Domingo II (C)
Is 62, 1-5; Sal 95; 1Cor 12,4-11; Jn 2,1-12
José María de Miguel González OSST
Después de las fiestas de la Navidad y Epifanía que clausurábamos el domingo pasado con la fiesta del Bautismo del Señor, nos reunimos hoy para celebrar la Eucaristía en este domingo del tiempo ordinario. Nos reunimos como comunidad de Jesús, una comunidad diversificada, según los dones y carismas que cada uno ha recibido del Espíritu Santo. Todos formamos la única Iglesia del Señor, pero aportando cada uno su propia contribución. En la variedad de servicios, ministerios, funciones y vocaciones consiste la grandeza de la Iglesia. Hoy, a los reunidos en esta asamblea dominical, el apóstol nos recuerda que todos hemos recibido algún don del Espíritu Santo “para el bien común”, es decir, para ponerlo a disposición de la comunidad.
1. El fragmento del Evangelio de san Juan que acabamos de escuchar es profundamente simbólico. Tal vez la música nos suene, pero detrás de ella hay un mensaje que no se capta con una simple escucha superficial. Todo el relato está en función de la manifestación de Jesús, de la revelación de su misterio personal. El Señor acaba de dar comienzo a su misión pública, ha recibido el bautismo de Juan e incluso tiene ya algunos discípulos. En este contexto, recibe la invitación para asistir a una boda él, su madre y los discípulos. Sólo san Juan nos ha transmitido este acontecimiento de la vida del Señor, y de él se sirve para explicarnos lo que significa la presencia de Jesús entre los hombres. Esta presencia está enmarcada en una boda, es decir, en una gran fiesta de amor. La Sagrada Escritura cuando quiere describirnos la relación de Dios con su pueblo, se sirve de la imagen del matrimonio. Lo hemos visto en la lectura de Isaías: “Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”. La unión esponsal es el símbolo más alto y perfecto del amor humano, de la alianza que establecen un hombre y una mujer para formar una sola carne bajo el impulso común del amor. Por eso la Biblia utiliza este mismo símbolo para hacernos comprender el amor de Dios por su pueblo.
2. Pues bien, la intervención de Jesús a petición de su madre es el argumento de este relato de bodas. Los protagonistas no son los novios que celebran su matrimonio, sino Jesús: él es el que ocupa el centro de este singular acontecimiento. Y es que el Evangelio se remonta de una simple boda humana a las bodas de Dios con la humanidad. Esto sucede precisamente en la persona de Jesús. En él quiso Dios mostrar su amor infinito por el hombre. En él quiso Dios firmar un pacto eterno con la humanidad: la alianza nueva, la amistad que no se romperá jamás. En estas bodas, Jesús es el Esposo que viene al encuentro de su pueblo para ofrecerle el “vino bueno” de la nueva alianza. “Faltó el vino”, dice el Evangelio, es decir, la relación de Dios con el hombre había fracasado: todo el culto, toda la religión eran preceptos humanos, tinajas de agua para las interminables “purificaciones de los judíos”. Con su presencia, Jesús cambia aquellos ritos vacíos, aguados, que no daban la salvación, en los sacramentos de la nueva alianza que nos comunican la gracia y la amistad de Dios. “Tú has guardado el vino bueno hasta ahora”: la gracia de Dios se desbordó sobre la humanidad con la llegada de Cristo. Su venida es como la fiesta de bodas de Dios con su pueblo. Este es el sentido de la presencia de Jesús en las bodas de Caná y de la realización de aquel signo de la conversión del agua en vino. Por medio de este signo, Jesús quiere atraer a sus discípulos, quiere suscitar en ellos la fe. Lo dice expresamente san Juan: “Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”. Al evangelista no le interesa tanto constatar la solución de un problema inesperado, la falta de vino en aquella boda, lo importante era probar cómo mediante este signo Jesús manifestó su potencia divina, se mostró como Dios para suscitar y afianzar la fe de sus discípulos en él, que se presenta como el Enviado del Padre para establecer una alianza nueva y eterna de Dios con la humanidad.
3. La misma intención tiene la respuesta, aparentemente desabrida, que Jesús dio a su madre: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”. Con estas palabras, el Evangelio quiere poner de relieve la distancia infinita que existe entre Jesús y su madre. La respuesta del Señor tiene por objeto mostrarnos que él es algo más que el hombre hijo de María; es también, y sobre todo, el Hijo del Eterno Padre. El Evangelio nos da a entender que María no se sintió molesta por la respuesta de su Hijo, puesto que inmediatamente dijo a los sirvientes: “Haced lo que él diga”. Y Jesús se plegó a su petición. El Señor amó profundamente a su madre, como es natural. Con su contestación, a primera vista poco amable, quiere llevar a los discípulos, empezando por su propia madre, a descubrir en él al Hijo de Dios, a no quedarnos sólo en el hijo de María. Así lo entendió la Virgen que, en el Evangelio de Juan, aparece como la primera creyente, como la perfecta discípula de su Hijo. Por su fe pura y sincera, Jesús obró el milagro; ella adelantó la hora de Jesús, la hora de la comunicación de sus dones salvíficos a los hombres. Por eso María es la puerta de entrada en el misterio de Cristo; por eso la Iglesia la recuerda siempre que celebramos la Eucaristía: ella está presente en este banquete de Cristo como lo estuvo en Caná, para acercarnos a él, para recomendarnos que lo escuchemos, que lo sigamos y hagamos lo que él nos diga. Ella es modelo de fe en su Hijo para los discípulos que nos reunimos cada domingo en torno a u mesa para celebrar las bodas de su amor por nosotros.