Domingo XVIII (C)
Hoy toca el Evangelio una cuestión bien difícil: la avaricia del dinero, el deseo inmoderado de hacer fortuna, de amontonar riquezas como sea y a cualquier precio. Por la ambición de los bienes de este mundo se han hecho y se hacen casi todas las guerras. Por el dinero se roba, se soborna, se prostituye, prospera el negocio de la droga y de las armas, se asesina sin escrúpulos. Por el dinero se rompen los lazos humanos más sagrados, los de la familia: ¡cuántas familias rotas a causa del dinero! ¡cuántos odios mortales y eternos entre los hermanos por culpa de las herencias! La ambición del dinero lleva la marca de Satanás que se complace en dividir y enfrentar a los hermanos, en sembrar el odio entre los hombres, en oprimir y explotar al prójimo. El dinero es la causa principal de casi todas las injusticias que comete el hombre contra el hombre, los pueblos ricos contra los más pobres. El dinero, en fin, es el ídolo más poderoso y al que con mayor facilidad se sacrifica el hombre gustosamente. Pocos pueden resistir la fascinación del dinero.
Por eso Jesús ve en la ambición del dinero el obstáculo principal para alcanzar la salvación: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios”. ¿Por qué la codicia del dinero resulta tan peligrosa para la salvación? El Señor nos lo explica con una pequeña parábola en el Evangelio de hoy. Según la enseñanza de Jesús, el que pone su corazón en los bienes de este mundo, se olvida con facilidad de Dios; en realidad, Dios no le hace ninguna falta; cree que con el dinero puede comprarlo todo, tenerlo todo, así que Dios está perfectamente de sobra; más aún, Dios molesta, es un estorbo, una sombra en la conciencia que hay que borrar.
Aquel rico del Evangelio se dice a sí mismo, todo satisfecho a la vista de una gran cosecha: “Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida”. Aquí termina y a esto se reduce la ambición del dinero: al puro materialismo, donde no hay sitio para Dios y, por eso mismo, tampoco hay sitio para el prójimo. El ambicioso piensa sólo en sí mismo, en dar completa satisfacción a todos los deseos de su cuerpo; se olvida de los que, a su alrededor, pasan necesidad; no le importa que haya millones de personas que mueren de hambre, mientras él se da la gran vida. Por eso el Señor nos advierte: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Es como si nos dijera: No pongáis vuestra confianza en los bienes que no pueden salvaros. Por muchas riquezas que poseáis no os llevaréis un centavo de este mundo, no podréis añadir con todas ellas una hora más a los días de vuestra vida, ni os servirán para que os abran las puertas del Reino de los cielos. Aquí, en este mundo ante dinero se abren todas las puertas, allí, en la patria definitiva, se cierran. Esta es la cruda verdad.
Así, pues, con esta parábola Jesús nos quiere mostrar cuál es la verdadera riqueza, aquella sola que nos interesa asegurar y a la que debemos aspirar con toda nuestra alma: ¡ser ricos ante Dios! Esto es lo realmente importante. Pero para llegar a ser ricos ante Dios no podemos poner el corazón en los bienes de este mundo: “No podéis servir a Dios y al dinero”. San Pablo, por su parte, nos ha dicho: “Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios: aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. Ser ricos ante Dios es ir asemejándonos a Cristo, “el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Cristo pobre es nuestro mayor tesoro delante de Dios: a Él tenemos que parecernos si queremos recibir la plenitud del amor de Dios. Si Cristo nos abrió el camino de la salvación desde el más absoluto despojo de sí mismo, nunca podremos nosotros recibir esta salvación si estamos llenos de nosotros mismos, si ambicionamos las riquezas de este mundo, si no nos despojamos “de la vieja condición humana con sus obras”. Por eso nos ha exhortado el Apóstol a dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros: “la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría”.
Esta es la palabra de Dios que no podemos disimular ni adulterar. Es, sin duda, una palabra exigente para un tiempo de creciente relajación moral cuya causa última es el materialismo que nos invade. Donde sólo se vive para los bienes materiales, allí desaparece Dios y toda norma moral. Ojalá sepamos acoger con fe y obediencia esta palabra salvadora: ella y la Eucaristía son nuestro alimento y nuestra fortaleza para vivir en este mundo como hijos de Dios.