DOMINGO
II DE NAVIDAD
José María de Miguel, O.SS.T.
"Un
silencio sereno lo envolvía todo y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra
todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos". Así comienza la liturgia de este segundo
domingo después de Navidad invitándonos a volver la mirada de la fe hacia el
misterio que estamos celebrando estos días. Porque este es el misterio de
Navidad que todos los años nos alegra y nos conmueve: es la inmensa ternura
del Padre que nos entrega a su Hijo único en el Niño que la Virgen da a luz.
Por eso, "alegrémonos todos en el
Señor, porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado... y es su nombre
Príncipe de la paz". ¿Cómo no alegrarnos con María y José y con
los pastores en estos días en que celebramos el amor de Dios hecho carne y
sangre y lágrimas en aquel Niño, el Hijo del Altísimo, a quien la tierra, es
decir, los hombres ofrecen una gruta, porque no había sitio para ellos en la
posada, porque vino a los suyos y los suyos no lo recibieron? "Jesús,
nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, nació
en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son
los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la
gloria del cielo. La iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche"(n.525).
Al contemplar en estos días del año el misterio de Navidad no podemos ignorar
lo que constituye su permanente motivo de asombro y de inquietud: el Hijo del
Altísimo nace en un establo, aquél por quien fueron hechas todas las cosas
nace en la indigencia y en la indiferencia de los hombres: "Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y
el mundo no le conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron".
Por eso tuvo que nacer en un establo y ser recostado en un pesebre. Este es el
signo de navidad, de la navidad auténtica, de la navidad indomesticable por los
poderes de este mundo. Es cierto que desde hace muchos años se está librando
un duro combate contra la navidad verdadera, es cierto también que se trata por
todos los medios, y en particular, por los llamados medios de comunicación, de
desfigurar su contenido y su sentido hasta la profanación, pero es sobre todo
verdad que desde distintos frentes se trabaja activamente para hacernos olvidar
lo más esencial del misterio de Navidad: que el Mesías de Dios nació en la
pobreza, que el Hijo de Dios, cuando vino a este mundo, escogió su sitio entre
los pobres, que por eso mismo los pobres son los destinatarios de la primera
bienaventuranza. Así las cosas, no es de extrañar que nosotros mismos tengamos
dificultad para despojar la navidad, nuestra navidad, de todas sus adherencias
paganas; también nosotros estamos influidos por la fuerza irresistible de la
propaganda, que nos marca la pauta de lo que hemos de hacer y comprar en estas
fiestas. Pero a pesar de todo, mientras sigamos proclamando la buena noticia
del nacimiento del Salvador en la humildad y soledad de un establo, mientras los
cristianos nos reunamos para adorar al Hijo de Dios hecho hombre, mientras haya
discípulos capaces, como nos dice san Pablo, de "renunciar
a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una
vida sobria, honrada y religiosa", habrá navidad, porque la navidad
verdadera no puede desaparecer de la tierra desde aquella noche en que "el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros". "El misterio
de navidad -nos enseña el Catecismo- se realiza en nosotros cuando Cristo 'toma
forma' en nosotros. Navidad es el misterio de este 'admirable intercambio'"(n.526):
lo que es propio de Dios se nos da por pura gracia a nosotros, y lo nuestro,
todo lo nuestro, lo asume él por puro amor para salvarlo, para darnos parte en
su divinidad. El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre en la primera noche de
navidad, y desde entonces él mismo nos invita a realizar este admirable
intercambio: él en nosotros y nosotros en él. Es lo que pide la Iglesia a Dios
para todos los fieles como fruto del nacimiento de Cristo: "concédenos
compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre
la condición humana".
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II Domingo después de Navidad
José
María de Miguel
¡En el principio existía la Palabra! El
Evangelio de San Juan, en el prólogo, designa al Hijo con el término Verbo o
Palabra: "En el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto
a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a
Dios"(Jn 1,1s). ¡En el principio!
No se trata aquí del comienzo de lo que existe, del universo visible e
invisible, al que se refiere el libro del Génesis cuando dice: "Al
principio creó Dios el cielo y la tierra"(Gén 1,1). Este es el principio
del tiempo, en cuanto medida y duración de las cosas, y con él, cuando entre
el hombre en escena para contarlo, de la historia. Sin embargo, "en el
principio", del Evangelio de Juan, no quiere datar un punto, un momento, en
el tiempo, aunque sea el del origen del mundo; porque este 'principio' está
fuera del tiempo y de la historia. "En el principio ya existía la
Palabra", es decir, desde siempre, desde toda la eternidad, desde que Dios
es Dios. Por eso, la Palabra forma parte del misterio de Dios que no puede ser
medido ni abarcado por el tiempo, y de ahí que, desde nuestra percepción de la
duración, Dios no tiene, ni puede tener, principio ni fin, porque es eterno:
"Y la Palabra era Dios". Así pues, el Evangelio de Juan comienza
afirmando la eternidad del Verbo, que es como afirmar su condición divina, su
ser Dios con el Padre: como él y con él existe desde siempre, junto a él,
porque es Dios "de la misma naturaleza que el Padre". Porque el Verbo
es eterno, por eso es Dios. Las cosas, el mundo creado, todo cuanto existe tiene
un principio y tendrá un fin; el Verbo ni tiene principio ni tendrá fin,
porque es Dios y como tal, eterno, no temporal: "El existe con anterioridad
a todo"(Col 1,17).
¡Jesucristo, Palabra del Padre en la creación! ¿Por
qué le llama así el Evangelio de Juan? Porque en el Hijo el Padre se ha dicho
a sí mismo, porque el Hijo es la expresión personal del Padre, porque el
misterio del Padre se nos ha revelado y comunicado en el Hijo. Y el Padre se ha
dicho a sí mismo, su realidad más íntima, su poder y su gloria, por medio de
su Palabra en la obra de la creación: "Por medio de la Palabra se hizo
todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho" (Jn 1,3). El Padre
es el Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible, así
lo confesamos en el símbolo de la fe; pero no lo hizo solo, sino por medio de
su Palabra. La carta a los Colosenses remarcará con fuerza esta misma idea:
"por medio de él fueron creadas todas las cosas..., todo fue creado por él
y para él"(Col 1,16). La creación refleja la gloria de Dios, es decir,
algo de su misterio podemos entrever contemplándola con los ojos de la fe,
pues, como dice el Salmista: "el cielo proclama la gloria de Dios, el
firmamento pregona la obra de sus manos"(Sal 18A). El primer retrato de
Dios es su obra, la creación, pero un retrato pintado por el Hijo: en la creación
Dios se nos ha dicho, se nos dice siempre, en su Palabra. La obra de la creación
hace resonar, como en un eco perpetuo a través de las edades, la Palabra que
está en su origen y que la sostiene hasta que toda ella, "liberada de la
servidumbre de la corrupción" (Rom 8,21), sea entregada un día al Padre,
"para que Dios sea todo en todo"(1Cor 15,28).
¡Jesucristo, Palabra del Padre en la encarnación!
Dios se nos ha comunicado por medio de su Palabra, no sólo en la creación del
mundo y del hombre, sino personalmente en la Encarnación del Hijo: "Y la
Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad"(Jn
1,14). ¡Hacerse carne: esto es la Encarnación! Y quien se hace carne, tomando
nuestra condición humana, con todas sus limitaciones y debilidades, menos el
pecado, es la Palabra que existía desde el principio, y desde siempre estaba
junto a Dios y era Dios. San Juan quiere subrayar el contraste enorme, abismal,
incomprensible, que se da en la Encarnación: el eterno se hace temporal, el
infinito se torna limitado, el inmortal asume nuestra mortalidad, el Verbo
divino-espiritual se hace carnal-corporal. La Encarnación es el despojo máximo
de Dios, pues el Hijo, "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de
su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición
de esclavo"(Fil 2,6s). En la Encarnación, Dios ya no se nos dice por algo
distinto de él, como el firmamento o por medio de sus mensajeros y profetas,
sino por el Hijo en persona, pues "ahora, en esta etapa final, nos ha
hablado por el Hijo"(Heb 1,1). Aquí la Palabra resuena con palabras
humanas, el Misterio toma rostro y figura en Jesucristo, ahora sí, en él, al
verle a él, y oírle y tocarle, los hombres han podido contemplar a Dios:
"hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno
de gracia y de verdad". El Verbo toma nuestra carne, la hace suya propia,
para que nosotros, seres carnales, pudiéramos verlo y oírlo y tocarlo, y así
entrar en comunión con Dios, hasta "hacernos partícipes de la naturaleza
divina"(2Pe 1,4). Este es el admirable intercambio del misterio de la
Encarnación, aquí está la raíz y el principio de nuestra salvación.