José
Mª. de Miguel
La figura del pastor que hoy,
cuarto domingo de Pascua, nos presenta el Evangelio, es cada vez más
desconocida en las grandes ciudades, pero, saliendo de ellas hacia las anchas
llanuras, es un símbolo bien conocido y familiar: el pastor y las ovejas
constituyen parte del paisaje de nuestros campos y barbechos. Jesús se
acomodaba perfectamente al modo de vida y a la capacidad de comprensión de sus
oyentes, por eso les hablaba de las cosas más grandes sirviéndose de ejemplos
sencillos sacados de la vida cotidiana.
Hoy nos habla de sí mismo como el
Buen Pastor, como aquél que llama por su nombre a las ovejas y camina delante
de ellas y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Hasta aquí todo normal,
todo como sucede en la vida. Pero ¿a dónde quiere ir a parar el Señor con
esta comparación? El mismo se encarga de explicárnoslo: “Yo soy la puerta
de las ovejas, quien entre por mí, se salvará, y encontrará pastos”.
Cristo Jesús es nuestra puerta de
entrada en la vida eterna, al encuentro del Padre. No sólo es el que camina
delante de nosotros abriéndonos paso, cuidando personal y amorosamente de cada
uno de nosotros; es también y sobre todo, la meta de este camino, el contenido
de nuestra felicidad ya desde ahora y para siempre. Fuera de Cristo, nadie puede
orientarnos en las encrucijadas de nuestra peregrinación por este mundo, ni
darnos la vida que no acaba, la vida plena y dichosa, que es la misma vida de
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un buen discípulo escucha con gusto y
provecho la voz de su maestro, como las ovejas sólo atienden a la voz de su
pastor y le siguen para no extraviarse. Un buen discípulo confía sólo en Cristo sabiendo con total certeza que él busca únicamente
nuestro bien, no su interés, pues sólo él fue capaz de dar su vida por
nosotros. Cristo se puso en la brecha entre el poder del mal, que intenta
destruirnos, y nosotros, como el buen pastor defiende a sus ovejas arriesgando
incluso su propia vida. Jesús no sólo la arriesgó sino que “cargando con
nuestros pecados subió a la cruz. Sus heridas os han curado. Andabais
descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de
vuestras vidas”.
¡Qué título más hermoso es éste
que Pedro aplica a Cristo: pastor y guardián de nuestras vidas! Como el pastor
se preocupa por las ovejas y es su seguridad y protección en los peligros, así
también Cristo vela por nosotros, nos conoce por nuestro nombre, cada uno somos
algo valioso a sus ojos, objeto de su amor preferencial, pues por cada uno
derramó el Señor hasta la última gota de su preciosa sangre.
Desde su entrega por puro amor,
nos invita Jesús, en el evangelio de hoy, a escuchar su voz, a obedecer su
palabra, y no la de los extraños que nos desorientan y confunden; nos invita a
entrar por su puerta que ciertamente es estrecha, comprometida, pero que lleva a
la vida perdurable; nos invita a no dejarnos seducir por otros caminos y
avenidas en apariencia más fáciles y atractivos, pero que desembocan en la
muerte y en el fracaso sin remedio.
“Yo he venido para que tengan
vida y la tengan en abundancia”,
dice el Señor. Más aún, él mismo es la vida, que nos comunica a los que
seguimos su voz y caminamos en pos de él: es la vida divina de la Santísima
Trinidad, sin mengua ni acabamiento, la que Cristo nos ofrece y nos da. ¿Qué
tenemos que hacer para conseguirla?. “Pedro les contestó: Convertíos y
bautizaos todos en nombre de
Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu
Santo”.
Bautizados ya lo estamos, pero no
sé si convertidos. Tal vez en la no realización de este segundo aspecto está
la debilidad de nuestro cristianismo, su escasa fuerza de penetración y
convencimiento. Somos bautizados escasamente convertidos. Este es nuestro mal y
la causa principal de la inoperancia de la fe en tantos que se confiesan
cristianos. Una fe de adorno, que no salva, porque no transforma la vida. Como
entonces, en los albores de la Iglesia, también hoy nos invita Pedro a dar este
segundo paso: ‘convertíos para que se os perdonen los pecados, y recibiréis
el Espíritu Santo’. Este es el don de la vida que Cristo, Buen Pastor,
ofrece a sus discípulos: el Espíritu Santo. Gracias a él, el débil rebaño
de Cristo, nosotros que nos esforzamos en oír su voz y seguirle, podremos tener
parte en su admirable victoria, victoria sobre el pecado y la muerte que ahora
vamos a actualizar y de la que nos hace partícipes en el banquete eucarístico.