Domingo XXI (C)
La cuestión que hoy nos plantea el Evangelio es sin duda la más fundamental, la que más debiera preocuparnos, sobre la que más debiéramos reflexionar: la cuestión de la salvación. Y, sin embargo, ¿a quién le importa esta cuestión? ¿quién reflexiona sobre ella? Probablemente una de las causas de la debilidad y de la insignificancia de la fe de muchos cristianos está aquí: en que se ha diluido la esperanza de la vida eterna, en el debilitamiento de la confianza en una salvación después de la muerte y, sobre todo, en la desaparición del riesgo de una perdición eterna. Si es verdad, como piensan muchos, que al final todos se salvarán, la salvación que se nos promete no debe ser gran cosa, pues cuesta tan poco. Veamos cómo se plantea esta cuestión en el Evangelio que acabamos de proclamar.
Hay de entrada una pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salvan?”. Desde luego en esta pregunta no se da por supuesto que todos van a salvarse, ni siquiera muchos o la gran mayoría; más bien, el que hace la pregunta supone que son ‘pocos’ los que tendrán esa suerte. ¿Cómo responde Jesús? Deja de lado la cuestión del número de los que se salvan para centrarse en lo que cada uno tenemos que hacer para alcanzar la vida eterna: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Con esta advertencia nos previene el Señor, para que no nos imaginemos un cielo sin puertas o tan grandes y anchas que todos pasen por ellas sin ningún trámite. El símbolo de la ‘puerta estrecha’ alude al examen a que seremos sometidos para entrar en el reino. Este examen último versará, como bellamente dejó escrito San Juan de la Cruz, sobre el amor: “A la tarde te examinarán en el amor”. La seriedad de este examen es tal que nadie puede argumentar: “Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas”.
Esto significa que no basta con venir a Misa, escuchar la palabra del Señor y comulgar en la mesa santa, para tener asegurada la salvación. Esta participación es, sin duda, necesaria para orientarnos en el camino de la salvación. Pero por mucho que vengamos a la iglesia si luego no seguimos el camino del amor, si despreciamos o explotamos al prójimo, si no tenemos en cuenta los mandamientos del Señor en nuestra vida familiar, social, laboral o política, entonces aquellos que se comporten así, cuando llamen a la puerta del cielo escuchará esta terrible respuesta: “No sé quiénes sois”.
No tenemos, pues, que confiarnos pensando que ya hacemos bastante con venir a Misa: esto sólo no es suficiente. También aquellos que escuchaban a Jesús iban a la sinagoga todos los sábados y, sin embargo, les dijo: Muchos “vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa del Reino de Dios”, y vosotros seréis echados fuera.
¿Cómo describe Jesús la salvación y la condenación? La salvación aparece dibujada como la entrada en la casa del Padre, como un sentarse a la mesa en el Reino de Dios. La condenación, en cambio, se describe como un quedarse fuera de la casa y, sobre todo, como un no ser conocidos por Dios, cuya consecuencia es vivir eternamente alejados de Él. La salvación es comunión de vida y de felicidad, es participación en el mismo ser de Dios, que es amor. De este modo todas las aspiraciones del corazón humano serán saciadas, todos los vacíos quedarán colmados. Si la salvación es un sentarse a la mesa que Dios preside y participar de su misma realidad divina por toda la eternidad, la condenación es soledad, incomunicación, silencio y oscuridad para siempre. La salvación es un don de Dios, pura gracias suya; la condenación es una elección del hombre, una decisión suya: el hombre se condena porque quiere, porque rechaza libre, consciente y obstinadamente el don de Dios.
Que el Señor, por su infinita misericordia, no permita que ninguno de nosotros se deje arrastrar por el mal de tal manera que lo prefiramos a Él; que nos conceda la gracia de mantenernos fieles al Evangelio hasta el final de palabra y de obra, con la fe siempre viva y el amor operante “mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo”.
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(O bien esta otra reflexión)
“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar, y no podrán”. Así de tajantes suenan las palabras de Jesús a la pregunta inquietante de si “serán pocos los que se salvan”. Parece que la idea de un Dios juez justo e inapelable, no cuadra bien con el rostro del Padre lleno de amor que Jesús nos reveló. Por eso nos sentimos inclinados a pensar que, como Dios es tan bueno, la salvación estaría asegurada hagamos lo que hagamos. Nos cuesta imaginar una condenación eterna. Hay cristianos, incluso practicantes, que niegan tranquilamente la existencia del infierno. Pero entonces, ¿para qué complicarse la vida, para qué luchar contra las malas inclinaciones, para qué resistir a la tentación, para qué ser honestos, para qué cumplir los mandamientos, si resulta que, al final, el ladrón y el honrado van al mismo sitio, si el explotador y el oprimido tendrán la misma paga, si el asesino y su víctima inocente recibirán la misma recompensa de gloria eterna?
Si esto fuera así, Dios no sería Dios, porque sería esencialmente injusto. Ciertamente, Dios es, como nos reveló Jesús, el Padre de infinita misericordia, pero eso no quita que sea de igual modo infinitamente justo. El amor que no hay en este mundo, lo encontraremos en Dios, pero también es verdad que la justicia, que tampoco hay en este mundo, la hallaremos en Dios. Esto último se suele olvidar. Por tanto, el problema de la salvación que plantea el Evangelio de hoy no hay que mirarlo sólo desde la infinita bondad de Dios, sino también desde su infinita justicia. Si no hubiera justicia, entonces tampoco habría amor, pues un amor que pasa por encima de las injusticias no es amor sino fría indiferencia. A Dios no le puede dar lo mismo el vicio que la virtud, el bien que el mal. Por eso Jesús trata de defender siempre tanto la absoluta gratuidad de la salvación, que es fruto del amor sin medida de Dios, como la responsabilidad del hombre, que debe trabajar con ahínco para recibir el don de la salvación. Estamos ciertamente seguros de la bondad del Padre hacia nosotros, comprobada de la manera más clara posible en la entrega de su Hijo a la muerte por nuestra salvación. Pero no estamos tan seguros de nuestra respuesta. La duda de nuestra salvación no está en Dios “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”, sino en nosotros, que con frecuencia, con nuestro comportamiento, parece que no queremos ser salvados.
Jesús nos exhorta encarecidamente: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella, mas ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida!; y pocos son los que lo encuentran”. La puerta que conduce a la salvación está siempre abierta: Jesús nos la abrió con su muerte y resurrección. Pero hasta ella sólo llegan los que caminan por la senda que recorrió el mismo Señor. Es decir, los que intentan vivir y comportarse como nos mandó Jesús, los que se esfuerzan en ajustar sus obras, pensamientos y deseos al Evangelio liberador de Cristo, los que trabajan por extender el Reino de Dios a su alrededor: esos están en camino de salvación. Ciertamente, vivir todo esto no es nada fácil en un mundo donde se premia al pecado y se desprecia la virtud. Por eso dice Jesús que se trata de un camino espinoso y de una puerta estrecha, “y pocos son los que la encuentran”.
Y como lo que cuenta son las obras de amor más que las palabras, Jesús nos advierte que en aquella hora no valdrán disculpas tales como “hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas”, es decir, nos han bautizado, hemos ido a la iglesia, hasta hemos comulgado... Si todo esto, que es muy importante, no va acompañado de una vida según el Evangelio, no lo podremos presentar como ‘visado’ de entrada en la Patria: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”.
Quiera Dios, en su infinita misericordia, que ninguno de nosotros escuche jamás esas terribles palabras de labios del Señor; para ello, que él nos conceda la gracia y la fuerza para andar siempre por el camino que nos trazó Jesús, camino a veces costoso y exigente, pero que tiene como meta y como premio sentarnos “a la mesa en el Reino de Dios”. En comparación con este don, que Dios nos tiene reservado, todas las dificultades y trabajos de la vida cristiana son poca cosa. Pues, al otro lado de la puerta estrecha, está la vida sin fin junto a Dios en el banquete del Reino, del cual la mesa de la Eucaristía, a la que la Iglesia nos invita constantemente, es prenda y garantía, un anticipo de lo que Dios nos tiene reservado.