Domingo XV (C)
"Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?"
Esta es, hermanos, la pregunta fundamental, la cuestión que más nos interesa, lo que mayormente nos debería preocupar: qué tenemos que hacer para salvarnos. Y, sin embargo, con ser este asunto el único verdaderamente importante, son pocos los que sienten esta preocupación por su propia salvación. En la práctica, la mayoría vive al margen de su destino más allá de la muerte, vive como si con la muerte todo terminaría y, por tanto, para qué preocuparse por una salvación de la que no se está muy seguro, en la que no se cree demasiado.
La mentalidad materialista que nos envuelve por todas partes hace muy difícil la pregunta por una salvación más allá de esta vida. Pero Jesús nos enfrenta con la verdad: el evangelio que acabamos de proclamar tiene precisamente como tema el mandamiento que nos abre las puertas de la vida eterna: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo... Haz esto y tendrás la vida".
Se trata aquí del cumplimiento fiel y perseverante del primer mandamiento de la ley de Dios: amar al Señor sobre todas las cosas. Con esto bastaría realmente, porque si amamos de verdad a Dios cumpliremos con gusto su santa voluntad, haremos con prontitud todo lo que él nos ha mandado para nuestro bien. El amor allana las dificultades. El que ama es capaz de sortear todos los obstáculos. Por eso, si nosotros amamos de verdad a Dios cumpliremos con fidelidad y alegría sus mandamientos, sin cálculos egoístas, pues para el que ama su premio es el mismo amor, la felicidad de amar y ser amado. En cambio, para el que no ama a Dios o le ama poco todo son dificultades, los mandamientos se le hacen insoportables. Y es que, dado como somos, la pasta de que estamos hechos, el amor a Dios sobre todas las cosas nos resulta muy difícil de practicar y más cuando este amor lleva consigo como exigencia de verdad, el amor al prójimo, sobre todo al prójimo necesitado. Generalmente, a quien el hombre ama sobre todas las cosas es a sí mismo, a su comodidad, a sus gustos, a su prestigio. Por eso a veces queremos tener al prójimo, y al mismo Dios, a nuestro servicio: este es el pecado de egoísmo, raíz y fuente de todos los demás.
Una forma sencilla y práctica de amar a Dios como él quiere ser amado es la asistencia a la misa dominical. La Eucaristía es la mayor prueba del amor de Dios a nosotros. En ella se hace realmente presente y actual el único sacrificio de Cristo, su muerte en la cruz por nosotros, por nuestro amor. El ha querido que este supremo gesto de amor lo recordemos siempre. Para eso instituyó la Eucaristía en la última cena, para poner a nuestro alcance los frutos de la redención. Pero para que el amor redentor de Cristo llegue a nosotros y nos salve, tenemos que participar con fe y devoción en la misa dominical, donde él se hace realmente presente renovando su entrega en sacrificio por nosotros, y donde él mismo se nos da como alimento de salvación. Y, sin embargo, con qué facilidad muchos cristianos dejan de venir a misa los domingos. Cualquier excusa, cualquier pretexto es válido para no acudir a la iglesia. Ahora bien, ya sabemos que no basta venir a misa para agradar a Dios, para participar con provecho de su salvación. Además de estar físicamente presente, tenemos que poner en juego la fe para escuchar y acoger lo que él nos dice en su Palabra y el amor que nos acerca a los más necesitados, como el buen samaritano. Pues sólo esta actitud, que es la de la fe y el amor, da valor religioso a nuestra participación en la misa dominical.
Vamos, pues, a esforzarnos un poco más en cumplir el primer mandamiento como Dios quiere que lo cumplamos: amándole con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser. Vamos a tomar en serio a Dios, para que él nos tome en serio a nosotros. Vamos a amarle celebrando con fe y devoción la santa misa y que esto se traduzca luego en un verdadero y eficaz amor al prójimo. Pues, estamos seguros de amar a Dios, a quien no vemos, si amamos al prójimo, a quien vemos y en quien Cristo mismo está presente. "Haz esto y tendrás la vida", dice el Señor.