FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

 

                                                                                                                José María de Miguel González OSST

 

Con esta celebración del bautismo del Señor concluimos hoy el tiempo litúrgico de la Navidad; tiempo en el que hemos conmemorado el nacimiento humano del Hijo de Dios; tiempo en el que hemos meditado y celebrado con gozo y agradecimiento el comienzo de nuestra salvación, la manifestación de Dios a los hombres en un Niño nacido en la pobreza y en la soledad de un establo. En la fiesta del bautismo del Señor, esta manifestación alcanza su punto culminante: aquí, en este singular acontecimiento del Jordán, ya queda perfectamente claro quién es Jesús. Pues no son los ángeles, como en Belén, ni la estrella que guió a los Magos, los que dan testimonio de Jesús, los que nos revelan su identidad: ¡es el Padre en persona el que hacer resonar su voz para que todos pudiéramos reconocer en Jesús a su Hijo único, para que no quedara en nosotros ninguna duda de que aquel hombre, que se acerca confundido entre los pecadores a recibir el bautismo de Juan, es el Hijo amado del Padre!

1. Jesús se dispone a dar comienzo a su misión, siguiendo la voluntad de su Padre que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). Se trata de una misión difícil, marcada desde el comienzo por el rechazo y la incomprensión. Dios lo envía como hombre a los hombres, a fin de restaurar en nosotros la dignidad de hijos que habíamos perdido por el pecado. Convenía, por tanto, que al comienzo de una tal misión supiéramos los hombres estas tres cosas:

-         quién era en realidad Jesús;

-         quién le enviaba;

-         y con qué garantías o credenciales venía.

Esto es lo que quiere significar el bautismo de Jesús: en él se nos desvela la identidad divina de este hombre, de Jesús de Nazaret, que, aparentemente, en nada se diferenciaba de los demás hombres.

2. El Padre quiso revelarnos al comienzo de la misión de Jesús, que éste es en verdad su propio Hijo: para que le prestáramos atención, para que creyésemos en él, para que diésemos fe a sus palabras, para que lo siguiésemos de cerca, sabiendo bien de quién nos fiamos y en quién ponemos nuestra esperanza. También el Espíritu Santo desciende visiblemente sobre Jesús, con ocasión de su bautismo, para hacer patente el origen divino de la doctrina, de la obra y de la persona misma del Señor: ¡en este Jesús, que se humilla ante Juan, actúa y está presente Dios mismo! Toda la Trinidad santísima se nos manifiesta claramente en el acontecimiento del bautismo del Señor. Antes de que Jesús nos revelase, en su predicación, el misterio escondido del Padre, de sí mismo como el Hijo unigénito, y del Espíritu Santo; antes de que Jesús despegase los labios para revelar a los hombres el misterio íntimo de Dios, Dios mismo se nos manifiesta hoy tal como él es: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”. El Padre nos presenta a Jesús como su Hijo, sobre el cual desciende el Espíritu Santo. De este modo, Dios nos dice de sí mismo su más íntimo secreto: que es Padre, el Padre de Jesús, y, en él, de todos los hombres, que por el bautismo llegamos a ser verdaderos hijos de Dios, precisamente porque también nosotros, al recibir el bautismo, recibimos el mismo Espíritu. Como había dicho Juan: “El, Jesús, os bautizará con Espíritu Santo”(Mt 3,11). El bautismo de Jesús es símbolo y causa de lo que sucede en el bautismo de los cristianos: Dios viene a nosotros, nos toma para sí, nos hace semejantes a él. Por el don del Espíritu que recibimos en el bautismo, también nosotros, con Cristo y por Cristo, somos hijos amados del Padre. El bautismo es la gracia primera y fundamental, es el germen de la vida de Dios en nosotros, que hemos de hacer fructificar a lo largo de toda nuestra vida. La vida cristiana no es otra cosa que un desarrollo de la gracia bautismal.

3. Pero lo verdaderamente asombroso es el modo de proceder y de comportarse de Jesús después de haber sido avalado por el testimonio del Padre y del Espíritu en el bautismo: “No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará”. Jesús no viene a imponerse por la fuerza ni por la violencia. Todo lo contrario: viene para promover el derecho y la justicia, para devolver al hombre su dignidad conculcada, para ofrecerle la amistad y el amor de Dios. Jesús que trae y es él mismo la salvación de Dios, se presenta humildemente, sin arrogancia, sin humillar al hombre, sobre todo al hombre que se reconoce pecador. Estos son los modales de Dios, y también los modales de los hombres que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, los santos.

Este es el sentido del bautismo de Jesús: el Padre nos presenta a su Hijo al comienzo de su misión y nos indica el camino que hemos de seguir nosotros para acogerlo, para hacer fructificar la gracia que recibimos en el bautismo. Y esto sucede especialmente cada vez que participamos con fe en la Eucaristía: aquí escuchamos a Cristo y nos alimentamos del Pan de vida al que tenemos acceso por el bautismo.

 

Fiesta del Bautismo del Señor

-2-

 

1. Esta fiesta representa la culminación de la manifestación de Dios que caracteriza el tiempo de Navidad.

Esta manifestación tiene lugar a través de distintos agentes

                   - Nacimiento: lo anuncian los ángeles

                   - Epifanía: lo revela la estrella

                   - Bautismo: lo manifiesta el Padre

2. El bautismo del Señor es tipo y figura de nuestro bautismo

En el bautismo de Jesús "se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto".

                   - Por el bautismo somos hechos hijos de Dios.

                   - En el bautismo recibimos el Espíritu Santo: también nosotros como Jesús hemos sido ungidos con la fuerza del Espíritu Santo para hacer el bien.

3. Al comienzo del año

                   - Actualizar nuestra vocación cristiana: la filiación adoptiva. Por el bautismo somos hijos de Dios y, en consecuencia, estamos llamados a vivir como hijos, o mejor, como el Hijo, siguiendo el estilo de vida que él llevó y nos enseñó.

                   - Vivir como el Hijo significa cultivar la virtud de la confianza en la seguridad que el Padre nos ama, y la obediencia, sabiendo que lo que el Padre nos manda es siempre para nuestro bien.

                   - Vivir como el Hijo significa sabernos y comportarnos como hermanos, hijos todos del mismo Padre. De aquí, de la raíz de la fraternidad, deriva la obligación moral de ser, en toda circunstancia y lugar, testigos de la verdad y la justicia, de pasar por este mundo, como él, haciendo el bien y ayudando a los que sufren.

En conclusión

Esta es la 'vida nueva' que un día se nos comunicó en el bautismo como germen que hemos de desarrollar cada uno según la vocación a que Dios lo haya llamado. Para lograr esto, el Señor nos convida cada domingo a su mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Aquí está la fuente y el alimento de la vida cristiana que comenzó en el bautismo y acabará cuando contemplemos a Dios cara a cara.