Domingo Primero de Adviento (C)

Jer 33,14-16; Sal 24; 1Tes 3,12-4,2; Lc 21,25-28.34-36

SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN

José María de Miguel González OSST

 

   Empezamos el tiempo de adviento, tiempo de espera y de esperanza, tiempo de preparación a la Navidad del Señor. Un tiempo particularmente gozoso, porque esperamos la venida del Señor, porque nos disponemos a celebrar su nacimiento que tuvo lugar hace dos mil años. Pero también el adviento es un tiempo en el que no se olvida la dimensión penitencial, o sea, la llamada a preparar los caminos, a practicar la austeridad de vida, la invitación a la conversión, por eso el color de los ornamentos es el morado, cuyo simbolismo es precisamente penitencial. El tiempo de adviento, dentro del clima de alegría que se respira por todas partes, es una llamada a la conversión, a la penitencia, y, en último término, a la reconciliación para poder recibir, como se merece, al Rey de la gloria, cuyo Nacimiento en Belén, nos disponemos a celebrar sacramentalmente.

1. La segunda venida del Señor

¿Cuál es el mensaje que la Palabra de Dios nos dirige este primer domingo de adviento? A lo mejor alguno se ha preguntado: ¿cómo podemos esperar a Alguien que ya vino hace dos mil años? Porque la esperanza mira hacia adelante, no hacia atrás. Y, en efecto, el texto evangélico que acabamos de proclamar nos pone delante no la primera venida del Señor en la noche de Belén, sino la segunda venida: "entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria". El advien­to, el tiempo de espera, empieza precisamente recordándonos a quién esperamos: el que vino una vez en la humildad de nuestra condición humana volverá en gloria y majestad. O sea, que no nos limitamos a recordar algo que sucedió hace mucho tiempo, el nacimiento de un Niño en condiciones bastante lamentables, sino que, justamente, eso que pasó hace dos mil años nos está indicando que allí no terminó todo, aquello no fue más que el comienzo, pero el final, el término hacia el que miramos acontecerá "cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra"(prefacio). Es muy importante tener presente esta segunda venida del Señor, que es la que de verdad nosotros esperamos y hacia la que nos encaminamos, porque de lo contrario, si no espe­rásemos el encuentro con el Señor en su segunda venida, la celebración de la primera, hace dos mil años, no sería más que un mera dis­tracción, un entretenimiento para las noches largas de invierno.

2. En espera vigilante

La Palabra de Dios del primer domingo de adviento nos recuerda este desenlace, el encuentro con el Señor, llamándonos a la reflexión, a tomar en serio nuestra relación con Dios: "Estad siempre despiertos, pidiendo fuerzas para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del hom­bre". Estar despiertos es lo mismo que estar atentos, vigilantes, oteando en el horizonte de la vida los signos de la venida y presencia del Señor. A algunos les parecerá mejor olvidarse de todo esto, dejar de complicarse la vida; son muchos los que piensan que lo importante es vivir a tope el momento presente... Como esta tentación atraviesa los siglos, el Señor nos invita a que "no se nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero". Nadie puede negar que esta preocupación no exista, cuando se juegan tantos miles de millones en la lotería más famosa del año. Pero el embotamiento, el aturdimiento de la mente que nos impide aguardar despiertos y vigilantes al Señor, no proviene sólo del afán del dinero, del sueño del dinero fácil, sino también del alcohol. Más que en otros tiempos del año, en Navidad circula y se consume con profusión bebidas alcohólicas. Y ya se sabe desde muy antiguo que el alcohol embota la mente, dificulta el uso normal de la razón y debilita la voluntad. Pero junto con un plan de vida sobria, que sería muy de desear, la Palabra de Dios, en este primer domingo de adviento, nos llama la atención sobre la primacía del amor, porque de nada sirve una ascesis, la mortificación, una vida sacrificada "si no tengo amor", por eso el Apóstol pide a Dios que nos haga rebosar "de amor mutuo y de amor a todos... para que cuando Jesús nuestro Señor vuelva... os presentéis santos e irrepresibles ante Dios nuestro Padre". Con la vuelta del Señor, que nadie sabe cuándo será, comienza este adviento; cuanto más lo tengamos presente mejor celebraremos su primera venida, porque estaremos mejor preparados, más despiertos, más vigilantes, con la conciencia tranquila a la espera del encuentro con el Señor.

3. La promesa se ha cumplido

Navidad es el cumplimiento de la promesa de Dios: con el nacimiento del Mesías, Dios ofrece la paz y la justicia a su pueblo. Este es el nombre nuevo del Mesías: será llamado “Señor-nuestra-justicia”. Pero aún no vemos realizada esta promesa, pues por muchas partes del mundo la guerra y el terrorismo, la violencia y la injusticia campean a sus anchas. Y, sin embargo, en el Nacimiento de Jesús se encendió para siempre la llama de la esperanza que guía a la Humanidad hacia la paz y la justicia, hacia el cielo nuevo y la tierra nueva, símbolo e la reconciliación perfecta del hombre con Dios, y de los hombres entre sí y con la creación entera.. Es, ciertamente, un camino lento, pero irreversible. Por eso en cada nueva Navidad recordamos que Dios ha cumplido su promesa: el Mesías nacido en Belén hace dos mil años es el vástago legítimo de David “que hará justicia y derecho en la tierra”. La celebración de la Navidad nos libera así de todo temor y desesperanza, porque el Salvador el mundo ha plantado su tienda entre nosotros.

Ahora, aquel mismo Señor Jesús que vino hace dos mil años, el mismo Señor que aguardamos y con quien nos encontraremos, unos más pronto otros más tarde, viene a nosotros en la Eucaristía, pues en el sacramento del pan y del vino él mismo está presente, se hace encontradizo, nos brinda su salvación. Empecemos bien el adviento, acojamos al Señor en la fe, dispongámonos a recibirlo en nuestro corazón y en nuestras familias no dejándonos seducir por el dinero, el alcohol, el vicio: “manteneos en pie ante el Hijo del hombre”.

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  -II-

DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO  (C)

1. Comenzamos hoy el tiempo de preparación a la Navidad del Señor; es el tiempo de 'adviento', que quiere decir tiempo de espera vigilante y de preparación a la venida del Señor: "Mirad que llegan días en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá". Atrás queda la primera venida, cuya memoria celebraremos el día de Navidad, aquella primera venida en que Dios cumplió su promesa, el nacimiento del Mesías; pero al mismo tiempo, esperamos su segunda venida, que no sabemos cuándo acontecerá. Por eso, el Apóstol nos exhorta a mantenernos vigilantes, es decir, bien dispuestos, "para que cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensi­bles ante Dios nuestro Padre". Comenzamos, pues, el adviento con el pensamiento de la segunda venida del Señor, que el evangelio la describe en medio de una gran catástrofe cósmica, para indicarnos que la segunda venida no será como la primera en la humildad de un pesebre, sino en gloria y majestad, pues entonces ha de venir a juzgar a vivos y muertos, no como en la primera que se sometió al juicio inicuo de los hombres. Pues bien, con este pensamiento de la segunda venida de Cristo la liturgia de este primer domingo de adviento quiere disponernos a celebrar con provecho aquella primera venida en la noche de Belén.

2. El horizonte que tenemos al fondo, durante estas semanas de preparación, es el nacimiento del Señor: Jesús, el Hijo del Altísimo, viene a nosotros, ¿cómo ir nosotros hacia él? ¿cómo disponernos a acogerlo en nuestras vidas? En primer lugar y como condición indispensable se nos pide "querer" prepararnos, querer hacer algo, responder a la invitación que se nos dirige para salir de la mediocridad, de la rutina, del conformismo; se trata, pues, de una decisión de la voluntad. Es lo que hemos rezado en la oración que inaugura este tiempo de adviento: "Aviva en tus fieles, Señor, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene".  ¿Hay en nosotros un deseo de Dios? Si lo hay, es que Dios es un bien valioso para nosotros; pero si nuestro deseo de Dios está adormecido y apenas lo notamos, es señal clara de que Dios no es algo excesivamente valioso para nosotros, es señal de que podemos pasar tranquilamente sin él.

3. Este tiempo de adviento que hoy comenzamos, nos encara con esta pregunta fundamental: Dios viene a nuestro encuentro, ¿deseamos nosotros salir a recibirlo? Naturalmente, no se trata de un mero deseo puramente sentimental, sin contenidos concretos; un deseo que no compromete a nada, no logra alcanzar nada. Por eso en la oración hemos rezado: "aviva en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo acompañados por las buenas obras". Si al deseo no le acompañan las obras, no es un verdadero deseo, es un espejismo, es un engaño. Y ¿cuáles son esas obras que hacen verdadero el deseo de prepararnos a recibir al Señor? Nos las ha recordado Jesús en el Evangelio: "Se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero".  El deseo de salir al encuentro de Cristo, para que sea verdadero, tiene que concretarse en un empeño de purificación de nuestro corazón, de nuestras actitudes, de nuestros comportamientos, de manera que el Señor pueda habitar en él. A todos nos afecta la advertencia de Jesús: porque el corazón se endurece cuando nos dejamos esclavizar por el vicio, en cualquiera de sus formas, y particular por la bebida y el afán desmesurado de dinero que conduce a la corrupción. Por eso, todo el tiempo de adviento es una invitación a la renovación de la vida cristiana: si ésta no se da, el deseo de Cristo es estéril, la navidad no será un acontecimiento de salvación en nuestras vidas. Y sabemos también que para lograr esto, no podemos contar con nuestras fuerzas que son escasas y están debilitadas por el peso de nuestros pecados. Pero contamos con la ayuda del Señor, con el apoyo de su gracia, con ese poder suyo que nos fortalece internamente.

    Abramos, pues, nuestro corazón a la gran esperanza de la navidad, que empezamos a vislumbrar desde este primer domingo de adviento, esforzándonos por seguir la invitación de Jesús: "Estad siempre despiertos y manteneos en pie ante el Hijo del hombre". Mantenerse en pie es vivir en el amor y la gracia de Dios y en el amor fraterno; es llevar una vida que agrade a Dios. Pues este es, hermanos, el tiempo de adviento, tiempo para dejarnos moldear por el Señor, para poner nuestra vida en sus manos, de manera que también en nosotros se dé un renacimiento como gracia y fruto del Nacimiento del Señor.