José Mª. de Miguel
- I -
“Todos los discípulos estaban
juntos el día de Pentecostés”.
Desde la mañana de la ascensión, “todos ellos perseveraban en la oración,
con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, y de María la madre
de Jesús”. Esperaban el cumplimiento de la promesa del Resucitado antes
de ascender al cielo: “Dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu
Santo”.
Este es el día de Pentecostés,
el día en que comenzó la Iglesia, el aniversario de la comunidad de Jesús, de
la que todos nosotros formamos parte: “aquel día – el día primero
de la Iglesia- se les unieron
unas tres mil personas”. Son las que respondieron a la invitación de
Pedro desde el balcón del Cenáculo: “Convertíos y que cada uno de
vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros
pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”.
La Iglesia empezó con el bautismo
y el don del Espíritu. Y todos nosotros entramos a formar parte de la Iglesia
cuando fuimos bautizados y recibimos el Espíritu Santo. El principio de la
Iglesia es el de la vida cristiana; la Iglesia crece y madura cuando la vida
cristiana florece y se perfecciona. Este es el milagro del Espíritu Santo que
descendió hoy sobre los apóstoles reunidos en torno a María, descendió para
quedarse, para formar en la Iglesia, en cada uno de nosotros, el Cuerpo de
Cristo, como un día lo formó en el seno de la Virgen y como continuamente lo
forma sobre el altar en el sacramento del pan y el vino de la Eucaristía.
Desde aquel primer Pentecostés de
la historia, el Espíritu Santo actúa en la Iglesia y renueva la vida cristiana
mediante sus dones, sus siete sagrados dones, que ahora vamos a recordar y
pedir. Ciertamente, los necesitamos porque “la vida moral de los cristianos
está sostenida por los dones del Espíritu Santo”(CCE 1830).
1.
Pedimos, en primer lugar, el
don de sabiduría:
Necesitamos este don para saber relativizar los bienes y valores de este mundo
que pasa, amando intensamente los del cielo, que permanecen siempre. No es la
sabiduría del mundo que engendra soberbia, sino la de la cruz de Cristo que
conduce a Dios por la humildad y la abnegación, por la renuncia al egoísmo y
el servicio a los demás. Es la sabiduría que nos hace gustar y saborear las
cosas de Dios.
2.
Pedimos el
don de inteligencia: Necesitamos este don, que es la luz del Espíritu
Santo, para penetrar y comprender los misterios del reino de Dios y de nuestra
salvación, para leer dentro (inteligencia = intus légere) de los
acontecimientos históricos la voluntad de Dios, el sentido de la vida. En la
parábola del sembrador destacó Jesús la importancia de este don. Si no nos
esforzamos en entender la voluntad de Dios, lo que él nos ha revelado de sí
mismo, y lo que quiere de nosotros, entonces –dice Jesús- “sucede a todo
el que oye la palabra del reino y no la comprende que viene el Maligno y
arrebata lo sembrado en su corazón”(Mt 13,19). Este don es necesario “para
que comprendáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados, cuál la
riqueza de gloria otorgada en herencia a los santos, y cuál la soberana
grandeza de su poder para con nosotros”(Ef 1,18s).
3.
Pedimos, en tercer lugar, el
don de consejo: Necesitamos este don para saber comunicar a
los demás el conocimiento de Dios que a nosotros se nos ha regalado y
orientarlos rectamente por los caminos del Evangelio. Es este un don
especialmente necesario a los educadores, a los padres, a los sacerdotes para
ejercer, cada uno, su propio ministerio. Pero aconsejar y orientar bien sólo es
posible si uno mismo está bien orientado y en permanente sintonía y escucha de
las inspiraciones del Espíritu Santo.
4.
Pedimos también el
don de fortaleza: Necesitamos este don para mantenernos fieles y
firmes en el seguimiento de Cristo en medio de los ataques y calumnias. Jesús
ya nos aseguró que cuando se desate la persecución por su causa “no os
preocupéis de cómo o con qué os defenderéis... porque el Espíritu Santo os
enseñará en aquel mimo momento lo que conviene decir”(Lc 12,12).
5.
Pedimos, en quinto lugar, el
don de ciencia: Necesitamos este don para conocer mejor a
Dios y así amarle más. “El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi
nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho”((Jn
14,26). El “os guiará hasta la verdad completa”(Jn 16,13). Es el
conocimiento de la fe, que enciende el amor, y afianza la esperanza.
6.
Pedimos también el
don de piedad: Necesitamos este don para adorar a Dios y servirle
de todo corazón. Es el don que nos
introduce en la religión verdadera y nos ayuda a practicarla con sinceridad de
corazón.“Porque llega la hora en que los adoradores verdaderos adorarán
al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que
le adoren”(Jn 4,23). Es el culto que no se limita a decir, ‘Señor, Señor’,
sino que se esfuerza en cumplir la voluntad del Padre que está en el cielo (Mt
7,21s).
7.
Pedimos, finalmente, el don del
temor de Dios, que es el resumen de todos los dones, porque
como dice la Biblia, “el temor de Dios es el principio de la sabiduría”.
El santo temor de Dios nos enseña a saber estar ante él, con respeto, con
veneración, con amor. Es el don que nos enseña a reconocer a Dios como lo que
es, como nuestro Dios y Señor. El
temor de Dios no significa en modo alguno sentir
miedo o terror, porque Dios no es un tirano que gozaría castigándonos. No le
tememos a él, que es nuestro Padre bueno, más bien tememos ofenderle, porque
él, Dios, es digno de amor sobre todas las cosas.
En el día de Pentecostés, en
comunión con María, la Madre de Jesús, pedimos al Espíritu Santo que derrame
sobre la Iglesia estos sus sagrados siete dones, para ser cristianos, para vivir
la vida cristiana con fidelidad y alegría. Que aquellas lenguas que como
llamaradas de fuego se posaron sobre María y los Apóstoles, se repartan hoy
también y se posen sobre cada uno de nosotros, sobre nuestras familias, sobre
el mundo entero. “Reparte tus siete dones / según la fe de tus siervos /
Por tu bondad y tu gracia / dale al esfuerzo su mérito; / salva al que busca
salvarse / y danos tu gozo eterno. Amén. Aleluya”.
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- II -
¿Cómo celebraremos nosotros hoy la fiesta de Pentecostés en los comienzos del
tercer milenio del nacimiento de Cristo? En aquel primer Pentecostés de la
historia se abrió el cielo, y en medio de un viento recio, el Espíritu Santo, en
forma de lenguas de fuego, se posó sobre los discípulos que estaban escondidos
en el cenáculo por miedo a los judíos. En Pentecostés los apóstoles, llenos de
la fuerza del Espíritu, salen al mundo a dar testimonio de lo que habían visto y
oído: todo lo que Jesús había dicho y hecho durante su breve vida pública,
aquellas palabras inolvidables sobre Dios Padre de todos los hombres, y en
particular, de los más pequeños y abandonados, aquellos gestos de amor para con
pecadores compartiendo mesa y mantel con ellos para así abrazarlos con el abrazo
del perdón, sus denuncias de la hipocresía de los que se creían justos porque
iban mucho al templo pero descuidaban el amor del prójimo..., de todo esto
dieron testimonio los Apóstoles por la fuerza del Espíritu en la mañana de
Pentecostés. Con la venida del Espíritu Santo que Jesús les había prometido en
la última cena y antes de ascender al cielo, los discípulos comenzaron a
anunciar la buena noticia de la muerte y la resurrección del Señor: Jesús había
sido crucificado, unas semanas antes, por nuestro amor, por mantenerse fiel a la
voluntad del Padre que lo había enviado para realizar la obra de nuestra
salvación. ¡Por su muerte y resurrección hemos sido salvados! De esto daban
testimonio los Apóstoles. Pues, al posarse sobre ellos la llama divina, “todos
se llenaron de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada
uno en la lengua que el Espíritu le sugería”. Y cada uno les oía hablar de las
maravillas de Dios en su propia lengua. En Pentecostés, el Espíritu Santo
descubrió al mundo, por medio de los Apóstoles, las maravillas de Dios, todo lo
que él ha hecho por nosotros en la persona de su Hijo.
¿Cómo respondemos nosotros hoy a aquel primer impulso del Espíritu Santo en
Pentecostés después de dos mil años? ¿Nos sentimos conmovidos, agradecidos,
admirados? ¿O se ha endurecido nuestro corazón, nuestra sensibilidad
religiosa, o se ha cegado nuestra capacidad de Dios, de sentir lo divino?
En los comienzos del segundo milenio, los cristianos lograron expresar admirablemente su fe y su experiencia del Espíritu Santo con ese hermoso himno que hoy entona la Iglesia; lo maravilloso es que lo que ellos cantaron hace casi mil años sigue siendo actual, sigue alimentando la fe y la piedad de los fieles hacia el Espíritu Santo. ¿Cómo experimentaban aquellos hombres y mujeres, de la Edad Media, la acción y presencia del Espíritu Santo? ¿Qué esperaban de él? ¿Cómo lo invocaban?
El
Espíritu Santo era para ellos y tiene que ser para nosotros, sobre todo,
“Don”, el “Don” por excelencia, la gracia pura, que sólo sabremos
apreciar si nos sentimos pobres, necesitados: “mira el vacío del hombre si tú
le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”.
Los autosatisfechos, los que tiene excelente opinión de sí mismos, los que no
tienen nada de qué arrepentirse, los que no sienten nunca necesidad de pedir
perdón, esos no saben que el Espíritu Santo es Don, el Don de Dios. Pero para
los que no confían en sí mismos, en su méritos y capacidades, él es “Padre
amoroso del pobre”, al que pedimos: “entra hasta el fondo del alma, y enriquécenos”.
Porque la verdadera riqueza del hombre es Dios, y su pérdida su máxima
pobreza, su mayor desgracia.
El
Espíritu Santo es luz, “divina luz”, que ilumina la conciencia, oscurecida
y a veces deformada por el pecado. Dios es luz, claridad infinita; el pecado es
tiniebla, oscuridad. Por eso el hombre que se siente débil, que tiene
conciencia de su pecado clama desde lo hondo: “sana el corazón enfermo, lava
las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía
al que tuerce el sendero”. Esta
es la acción sanadora y rehabilitadora del Espíritu, para esto lo envió Jesús:
“Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados”.
Como
el Espíritu Santo obra la reconciliación y devuelve la paz a la conciencia,
por eso él es “fuente del mayor consuelo”, porque él es“descanso de
nuestro esfuerzo”, “tregua en el duro trabajo”, “brisas en las horas de
fuego”, “gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. ¿Cómo
es posible que siendo el Espíritu Santo todo esto lo tengamos tan olvidado?
Porque vamos perdiendo el gusto de Dios, el sabor de las cosas divinas, porque
nos conformamos con alegrías y consuelos momentáneos, porque apenas añoramos
los bienes del cielo. El materialismo que nos acecha nos impide gustar de Dios,
de los dones de Dios, del gozo y consuelo de Dios.
En
el día de Pentecostés, cuando el Espíritu desciende de nuevo y llena la
tierra, renovando la vida de Dios en los hombres, nosotros le pedimos como fruto
de esta primera pascua del tercer milenio, que hoy concluye: “Ven, dulce huésped
del alma, reparte tus siete dones según la fe de tus siervos... salva al que
busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén. Aleluya”.