Domingo II de Adviento (C)

Baruc 5,1-9; Sal 125; Flp 1,4-6.8-11; Lc 3,1-6

PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR

José María de Miguel González OSST

En el tiempo de adviento los ornamentos con que se reviste el sacerdote para celebrar la Santa Misa son morados; es el color penitencial, que nos recuerda nuestra condición de peregrinos y de pecadores. El color morado es una llamada a la penitencia, una invitación a la conversión para acoger al Señor que viene a nosotros.

1. El Señor viene a salvar a su pueblo

La liturgia de este segundo domingo de adviento se abre en la antífona de entrada con el anuncio gozoso del profeta Isaías: “Mirad al Señor que viene a salvar a los pueblos. El Señor hará oír su voz gloriosa en la alegría de vuestro corazón”. Debemos, por tanto, prepararnos para recibirle dignamente. Si a cualquier personaje de este mundo que viene a visitar la nación o la ciudad, se dispone todo para acogerlo esmeradamente conforme a su rango, para que quede contento y satisfecho de la visita, ¡cuánto más nosotros no deberíamos prepararnos para recibir al Señor, pues él viene no a hacernos una visita meramente protocolaria, sino a salvar a su pueblo! Es la invitación que nos lanza el profeta Baruc: “Despójate de tu vestido de luto y aflicción y viste las galas de la gloria que Dios te da; envuélvete en el manto de la justicia de Dios, porque él mostrará su esplendor a cuantos viven bajo el cielo. Ponte en pie; sube a la altura y mira hacia oriente, porque Dios se acuerda de ti”. Para eso viene el Señor a nosotros, para demostrarnos su amor compartiendo nuestra suerte, caminando a nuestro lado; él se acuerda de nosotros, a pesar de nuestra indiferencia y de nuestros olvidos. Y porque Dios se acuerda de nosotros estamos aquí, vivimos y tenemos esperanza de vivir eternamente:  porque el Señor viene a salvar a su pueblo, porque el Señor se acuerda de nosotros.

2. La llamada a la conversión

No menos vehemente resuena la invitación de Juan Bautista: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Preparadlo, sí, no vaya a ser que pase de largo, que no llegue a entrar en nosotros, en las familias, en los hogares, porque no le hemos preparado un lugar en nuestro corazón, porque no le hemos hecho un hueco en nuestra vida. Sí, el Señor viene a nosotros, pero el camino por donde viene a nuestro encuentro, no está fuera de nosotros, en algún lugar remoto; ese camino somos nosotros mismos, es nuestra conducta, son nuestras actitudes, con las que a veces trazamos un camino torcido y escabroso, lleno de tropiezos y obstáculos. Nuestra vida es, efectivamente, un camino que vamos haciendo día tras día, año tras año; cada uno hace su propio camino, como dice el poeta: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. En este nuevo adviento Dios nos invita a enderezar el camino de la vida, de nuestra vida, para que pase por él el Señor y llegue a nosotros. Pero ¿qué significa en concreto preparar el camino del Señor? Ante todo, significa estar abiertos a la predicación de Juan Bautista que nos llama a convertirnos al Señor, es decir, a dejar de recorrer los caminos de la injusticia y del pecado, a abandonar el camino de la soberbia y del orgullo. Es necesario escuchar esta invitación a la conversión que, en el fondo, es una llamada a la humildad, a reconocer y confesar el pecado que hay en nosotros y que nos impide acoger al Señor y recibir su salvación. No es necesario insistir demasiado en las dificultades que experimentan muchos cristianos para acercarse al sacramento del perdón de los pecados. ¿Pero es que no hay nada en nuestra vida que debamos rectificar? ¿No encontramos en nuestra conducta ningún motivo para pedir perdón a Dios y al prójimo? ¿Tan contentos estamos de nosotros mismos que no necesitamos acudir a la fuente del perdón, que Cristo nos dejó en el sacramento de la penitencia?

3. Para apreciar los valores

El tiempo de adviento es una ocasión propicia, un tiempo de gracia para hacer ese acto de humildad de reconocernos pecadores y necesitados de la misericordia de Dios. ¿Cómo vamos a recibir al Señor, si no purificamos nuestra conciencia, si no adecentamos nuestro interior con la gracia del perdón de los pecados? Pues como decía un gran padre de la Iglesia: “¿De qué te sirve que Cristo haya venido una vez en la carne, si no viene ahora a tu alma?”(Orígenes). La próxima conmemoración del nacimiento de Jesús será provechosa para nosotros, si le permitimos entrar en nuestro interior, si le recibimos en nuestro corazón. Por eso se nos invita a preparar el camino del Señor que viene a nosotros con una vida recta, sobria y honrada, a allanar el sendero de nuestra vida con el ejercicio de las buenas obras, especialmente de misericordia y caridad. Es el ferviente deseo del apóstol san Pablo: “que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores”. Se trata naturalmente de los valores evangélicos, que deben orientar y configurar nuestra conducta; se nos pide una mayor sensibilidad religiosa para que no nos dejemos arrastrar por otras voces muy potentes, por otros programas de vida aparentemente más atractivos, pero contrarios al Evangelio. Porque el Evangelio si no se vive, no nos salva; si nos limitamos a escucharlo y no damos un paso para ponerlo en práctica, es letra muerta. Esto es preparar el camino al Señor, que viene a salvarnos: confrontar nuestra vida en el espejo del Evangelio y, con la gracia de Dios, tratar de enderezar lo torcido y abrir nuestro corazón al perdón  que Cristo nos ofrece y nos trae.

En la Eucaristía Jesús viene a nosotros, se hace presente en su palabra y en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Por eso comenzamos la celebración disponiéndonos a recibirle pidiendo perdón y confesando nuestros pecados. Porque sólo así, bien dispuestos, podemos recibir con fruto al Señor que viene a nosotros.