OCTAVA DE PASCUA
José María de Miguel González OSST
Ha pasado una semana desde el domingo de Resurrección. Entonces, hace ocho días, el mensaje de Pascua se nos inculcaba a través del sepulcro vacío. No podíamos celebrar la resurrección del Señor sin el anuncio del sepulcro vacío: la piedra que lo tapaba estaba retirada, y dentro de la tumba tan sólo el sudario y la mortaja con que había sido enterrado Jesús. La verificación del sepulcro vacío es el primer paso para afirmar la fe en la resurrección. En efecto, cuando Pedro y el otro discípulo entraron en el sepulcro y lo vieron vacío, dice el evangelista que creyeron, pues hasta entonces no habían entendido lo que les había querido decir Jesús cuando les habló de su resurrección de entre los muertos.
Hoy, a los ocho días, se nos muestra el cuerpo glorioso de Jesús; el cuerpo que no estaba en el sepulcro. Las apariciones de Jesús a las mujeres y a los discípulos tienen mucha importancia para asegurar la fe en la resurrección. El sepulcro vacío por sí mismo no es la prueba definitiva. Y así lo entendieron enseguida los sumos sacerdotes que hicieron correr la especie de que los discípulos habían ido por la noche al sepulcro y se habían llevado el cuerpo muerto de Jesús. De este modo el mensaje de la resurrección del Señor se basaría sobre una enorme estafa. El sepulcro estaba ciertamente vacío, pero faltaba por saber si Jesús estaba realmente vivo. Por eso el Señor se muestra a los discípulos con su cuerpo. Si quería darse a conocer no podía hacerlo de otra manera que con su cuerpo, y además con el cuerpo que fue torturado y crucificado. Por eso les enseña las llagas, y al incrédulo Tomás le pide que meta sus dedos en los agujeros de las manos y de los pies, y que introduzca su mano en la herida del costado que abrió el soldado con su lanza. Aquel cuerpo que ven asombrados los discípulos es el de Jesús crucificado; el cuerpo que no estaba en la tumba lo tienen delante: ahora no se puede negar, Jesús ha resucitado. Pero al mismo tiempo, aquel cuerpo ya no es exactamente como el que habían conocido, pues se presenta en medio de ellos estando las puertas cerradas y desaparece sin que puedan retenerlo. Es ya un cuerpo que no está limitado por el tiempo y el espacio, es un cuerpo glorioso. La resurrección significa que Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha vuelto a la vida, pero no a una vida como la anterior, como volvió Lázaro o el hijo de la viuda de Naím. Por la resurrección Jesús entra en la vida de Dios, y ello se expresa con la imagen del cuerpo glorioso: es su mismo cuerpo, ahí están sus llagas que lo identifican, pero a la vez es otro cuerpo pues puede hacerse presente en cualquier lugar sin que ninguna frontera física o temporal se lo impida. El mensaje del cuerpo glorioso quiere darnos a entender que el que resucita es el mismo que ha vivido y muerto, que no se pierde la identidad de cada uno, pero al mismo tiempo al resucitar se entra en una forma de vida nueva, diferente, totalmente transformada por la acción de Dios. Por eso hablamos de ‘cuerpo glorioso’, porque ya no se trata de huesos y cenizas que se recomponen, sino que es nuestra propia persona, en su realidad más íntima, la que es transformada para entrar en la vida de Dios. El cuerpo glorioso del Señor que hoy contemplamos es el símbolo real de nuestra propia glorificación o divinización cuando Dios nos llame por su gracia a su presencia.
Pero si en la mañana de Pascua María Magdalena, Pedro y el otro discípulo vieron el sepulcro vacío, por la tarde pudieron ver al Señor y recibir de Él los dones de la resurrección. Jesús resucitado les da ante todo el don de la paz, como ya les había anticipado durante la última cena: pero no se trata de la paz como la da y entiende el mundo, sino ‘su’ paz. En la paz que Cristo resucitado da a sus discípulos en la tarde de Pascua, y también hoy, a los ocho días, se encuentran resumidos todos los bienes de Dios, empezando por el más importante, el de la reconciliación con él. Por la muerte y la resurrección de Jesús, el Padre vuelve a abrazar a los hombres con el amor primero, el de la creación, y ahora con un sentido aún más hondo, pues nos abraza en el Hijo adoptándonos como hijos. Por la muerte y la resurrección de Jesús estamos en paz con Dios. Y esto lo subraya el evangelista con otro don, absolutamente inimaginable, que Jesús hace a los discípulos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos: sopla sobre ellos y les comunica el Espíritu Santo para el perdón de los pecados. Dios nos ha reconciliado consigo por su Hijo muerto y resucitado, pero como conoce nuestra debilidad y nuestra inclinación al pecado, a volver a las andadas, por eso derrama sobre la Iglesia, en la persona de los apóstoles, al Espíritu Santo, para que él actúe incesantemente en la Historia el don del perdón de los pecados conseguido por Jesús con su muerte y resurrección. Es el sacramento de la reconciliación, del perdón de los pecados, es el sacramento de la penitencia que el Señor nos ha regalado en la tarde de Pascua, como primer fruto de su resurrección, para que cada vez que nos veamos arrastrados por el pecado siempre podamos acogernos a la fuente del perdón.
Que el Señor resucitado despierte en nosotros el deseo de recibir este gran don como fruto de la Pascua, porque sólo desde la experiencia de ser perdonados podremos hacer nuestra y repetir con amor aquella hermosa profesión de fe del apóstol Tomás a los ocho días de la resurrección: ¡Señor mío, y Dios mío!.