Domingo XVII (C)

 

Gn 18,20-32; Sal 137; Col 2,12-14; Lc 12,1-13

 

Enséñanos a orar

 

José María de Miguel González OSST

 

Las lecturas bíblicas de este domingo nos hablan de la oración. Incluso Jesús nos propone una oración concreta como modelo de toda oración. Se trata de uno de los temas más importantes de la vida cristiana. Porque la oración es el oxígeno del alma; por ella, por la oración, nos ponemos en contacto con Dios, respiramos a Dios, lo sentimos cercano y compañero. No puede haber religión verdadera si oración, porque la religión nos pone en comunicación con Dios principalmente a través de la oración y Dios derrama su gracia sobre nosotros en la oración.

 

¿Qué es la oración? A veces confundimos la oración con un conjunto de fórmulas que repetimos de memoria, a veces de manera distraída y rutinaria; pero la oración es algo más que mover los labios. Es hablar amistosamente con Dios en la confianza de que Él siempre nos escucha porque nos ama, con la seguridad de que nuestras palabras, nuestras peticiones, nuestra acción de gracias no se pierden en el vacío, sino que llegan hasta la presencia de Dios. Nuestro clamor, nuestras angustias y preocupaciones, nuestras alegrías y tristezas, nuestros gritos de súplica los recoge Dios, tocan el corazón de Dios. Para orar como Jesús nos enseñó es necesario creer que Dios es en verdad nuestro Padre, un Padre que nos ha regalado la vida, que cuida de nosotros con amor, que conoce nuestras necesidades y olvida nuestras ingratitudes, que da la espalda a todos nuestros pecados. Dios es Padre: y el que eso lo entiende y lo vive espontáneamente, ése hace oración sin esfuerzo, ése se dirige a Dios como Jesús nos enseñó, llamándole  sencillamente ‘Padre’ con toda confianza. Porque Dios es más padre y mejor padre que todos los padres de la tierra.

 

Quizás nos falta confianza en Dios, por eso nos cuesta hacer oración. ¿Para qué rezar si Dios no nos escucha, si todo sigue igual o peor, si no hay remedio para nuestros males? Queremos que Dios nos escuche a la primera, que cumpla enseguida nuestros deseos, que esté a nuestro servicio. En una palabra, queremos un Dios que solucione milagrosamente todos nuestros problemas. Si no lo hace, lo abandonamos, nos cansamos de él. Pero Dios escucha siempre la oración del hombre sinceramente religioso, del humilde que confía en él, aunque no siempre nos dé gusto en todo lo que le pedimos.

 

Esta es la verdadera oración: pedir, sí, “pedid y se os dará..., porque quien pide recibe”. Pero nuestras peticiones no pueden ser nunca una exigencia, no podemos pretender que Dios haga nuestra voluntad, al contrario, tenemos que someter nuestras peticiones a la voluntad de Dios, a lo que Él disponga que siempre será lo mejor para nosotros. Por eso siempre y en toda oración hemos de terminar diciendo con Jesús en el Huerto de los Olivos: “Pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

 

La Palabra de Dios de este domingo nos señala tres notas principales de la oración cristiana:

1.     A Dios le agrada que intercedamos ante Él por el mundo, por los pecadores, por los alejados. Esta es la oración de Abrahán hecha con gran humildad y confianza. Es la oración por los demás, incluso por los enemigos: esta oración mueve especialmente el corazón del Padre.

 

2.     A Dios le agrada que acudamos a Él como a un amigo, que no nos cansemos de insistir, que llamemos una y otra vez a su puerta, aunque sea a horas intempestivas: “él se levantará y le dará cuanto necesite”.

 

3.     A Dios le agrada que acudamos a Él con la confianza de los hijos en sus padres, o sea, sabiendo que un padre nunca perjudicará a sus hijos: Pues “si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”.

 

Seguramente en este reproche nos descubre el Señor la razón última de nuestros fracasos en la oración. Pedimos mucho, tal vez demasiado, pero ¿qué pedimos a Dios? Casi siempre cosas materiales: salud, éxito en el trabajo, con el dinero, en los estudios, en el amor... Y está muy bien, pero si sólo pedimos eso, no pedimos lo más importante y, por tanto, no podemos agradar a Dios. Dice Jesús: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”. Es como si nos dijera: Pedid a Dios la salvación, pedid la gracia, “santificado sea tu nombre”, pedid que Él viva y habite en vosotros, “venga tu reino”, pedid el Espíritu Santo, y recibiréis con plenitud todo lo demás. Pero si sólo pedimos bienes materiales y nos olvidamos de Él, de cumplir su santa voluntad, ¿cómo podemos pretender que Dios nos escuche y cumpla todas nuestras peticiones? Si queremos que Dios nos escuche, hemos de esforzarnos por vivir como hijos en su divina presencia, hemos de pedir sobre todo la gracia de la salvación para nosotros y para los demás. El resto vendrá por añadidura.