DOMINGO XIII ( C )
En el Evangelio del domingo pasado, el Señor ponía dos condiciones a aquel que libre y voluntariamente se decide a seguirle como discípulo suyo. En primer lugar, exigía la “negación de sí mismo”, lo que dicho con otras palabras significa el sometimiento de nuestros puntos de vista a los de Dios; y en segundo lugar, la aceptación de la cruz, es decir, el estar dispuestos a sufrir el desprecio y la persecución por Cristo, el no echarnos atrás cuando, por temor al qué dirán, por respetos humanos, sentimos la tentación de dejarnos llevar por la corriente y olvidarnos del Evangelio. Cargar cada día con la cruz equivale hoy, entre nosotros, a confesar con valentía nuestra fe, a dar testimonio de Cristo sin arrogancia, pero también sin miedo.
De la lectura del Evangelio de hoy se deducen estas otras tres condiciones que pone el Señor al que quiera seguirlo:
“Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Esta es la respuesta de Jesús a uno que quería seguirlo. Es una respuesta, en cierto modo, desanimante. Es como si nos dijera: no creas que te van a resultar fáciles las cosas en mi compañía. Si pretendes medrar social o políticamente, si crees que conmigo te vas a enriquecer, vas a estar seguro y socialmente protegido, estás equivocado. El que sigue a Jesús se pone totalmente en manos de Dios, no sabe lo que le espera. Su única certeza es que Dios, pase lo que pase, no lo abandonará. Nosotros los cristianos aceptamos el riesgo del Evangelio. Nuestra esperanza no se apoya ni en lo que somos, ni en lo que podemos o tenemos: nosotros apostamos por Jesús, nos fiamos enteramente de él. No acudimos al Señor buscando seguridades terrenas, pues él no tuvo ni “donde reclinar la cabeza”. Y, sin embargo, ¿no es verdad que mucha gente con demasiada frecuencia sólo se acuerda de Dios cuando necesita de él?
“A otro le dijo: Sígueme. Él respondió: Déjame primero ir a enterrar a mi padre. Jesús le contestó: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Es una extraña respuesta: ¿será que Jesús se opone o está en contra de una cosa tan santa y sensata como es enterrar al propio padre? Evidentemente no puede ser eso, ni lo puede pensar aquel que curó a innumerables enfermos, que resucitó al hijo único de aquella viuda de Naín. Con esta respuesta desconcertante, Jesús nos quiere indicar lo siguiente: que Dios es el valor primero y más fundamental, que es el tesoro más valioso, la piedra más preciosa para el hombre. Por eso mismo, los deberes para con Dios son los más importantes y los que con más cuidado debemos cumplir, incluso si esto llevara consigo un distanciamiento de la propia familia. No son raros los casos en los que los padres hostigan al hijo o a la hija para que no sigan a Cristo por el camino del sacerdocio o de la vida religiosa. En esas dolorosas circunstancias, no hay que dudarlo: Dios está por encima de los intereses familiares. No pensemos que Jesús desatiende o minusvalora los deberes para con los padres: ¡cómo lo iba a hacer, tratándose del cuarto mandamiento de la Ley de Dios! Simplemente quiere decir algo evidente: Dios es mayor y está antes que la propia familia y si alguna vez se diera conflicto de obediencias (obedecer a Dios u obedecer a los padres) lógicamente el cristiano debe seguir la Ley de Dios antes que la de los hombres. Además conviene notar en esta respuesta de Jesús un detalle importante: “Tú vete a anunciar el Reino de Dios”. He aquí una obligación indeclinable de todo discípulo. Seguir a Jesús significa dar testimonio del Evangelio, comunicar a otros la palabra del Señor, hacerles partícipes de la Buena Noticia. Cuando Cristo llama a un hombre a seguirlo de cerca no es para retenerlo junto a sí, sino para enviarlo a los hermanos.
“Otro le dijo: Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia. Jesús le contestó: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”. Es decir, el Señor os pide que nos entreguemos a él en cuerpo y alma, de manera definitiva e irrevocable. No se puede ser cristiano a medias: con un pie en la iglesia y con otro, como dice san Pablo, en las obras de la carne. Jesús nos exige constancia, fidelidad, coherencia. No vale para el Reino de Dios el que hoy dice ‘sí’ y mañana ‘no’, según los humores y conveniencias del momento. Con Dios evidentemente no se juega.
Con estas breves indicaciones, Jesús nos ha trazado el retrato del discípulo, del cristiano. Y lo ha hecho diciéndonos no lo que tenemos que pensar, sino lo que tenemos que hacer. Pues el buen discípulo no es el que piensa mucho y bien de Dios, sino el que cumple su santa voluntad. Eso es lo que nos hace realmente libres, pues para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Esta libertad de Cristo es la que celebramos con gozo en la Eucaristía dominical.