Domingo XVI (C)

Gn 18,1-10; Sal 14; Col 1,24-28; Lc 10,38-42

 

Lo recibió en su casa

 

José María de Miguel González OSST

Hoy las protagonistas del Evangelio son dos mujeres, dos hermanas que, como sabemos por San Juan, tenían una gran amistad con Jesús hasta el punto que por ellas realizó el Señor el milagro más grande y espectacular recogido en los evangelios, la resurrección de su hermano Lázaro. Que Jesús las distinguiera con su amistad fue una gracia que ellas supieron reconocer y agradecer cada una a su modo. Vamos a ver cómo reacciona el Señor ante la acogida de Marte y de María. Estas dos mujeres simbolizan dos actitudes distintas ante Jesús, dos formas de amar al Señor.

 

Marta entiende que la mejor manera de recibir a Jesús es haciendo cosas por él, preparándole la mejor habitación y sirviéndole la mejor cena. Humanamente parece que es lo más acertado. Cualquiera de nosotros actuaría de la misma forma, si se nos presentara la ocasión de acoger a Jesús. María, en cambio, permanece silenciosa “sentada a los pies del Señor”, escuchando absorta su divina palabra. A primera vista parece que no hace nada por el Señor, que está perdiendo el tiempo, con lo mucho que hay que hacer por él para que se sienta a gusto y satisfecho en su casa. Pero ¿qué es lo que piensa Jesús de las distintas actitudes de estas dos hermanas hacia él? Por de pronto es sorprendente la respuesta que da el mismo Señor a la justa queja –desde el punto de vista humano- de Marta: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano... Pero el Señor le contestó: Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; pero sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán”.

 

En estas palabras de Jesús hay una especie de inversión de valores, que se repite en otros lugares del Evangelio: lo que a los ojos del mundo pasa por útil, eficaz y rentable, no lo es tanto a los ojos de Dios. Y, la revés, lo que el mundo juzga despreciable e inútil, es lo más útil y provechoso a los ojos de Dios. Porque ante el Señor no cuenta tanto lo que nosotros hacemos, incluso lo que, con toda la mejor voluntad, hacemos por él, como Marta, sino lo que él hace en nosotros, lo que le dejamos hacer, como María. Pero para que Dios pueda hacer algo en nosotros, es decir, para que pueda salvarnos, nos pide que nos abramos a él y a su gracia, quiere que le prestemos atención, que le escuchemos con calma y sosiego, que dejemos penetrar suavemente en nosotros su palabra salvadora.

 

A Jesús le agrada más ver a María silenciosa, pendiente de su palabra, que a Marta preparándole la cena. No es que el Señor rechace el amor que Marta el demuestra haciendo que se sienta a gusto, humanamente contento, en su casa. Pero nos advierte que esa forma de amar, consistente en hacer muchas cosas por él, no es la más elevada ni la más agradable en la presencia de Dios. Esta verdad evangélica hay que recordarla con toda claridad especialmente en nuestros días: muchos creyentes comprometidos, muchos sacerdotes y religiosos, nos parecemos más a Marta que a María. Hay quienes trabajan sin descanso por el Señor, organizan continuas reuniones, movimientos apostólicos, no paran de hacer cosas, y cosas buenas por el Señor... Pero apenas permitimos que Dios nos hable, no tenemos tiempo para la contemplación, es decir, para escucharle a él solo.

 

Al Señor le agrada que le busquemos, que le amemos por él mismo, que le acojamos en la intimidad de nuestro corazón, sin dejar por eso naturalmente de servirle en los hermanos. Nuestro deseo de Dios debe parecerse al de Abrahán cuando vio a  aquellos tres hombres, símbolo de las tres divinas Personas, de pie ante él: “Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo”. ¡No pases de largo! Esta debiera ser una petición continua en nuestro labios. ¡Cuántas veces llama Dios a nuestra puerta, cuántas veces desearía hospedarse con nosotros, en nuestra alma, y nosotros no nos damos cuenta, porque vivimos distraídos, sordos a su llamada!

 

En un mundo de ruidos enloquecedores y de palabras vacías y engañosas, el Evangelio de hoy nos pone delante el ejemplo de María, sentada a los pies de Jesús. El encuentro con el Señor acontece en el silencio, en la escucha atenta y devota de su palabra. Algunos dicen que Dios no habla, que se ha quedado mudo, que ha muerto. Pero la verdad es otra: nosotros nos estamos quedando sordos para escuchar a Dios, pues sólo tenemos oídos para las palabras de los hombres, de la propaganda, de las telenovelas, de las canciones de moda, de las promesas incumplidas de los demagogos. Dios sigue hablando al corazón del hombre, pero hace falta que éste le deje sitio, se ponga a la escucha, le dé una oportunidad: ¡Señor, dispón nuestro corazón para escuchar tu palabra, danos paz y sosiego para estar contigo, haz que saquemos tiempo para ti, para sentir tu presencia, para vivir en perpetua amistad contigo! Pues, como tú mismo dijiste a Marta, “una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán”