DOMINGO XII(C)

Zac 12,10-11; Sal 62; Gál 3,26-29; Lc 9,18-24

 

CONOCER A JESÚS Y SEGUIRLE

José María de Miguel González OSST

 

"¿Quién dice la gente que soy yo? Y vosotros, ¿quién decís que soy?". En ninguna otra página del evangelio aparece de forma tan directa y personal la pregunta por la identidad del Señor. Jesús mismo nos enfrenta hoy con ella, invitándonos a cada uno a responder no con definiciones aprendidas de memoria, no con frases hechas, sino desde la sinceridad del corazón.

 

¿Qué se oye decir por ahí de mí? ¿Quién dice la gente que soy yo?  De ti por ahí, Señor, para decirte la verdad, no se oye hablar mucho. Te hemos ido desplazando poco a poco de la familia, de la convivencia social, de la escuela. Después de casi veinte siglos de haber estado con nosotros, de haber informado y conformado nuestro modo de ser, nuestra cultura, nuestra historia, ahora -en poco tiempo- has dejado de interesarnos; ya no eres aquella fuente de luz y de vida que nos ha sostenido y confortado y guiado a lo largo de innumerables generaciones. Para muchos eres un estorbo que frena la liberalización de las costumbres, un obstáculo para el progreso; para otros un recuerdo de tiempos ya definitivamente pasados, una pieza de museo catedralicio o de folclore popular. En todo caso, tu palabra, tu evangelio ya no es buena noticia para los que quieren construir un mundo cerrado sobre sí mismo, donde Dios no tiene cabida, donde los pobres molestan porque son muchos y ponen en peligro el bienestar de los ricos. Tu anuncio del reino de Dios choca de frente con los intereses del reino de este mundo.

 

"Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Aquí ya no vale responder con lo que otros dicen. A esta pregunta fundamental de Jesús tenemos que responder cada uno en primera persona y desde dentro. En el evangelio, Pedro, en nombre de todos los discípulos, confiesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Esta es también nuestra propia confesión, nuestra fe: nosotros creemos, con Pedro, que Cristo es el Señor. A nosotros nos interesa Jesús no porque lo consideremos un gran hombre, sino porque en él Dios mismo se ha hecho presente y nos ha salido al encuentro. Para nosotros Jesús es importante, lo más importante, porque es el Hijo de Dios, porque es real y verdaderamente Dios uno con el Padre y el Espíritu Santo; para nosotros Jesús es importante, lo más importante, porque es verdaderamente hombre, nacido de la Virgen María, y por eso, porque es Dios y hombre es nuestro Salvador y Redentor. Pero no es suficiente hacer esta declaración verbal, ni siquiera en un arranque de buena voluntad. Lo que al Señor le decimos con los labios no es lo más importante, sino lo que le expresamos silenciosamente con la propia vida, con la propia conducta. Lo que agrada a Dios es la consonancia de pensamientos, palabras y obras, es la coherencia entre la fe y la vida. Hacia este programa de vida cristiana nos quiere llevar el Señor a todos los discípulos: "El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo". Esta es la verdadera confesión que de nosotros espera el Señor: que le sigamos más que con las palabras con la vida.

 

"Negarse a sí mismo": ésta es la raíz y el cimiento de la identidad cristiana, este es el primer paso que ha de dar el que quiera ser discípulo de Cristo. Porque "negarse a sí mismo" es renunciar a organizar la vida desde los propios intereses egoístas.

 

"Negarse a sí mismo" es no seguir esa perniciosa corriente antievangélica, hoy tan en boga, según la cual cada uno puede hacer con su vida lo que le venga en gana sin ninguna consideración moral.

"Negarse a sí mismo" es someter mi vida entera, mi voluntad, mi libertad, mi amor, en una  palabra todo mi ser,  a Dios;  es -como dice san Pablo- morir yo, lo que hay de pecado en mi vida, para que Cristo viva en mí. Pero cuando Jesús nos pide esta nega­ción de todo lo que nos aparta del camino del Evangelio, cuando nos dice que "el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará", ciertamente sabe que nos está pidiendo algo difícil, por eso nos invita a cargar con la cruz cada día después de llevarla él delante de nosotros y por nosotros: pues el Hijo del hombre, ese Mesías de Dios que ha confesado Pedro y con él todos nosotros, "tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día". Cargar con la cruz es vivir para Cristo, que por nosotros dio su vida. Por eso, solamente cuando, junto con nuestras palabras, sometemos a Dios nuestro corazón, nuestras actitudes y acciones, sólo entonces podemos responder con verdad a Jesús: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".  Vamos, pues, ahora a confesar nuestra fe pidiendo a Dios que lo que confesamos con los labios se haga vida en nuestra conducta cristiana de cada día.