DOMINGO XI (C)

Sam 12,7-10.13; Gál 2,16.19-21; Lc 7,36-8,3

 

EL PERDON DE LOS PECADOS  POR LA FE Y EL AMOR

 

 

José María de Miguel González OSST

 

Con la lectura de este bellísimo texto evangélico que acabamos de proclamar, concluimos el capítulo séptimo de San Lucas. Este capítulo nos ha trasmitido tres encuentros de Jesús con gentes de diverso tipo y condición: con el centurión romano, que le pidió la curación de su esclavo moribundo; con la viuda de Naim, que llevaba a enterrar a su hijo único; y hoy con la pecadora pública. En todos estos encuentros se produce una curación, una vuelta a la vida, gracias a la intervención de Jesús.

 

El encuentro que recordamos este domingo es, sin duda, el más llamativo. Porque, según el modo de pensar de entonces –y me temo que también de hoy- Jesús tendría que haber rechazado a aquella mujer, de ningún modo debería haber permitido que lo tocase aquella prostituta. Por eso, ante esta insólita escena, enseguida aparece el escándalo, la incomprensión y la murmuración de los que se tienen a sí mismos por buenos y honrados: “Si éste fuera profeta –es decir, un hombre de Dios-, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora”, dijo para sí  el fariseo Simón que lo había invitado a comer.

A veces, en el corazón de los que pasan por muy religiosos porque aparentan ser muy cumplidores de los preceptos y obligaciones religiosas, hay poco amor, poca comprensión; con frecuencia hay demasiada propensión a juzgar y condenar a los demás. Jesús experimentó en su propia carne esta dureza de corazón de los piadosos fariseos. Estos guardianes de las esencias religiosas no comprendieron ni aceptaron nunca que él había venido a buscar y sanar a los que estaban enfermos, a los pecadores. En efecto, Jesús fue enviado por el Padre de las misericordias a ofrecer esperanza y salvación a los que los doctores religiosos consideraban prácticamente excluidos de ella, porque no cumplían los innumerables preceptos que ordenaban la vida de los judíos de entonces. Por eso Jesús perdona de todo corazón a aquella mujer que tenía a sus pies. Y al fariseo Simón, fiel cumplidor de la ley, viene a decirle que los pecados se perdonan, es decir, se alcanza la salvación, cuando hay amor, y el amor brota de la fe: “Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor… Y a ella le dijo: Tu fe te ha salvado, vete en paz”. La fe en Jesús, en la bondad y el poder salvífico de Jesús, ha suscitado en ella el amor, y con el amor el arrepentimiento que la impulsa a cambiar de vida.

 

Es también el mensaje que nos ha recordado San Pablo: recibimos la justificación o reconciliación con Dios por medio de la fe. Y relatando su propia experiencia añade: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí”. La confianza en el amor de Cristo llevó a aquella mujer a confesar sus culpas y cambiar de vida. La experiencia del amor de Cristo convirtió a Pablo de perseguidor de los cristianos en el más grande Apóstol del Evangelio del perdón por la fe en Jesucristo. Tan intensamente amaba al Señor que llega a decir algo verdaderamente extraordinario: “Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Saulo, aquel hombre viejo ensimismado en su justicia por el celoso cumplimiento de la ley, va desapareciendo para dejar paso a Cristo, a Pablo, el hombre nuevo recreado por la fe y el amor.

Este camino de transformación interior según la imagen de Cristo sólo lo podemos recorrer por la fe y el amor. El que cree en Cristo lo ama, y el amor transfigura al que ama según la imagen de la persona amada. Si de verdad amamos a Cristo, iremos asemejándonos a él: él vivirá en nosotros. Y eso tiene que notarse en nuestra manera de pensar y actuar.

 

El amor de Cristo es lo que celebramos en cada eucaristía, que es el memorial de su entrega por nosotros, de su amor hasta el extremo de dar la vida para librarnos a nosotros del pecado y de la muerte. Pues que este encuentro dominical con Jesús avive en nosotros la fe en él, para que experimentemos su misericordia y recibamos su perdón, que nunca niega al que se lo pide con fe y humildad.