Domingo II (C) Cuaresma

 

Gén 15,5-12.17-18; Sal 26; Flp 3,17-4,1; Lc 9,28-36

 

EN EL TABOR

José María de Miguel González OSST

El domingo pasado el evangelio nos ilustraba acerca de las tentaciones a que fue sometido Jesús al comienzo de su misión mesiánica: la tentación del materialismo, la del poder y la de la ostentación o gloria mundana. En este segundo domingo de nuestro camino cuaresmal la Palabra de Dios nos advierte sobre las tentaciones que acechan a los discípulos que, como en el caso de Jesús, se trata, en resumidas cuentas, de la tentación del rechazo de la cruz. Pablo denuncia esta claudicación: "hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo". ¿Y cómo se traduce esto? ¿qué quiere decir andar como enemigos de la cruz de Cristo? El tentador le dijo a Jesús: convierte estas piedras en pan; Pablo dice: "su dios, el vientre"; el tentador le dice a Jesús: "tírate abajo" desde el alero del templo, y darás el gran espectáculo; el apóstol dice: "su gloria sus vergüenzas". Y a modo de resumen, andar como enemigos de la cruz de Cristo significa: "sólo aspiran a cosas terrenas". La cruz es un camino difícil, exigente, porque no nos permite acomodarnos a las pautas de comportamiento que rigen los caminos del mundo. ¿Qué es lo que se nos manda pensar, ver, leer y hacer desde los altavoces del mundo que son los medios de comunicación? "Sólo aspiran a cosas terrenas", y no es ninguna exageración, pues ¿dónde quedan los valores espirituales? ¿Quién los promociona y defiende? ¿Quién los considera dignos de estima y admiración? Por todas partes se nos avasalla, zarandea y agobia con cosas terrenas, asuntos terrenos, movidas mundanas. ¿Es que no es así? Nosotros mismos ¿de qué hablamos, qué es lo que vemos y leemos, qué es lo que nos interesa de verdad?

Y, sin embargo, el apóstol nos invita hoy a elevar la mirada, a desembarazarnos del lastre de las cosas terrenas: "Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo". ¡Cualquiera lo diría: nada menos que 'ciudadanos del cielo'! Pues sí, porque nuestra meta definitiva es el cielo, o sea, la vida eterna con Dios, porque la ciudadanía celeste se nos regaló en el bautismo al hacernos miembros del cuerpo de Cristo y haber sido ungidos y sellados con el Espíritu Santo. Aquí no tenemos morada permanente, nuestro paso por el mundo es transitorio, y muy breve. Es inútil pretender echar aquí muchas raíces, se secarán pronto, en la mayor parte de los casos, al cabo de una generación no queda ni señal de ellas, es decir, de nosotros. En cambio, ser ciudadanos del cielo comporta otra situación: pues Jesucristo "transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo". Lo que implica ser ciudadanos del cielo se manifestará en la resurrección, o sea, para entrar en el reino de Dios necesitamos ser transformados, como Jesucristo. A esta transformación de nuestra condición humana, terrena, se refiere el texto evangélico que narra la transfiguración del Señor: "Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos". El camino de la cuaresma hacia la pascua es un camino de transformación: del pecado a la virtud, del alejamiento de Dios a la comunión con él, del sometimiento a los intereses del mundo a la vida de la gracia. Es, en definitiva, el camino de la conversión, que implica dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros para merecer la gloria de la resurrección. La transfiguración definitiva será en la resurrección, pero pasando por la cruz: "de repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén". Si este fue el camino de Jesús, camino que lo recorrió por nosotros y en lugar nuestro, él el primero, los discípulos no podemos pretender andar por avenidas más espaciosas: la transformación de nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, pasa también por la cruz, por ir dando muerte a todo lo que nos separa de Dios y nos enfrenta a los hermanos. No hay vida sin muerte, como el grano de trigo que ha de morir para brotar como espiga llena de fruto. Y el éxito de esta operación consiste en oír y obedecer la voz del Padre desde la nube que, señalando a Cristo, nos dice: "Este es mi Hijo, escuchadle". A imagen de Jesucristo hemos de ser transformados, porque él es el primogénito de entre los muertos, y para ello, a imagen suya hemos de recorrer el camino de la cruz que lleva consigo el rechazo de todas las seducciones del mundo, o sea, el estilo de vida de los que "andan como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo paradero es la perdición".

 

"Abrán creyó al Señor y se le contó en su haber". Estamos celebrando el segundo domingo de Cuaresma. Desde la más remota antigüedad, este tiempo ha sido vivido por los cristianos como tiempo de gracia y de conversión. Es un tiempo especialmente favorable para volver al Señor, para hacerle caso, para no echar en saco roto la gracia, para no despreciar la reconciliación que él nos ofrece en Cristo crucificado. Poniendo como ejemplo a Abrán, hoy la palabra de Dios nos invita renovar nuestra fe en el Señor, a acoger su palabra, a fiarnos de él. El camino de la cuaresma es para renovar, fortalecer y purificar la fe escuchando con atención y devoción la palabra de Jesucristo, como nos ha mandado el Padre.

Que el Señor nos conceda por esta eucaristía la fuerza necesaria para vivir no como enemigos, sino como amigos de su cruz que lleva a la resurrección.