomendación de Pablo desde la cárcel adonde ha ido a parar por causa de Cristo. Es la alegría que brota de dentro: de una conciencia recta y en paz con Dios; es el gozo de la cercanía de Cristo, del encuentro con él. Pablo lo siente tan cercano que no puede contener el gozo que crece en su interior. La alegría cristiana es, sobre todo, la experiencia del perdón: el que se siente perdonado se sabe amado, y es feliz. Por eso el profeta nos lanza una apremiante invitación: “Regocíjate, grita de júbilo, alégrate y gózate de todo corazón: el Señor ha cancelado tu condena”. Es el anuncio gozoso de la presencia de Dios en medio de su pueblo, para iluminar nuestra vida y librarnos de todo temor: “El Señor  en medio de ti, y ya no temerás. No temas, no desfallezcas. El Señor tu Dios se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”.

El Señor, ya cercano, es el motivo de nuestra alegría. Volvamos a él, disponiéndonos a acogerlo ahora en la Eucaristía y en el prójimo necesitado, porque sólo quien ama de verdad es realmente feliz. Esa es la señal de la presencia de Dios en nosotros. Por eso hemos pedido en la oración: “Concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”.