DOMINGO I CUARESMA (C)

 

Dt 26,4-10; Sal 90; Rom 10,8-13; Lc  4,1-13

EL CAMINO CUARESMAL

 

José María de Miguel González OSST

 

Un año más nos disponemos a recorrer el camino de la cuaresma hacia la Pascua. Un año más el Señor nos concede celebrar este tiempo de gracia y salvación. Y de nuevo resuenan aquellas palabras de San Pablo que la Iglesia nos hizo escuchar el miércoles de ceniza: "Os exhorta­mos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque este es el tiempo favorable: dejaos reconciliar con Dios".

 

A cada uno de nosotros nos dirige el Señor esta misma invitación a no despreciar la oportunidad: que no se malogre la gracia que Dios nos ofrece generosamente en este tiempo de salvación. Pero para acoger la gracia, para que ésta no caiga en saco roto, es importante que cada uno eche un vistazo a su interior a fin de comprobar cuál es su situación ante Dios, para ver cuál es su disposición a seguir el llamamiento del Señor que nos invita a cambiar de conducta, a mejorar nuestra vida cristiana. El tiempo de cuaresma es una llamada a la reflexión y a la sinceridad para darle un poco más de calidad y de hondura a la fe que profesamos. Todos tenemos que cambiar, nadie hay tan perfecto que no tenga que esforzarse en ser mejor, nadie hay tan santo que no tenga que pedir constantemente perdón al Señor. A todos nos hace falta un poco más de coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos.

 

Las lecturas bíblicas de este primer domingo de cuaresma nos exhortan a volver sobre nuestras raíces religiosas. Es la llamada que nos ha dirigido el Apóstol: "Se refiere al mensaje de la fe que os anunciamos. Porque si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás". El camino cuaresmal es una invitación a reflexionar sobre nuestra fe, sobre la calidad de nuestra fe. A veces no reflexionamos suficientemente sobre lo que creemos, sobre los motivos de nuestra fe; vamos tirando más o menos con lo que aprendimos hace tiempo, pero nos cuesta dar un paso más. La fe se alimenta de la palabra, para luego traducirse en vida. El tiempo cuaresmal es el tiempo más oportuno, más a propósito para escuchar la palabra y dejarse convertir por ella. Para superar una fe lánguida, una fe para ir tirando, necesitamos prestar más atención a Dios mismo que nos habla en su palabra, que nos sana en sus sacramentos. Este es el tiempo de la cuaresma: para mejorar nuestra vida cristiana, para hacerla algo más auténtica, más creíble, más comprometida. ¡Claro que podemos hacerlo, con la gracia de Dios! Y no sólo es posible, sino que debemos empeñarnos personalmente, y en la familia, por hacer algo, por trazar un pequeño programa de vida cristiana para esta cuaresma: por ejemplo, leer todos los días un texto del evangelio y luego comentarlo en familia; en vez de tanta y tan mala televisión, dedicar un tiempo a este sencillo ejercicio es un modo precioso de unir a la familia en torno al Evangelio. Pero si esto, tan elemental y tan sencillo, parece algo imposible de realizar, habrá que pregun­tarse qué queda o a qué se reduce la fe cristiana en la familia.  

 

La cua­resma es una invitación a volver sobre nuestros pasos, para recompo­ner las deficiencias de nuestra respuesta al amor de Dios. Como a Jesús, también a nosotros el Espíritu nos empuja al desierto al comienzo del camino cuaresmal, nos empuja a confrontarnos con nosotros mismos en la soledad de nuestro corazón. Porque no debemos olvidar que la victoria o el fracaso del hombre se juega en su interior; es en el fondo de la conciencia donde el hombre es él mismo sin caretas de carnaval; sólo allí está desnudo ante sí mismo y ante Dios. La cuaresma es una llamada a renovar y purificar la conciencia, a escuchar la voz de Dios que en toda conciencia recta resuena con claridad. Es verdad que podemos aplanar la conciencia, que podemos ahogar su voz; podemos incluso actuar sin conciencia, es decir, sin escrúpulos de ninguna clase, pero nunca podremos acercarnos a Dios y vivir según Dios sin esforzarnos en seguir la voz de la conciencia.

 

Cuando el miércoles pasado nos impusieron la ceniza, a cada uno se nos decía: "Conviértete y cree en el Evangelio". Son las primeras palabras de Jesús al comienzo de su ministerio, después de su experiencia de soledad y oración en el desierto; son las palabras que nos dirige la Iglesia al empezar este tiempo de gracia y salvación. Ojalá no las echemos en saco roto. Que la participación en la Eucaristía nos confirme en la recta conciencia para escuchar la voz del Señor que nos llama a cambiar y mejorar nuestra vida cristiana.

 

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DOMINGO I CUARESMA (C)

 

Dt 26,4-10; Sal 90; Rom 10,8-13; Lc  4,1-13

LA TENTACIÓN

José María de Miguel González OSST

 

¿Por qué empieza la cuaresma con el evangelio de las tentaciones de Jesús? Pues porque el origen de la cuaresma, su razón y sentido, son precisamente los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto antes de dar comienzo a su vida pública: "durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo".

 

Para Jesús, aquella cuaresma fue un periodo de prueba, de tentación. El se había retirado al desierto para prepararse a afrontar el nuevo camino que se disponía a recorrer: había sido enviado a anunciar a los hombres el reino de Dios, o sea, el amor incondicional y gratuito del Padre para con todos sus hijos, pero resulta que este era un encargo lleno dificultades, con mucha oposición y rechazo. La tentación a que fue sometido durante este periodo de soledad en el desierto era la del abandono. El tentador le invita a abandonar el proyecto, a desistir de su empeño, a dejar el camino de la confrontación y el sufrimiento que tenía delante. A cambio le ofrece una vida humanamente muy apetecible, brillante, llena de éxitos y de reconocimiento público.

 

La tentación reviste la forma de la satisfacción de los deseos más hondos y arraigados del hombre: que las piedras se conviertan en pan, que traducido significa: todo lo que te rodea lo puedes utilizar en provecho propio sin más miramientos ni consideraciones. El resultado actual de esta tentación es la crisis ecológica que amenaza la supervivencia del mundo. En su afán de dominio y de acaparamiento de bienes materiales, el hombre está esquilmando el medio ambiente: desaparecen bosques, se contaminan mares y ríos, se alteran los alimentos. Frente a esta tentación materialista Jesús responde que el hombre no vive sólo de pan, de las cosas, sino que es necesario abrirse a los valores del espíritu, de la palabra de Dios. El materialismo rampante puede llevar al hombre a su propia destrucción.

 

El objeto de la segunda tentación a que fue sometido Jesús en el desierto es el poder: "Te daré el poder y la gloria". Nadie quiere ser ni estar sometido a nada ni a nadie, y eso es una buena cosa, porque "para ser libres nos liberó Cristo"; pero en nosotros hay un impulso a someter y dominar a los demás, y esto es el pecado. Las formas pecaminosas del ejercicio del poder son muchas; no hay que elevarse a las altas instancias gubernativas, pueden darse en el interior de la familia, donde las voces, insultos y malos tratos no son una rareza; o en las relaciones laborales y aquí las formas de explotación son un pecado que clama al cielo. ¿Qué es lo que persigue el que se deja seducir por la tentación del poder? Pues el sometimiento, que te arrodilles delante de mí. Al que manda le gusta tener muchos arrastrados a su alrededor. La respuesta liberadora de Jesús es muy clara: "Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto". No tenemos que dejarnos atrapar por ningún señor pequeño o grande que sea, porque nosotros sólo tenemos un único Señor. Nosotros confesamos "Jesús es el Señor", muerto y resucitado para nuestra salvación. Por eso el poder del Señor es para nuestra salvación, no para oprimirnos y someternos, como hacen los poderes de este mundo: es el poder del Crucificado que muere para que las víctimas no sean olvidadas, sino que tengan rostro y presencia ante Dios.

 

La primera tentación es la del materialismo, la segunda la del poder, y la tercera la de la ostentación: "tírate de aquí abajo", desde el alero del templo. Es la tiranía de la opinión pública que fabrica continuamente ídolos y mitos de cartón piedra, de usar y tirar, para entretenimiento y satisfacción de las bajas pasiones de la audiencia. ¡Cuánta gente está dispuesta a mentir y calumniar al prójimo, a desvelar sus intimidades y desnudar sus cuerpos con tal de aparecer en la plaza pública de los medios de comunicación! A Jesús el tentador le ofrecía el camino del triunfo en vez del de la cruz, el del reconocimiento social en vez del rechazo, pero para ello tenía que abandonar los caminos de Dios, renunciar a cumplir el encargo recibido del Padre. Jesús rechaza de plano la tentación: "No tentarás al Señor tu Dios".

 

Como a Jesús, a todo discípulo que intente mantenerse fiel a los valores evangélicos -y este es el esfuerzo de la cuaresma que acabamos de estrenar-, le acecha la tentación de dejarse atrapar por las cosas, por las ganas de poder, por el ansia de la fama. El evangelio de hoy nos presenta el ejemplo de Jesús: hay que resistir a la tentación, no podemos dejarnos arrastrar por ella, por las distintas formas de seducción que nos atraen y solicitan nuestra rendición. Los que viven bajo el dominio del pecado, ciertamente esos no sienten la tentación. Son tentados los que tratan de ser fieles y resisten, no los que ceden y viven en el pecado, éstos no necesitan ser tentados.

 

Hemos empezado la cuaresma con el recuerdo de nuestra fragili­dad siempre expuesta a la tentación, y para combatirla se nos propone la práctica de las obras de penitencia cuaresmales: la limosna, la oración y el ayuno, o sea, el ejercicio de la caridad fraterna, la meditación de la palabra de Dios y una vida austera. Es el camino de la cruz que conduce a la experiencia de la resurrección.